Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Psicología y teatro

Si el teatro fuera una receta tendría, como es lógico, distintos ingredientes, y uno de ellos sería la psicología, pero ¿cómo entenderla?
Una rama de la psicología, la psicología social, se ocupa de la articulación entre los procesos psicológicos y sociales, esto es, de cómo los primeros establecen la actividad de los segundos, así como sus influencias en distintos aspectos del propio funcionamiento psicológico. Dicho de otro modo, la psicología social se encarga de los procesos inter e intrapersonales. ¿No hace la misma función una representación teatral?
Con estos mimbres no cabe duda de la importancia de este ingrediente para entender el teatro y más concretamente la creación de un espectáculo focalizado en el vínculo social. Puede afirmarse sin miedo a equivocarnos, que las sociedades cambian con el paso del tiempo y este cambio arrastra maneras de procesar y entender información. Los procesos sociocognitivos e interpersonales que se reflejan en el comportamiento de grupos son distintos hoy de cómo eran en el pasado y, por tanto, si queremos que el teatro sea trascendente, que signifique, debemos adaptar el lenguaje creativo a la sociedad a la que se le presenta. Ojo que no digo que reescribamos a Shakespeare, Dios me libre, pero sirvan estas líneas para defender la figura del dramaturgista en el campo de la dramaturgia y del director de escena conocedor de este potente vínculo entre su trabajo y la psicología para hablar al espectador de hoy.
Como ya habrá intuido el lector, en el párrafo anterior no estoy hablando de la psicología aplicada al teatro, o sea, psicodrama. Nunca lo estudié y desconozco si es útil eso de tratar situaciones personales a través del trabajo con escenas teatrales para tomar decisiones en tu vida privada. Cuando hablo de la psicología y el teatro hablo del fondo conceptual de la psicología aplicada a la realidad de una sociedad cambiante, de la comunión de la escena con el patio de butacas sabiendo desde el primero cómo manejar y qué decir al segundo para transformarlo.
Y esto me aboca a hablar del teatro en España donde, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta hoy, salvo excepciones afortunadamente cada vez más numerosas, gasta un teatro dominado por la literatura y la literalidad en su representación, léase realismo y naturalismo. Me puede decir el lector que antes sí pero hoy no y yo le digo con cariño, que vale pero que sí, que repase la cartelera. Y la consecuencia es que el gremio de directores o quizá de productores que imponen una dirección, está compuesta por creadores que se encuentran lejos de entender esto de la psicología social, lejos de encontrar ese juego entre los procesos psicológicos del espectador y la relación social que queremos que tenga con el escenario y lo que en este sucede. Y la consecuencia de este teatro es que nos va a dar un poco igual si el espectador se duerme o si lo hipnotizamos porque, independientemente de lo que se haga, se hace sin tener en cuenta la potencialidad de que el trabajo signifique y no solo se muestre. Quizá baste con tener un buen título o a menganita y fulanito en el reparto. Llenaremos y, por tanto, mantenemos la máquina de hacer teatro. Si, vale, pero triste, ¿no?
Quizá escribo esto porque mis últimas visitas al teatro han sido algo amargas, me he aburrido desde el minuto cinco porque sé que la producción no se ha hecho pensando en el espectador. Como siempre, no deja de ser una opinión subjetiva, pero la expreso por hartazgo, que para eso tengo espacio. Aconsejaría seriamente a todos los que nos dedicamos a crear, que pensemos en el vínculo que queremos crear con el patio de butacas y si para ello hay que leer algo de psicología, pues léase, que no deja de estar en el centro de la filosofía teatral.

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