Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

¿Qué se aprende de un espectador gracias a las ciencias cognitivas?

Las ciencias cognitivas estudian las capacidades cognitivas del ser vivo. En 1956 el Instituto Tecnológico de Massachusetts organizó un Simposio sobre Teoría de la Información, reunión que al psicólogo George Miller le supuso un punto de inflexión al declarar el nacimiento de las Ciencias Cognitivas como espacio de intersección de la antropología, la lingüística, la fonología, la psicología cognitiva y la neuropsicología, además de las ciencias computacionales. Más adelante, a finales de la década de los setenta del siglo pasado, la Fundación Sloan se interesó por lo que estaba sucediendo con la revolución cognitiva con el objetivo de avanzar en estudios que redujeran la brecha mente-cerebro. Para ello, revolvieron el cajón de sastre que se había formado y establecieron un campo interdisciplinario emergente en el que combinar sinergias y conocimientos procedentes de la psicología, lingüística, antropología, ciencias de la computación y filosofía, y como buque bandera, las neurociencias.

 

Pasemos ahora al teatro y pensemos en un espectador teatral bajo esta perspectiva, esto es, un espectador visto con la lupa de la psicología, la lingüística, las neurociencias, la antropología y la filosofía (dejemos fuera las ciencias de la computación). Sustentado en estos pilares, el espectador posee una red de habilidades cognitivas que le permiten procesar y entender su experiencia desde la butaca. Puede razonar y resolver problemas, entender que un actor esté actuando de una manera determinada para conseguir objetivos, ver cosas y reconocer otras y dotar de significado lo que ve, formar imágenes mentales rellenando o inventando los huecos que le falten, y en definitiva, ser un receptor activo cuya experiencia transformadora es definida por las ciencias cognitivas. El estudio interdisciplinar de los procesos cognitivos que el espectador usa para adquirir y procesar su conocimiento incluye el lenguaje, la memoria, la resolución de problemas, el razonamiento, la planificación, el aprendizaje, la visión, en definitiva, toda una pléyade de estudios que van desde la psicología a la lingüística pasando por las neurociencias.

No quiero que el lector se asuste, parece más complejo de lo que es, y aunque es cierto que las ciencias cognitivas no son todas disciplinas fáciles, no hay que mirarlas con recelo. Con los años, me he encontrado profesionales que cuestionan la utilidad de su estudio en la confluencia con las artes escénicas porque el teatro es arte y el arte se siente, se respira, se vive, no se analiza. Bueno, opiniones valen todas, y una válida es que vale la pena buscar arte en todo tipo de expresión. Yo considero a las matemáticas un arte elegante con el que se pretende modelar la realidad, considero un arte la inexplicable plasticidad de los árboles neuronales que permiten la movilidad de impulsos eléctricos que hacen que un pintor use un color u otro, considero arte la capacidad de entender y modelar el mundo de un filósofo. Sin arte no somos. 

El enunciado plantea qué se aprende sobre las capacidades cognitivas de un espectador. La respuesta es, mucho. Se pueden realizar experimentos psicológicos que intenten explicarlas. Se puede observar y capturar la psicofisiología del proceso de recepción para ver cómo un espectador resuelve problemas, estudiar en qué difieren y en qué son similares sus respuestas con otros espectadores del mismo espectáculo, puede estudiarse cómo los cambios en el cerebro del espectador pueden afectar a cambios en sus estados mentales, y por último, se puede usar la tecnología para simular las capacidades cognitivas de la audiencia e implementar y probar teorías que expliquen las dinámicas receptivas desde el plano de las ciencias cognitivas.

Que quede claro, a mí lo que me gusta es hacer teatro y viajar con los actores a donde quieran llevarme cuando soy espectador, pero decir que no a saber qué pasa por la cabeza de un espectador es dejar pasar una oportunidad para conocer. Hasta hace unos cien años aproximadamente, la mente era el objeto de estudio de los filósofos, pero en la actualidad el panorama es bastante diferente y a este órgano y su actividad somos capaces de analizarlo desde ingenieros hasta artistas. Todos a los que nos mueve la curiosidad por conocer.

De esta forma, avanzaremos en el conocimiento del teatro. Las ciencias cognitivas nos ofrecen una oportunidad que no debemos dejar pasar para analizar y procesar información en la corteza cerebral, o sea, en las regiones racionales, además de el cerebro límbico relacionado con la emoción. Cuanto más sepamos, más comprenderemos. Cuanto más comprendamos mejores herramientas tendremos para hacer un teatro mejor.

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