Críticas de espectáculos

Sailing to Philadelphia – Mark Knopfler

Aprovecho la magnífica ocasión que nos brinda artezblai.com para ejercer de espontáneo crítico y dejar constancia de mi absoluta discrepancia con la crítica «oficial», la entendida, la documentada, la experta, que ha publicado estos días sus opiniones en torno a la gira que ha llevado al guitarrista escocés Mark Knopfler hasta Madrid, Barcelona y Bilbao. Y escribo esto, pocas horas después de disfrutar de su concierto en la capital vizcaina. He podido leer entre otras cosas: «músico que vive de rentas», «concierto aburrido» o «austeridad en la puesta en escena sin nada nuevo que aportar». Si bien es cierto que los temas más famosos de Dire Straits ocuparon una buena parte del concierto, y que algunos han interpretado este hecho como un «vivir de rentas» no es menos cierto que estas «rentas» no son ninguna frivolidad y que suponen el bagage artístico de un solista y de una formación que marcó una época, que consiguió la nada desdeñable cifra de 85 millones de discos vendidos y lo que es más importante, su música, ha constituido la banda sonora de una o varias generaciones que precisamente llenábamos la plaza de toros deseosos, cómo no, de escuchar las novedades, pero también, nostálgicos, los viejos temas que todavía, con seguridad, escuchamos en casa o en el coche. Creo que debe de ser así porque en la noche del día 3 de julio y en la plaza de toros de Bilbao, una buena parte del público coreaba sin pudor las letras de los temas más conocidos. El programa del concierto no es arbitrario porque además no puede serlo. La productora que ha diseñado esta gira 2001 es perfectamente consciente de lo que el público quiere oir y por lo que está dispuesto a pagar, así que se lo da. Y gracias. Porque además estamos hablando de un creador, de un músico que seguramente debe pagar el peaje de trabajar, de tener un contrato en vigor, o de simplemente querer hacerlo, con alguna poderosa multinacional discográfica, pero que en todo caso se esfuerza por ofertarnos una ración de buena musica: no hace música elitista (no hace blues, country, folk o jazz en estado puro) pero aún reconociendo su condescendencia con el mercado de masas (ese es el peaje a pagar) que le confieren a sus álbunes un toque, si se quiere comercial, no me cabe ni la menor duda de su intento de tomar referencias de todos los estilos anteriores y hacer lo que sabe: música, poesía con su guitarra, compromiso con sus letras, rodeado, además, de excelentes profesionales para acompañarle. Así entiendo yo Sailing to Philadelphia, su último trabajo del que ofrece en su concierto la práctica totalidad de los temas que componen el álbum. Knopfler desea ser escuchado. De ahí que prescinda, en su fantástico directo, de parafernalias , de retóricos decorados o de fantasiosas creaciones luminotécnicas (a esto le llaman, despectivamente, austeridad) más propias de aquellas bandas que con ello pretenden «vestir» el espectáculo ante las carencias propiamente musicales de que hacen gala (salvo excepciones contadas). Me viene a la cabeza ahora el intento pseudo-tecnológico, frío y tontorrón de la última gira de los antaño fantásticos U2. De modo que yo agradezco que en el mundo del pop-rock actual, todavía podamos encontrar un puñado de excelentes músicos, con buenos directos, en donde la inversión principal, como el caso que nos ocupa, es una fantástica calidad de sonido, sin estridencias: fino y nítido, además de un conjunto de músicos de destacada trayectoria y solvencia profesional. Pop-rock comercial, sin duda. Pero de calidad, de muchos kilates, lejos de la mediocridad creativa que nos ofrece el panorama actual. ¿Aburrido? Aunque entiendo que opinar sobre cualquier manifestación artística es un hecho subjetivo, las miles de personas que saltaban, gritaban, aplaudian o simplemente sonreían la pasada noche, no parecían, objetivamente, aburrirse demasiado. Tengo la absoluta certeza de que cuando la estrella Knopfler se vaya apagando, cuando su poder de convocatoria vaya decreciendo y cuando no sea preciso organizar sus conciertos en macroespacios, su música, entonces ofrecida en alguna sala o teatro sin tanto aforo, crecerá como el vino con los años hasta convertirse en un auténtico reserva. Ahora, hoy por hoy, mercado obliga y él nos sirve un estupendo crianza.

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