Críticas de espectáculos

Sigue la tormenta – Ur

La culpa
Sigue la tormenta Autor: Enzo Cormann Traducción: Fernando Gómez Grande Intérpretes: Walter Vidarte, José Tomé Escenografía y vestuario: José Tomé, Susana Uña Iluminación: Miguel Ángel Camacho Audiovisuales: Daniel Albadalejo Espacio Sonoro: Eduardo Vasco Dirección: Helena Pimenta Producción: Ur Teatroa
Un silencio que se torna manta que resguarda, unos supuestos, unos lugares comunes sobrentendidos, unas preguntas sin contestación, una definición muy sublimada del complejo de culpa. De la culpa. El peor de los fantasmas, la culpa diferida, aquella que sobreviene en un momento en donde parece que todo está acabado. Y si se trata de una culpa, de un remordimiento sobre una colaboración con los nazis para salvar el pellejo, aunque sea a costa de contribuir a la exterminación de familiares y amigos, se convierte en la culpa por antonomasia. Dos judíos frente a frente, dos generaciones, dos modulaciones de la historia, de la culpa y del sentimiento de exilio. Actor y director de teatro. Un conflicto dramático, un desarrollo de la situación que en momentos parece esencialista, primaria: un protagonista quiere algo del antagonista, que lo niega. Ese es el pulso aparente. Pero este autor francés no se mueve en esquemas habituales, forma parte de los autores que han encontrado un lenguaje menos lineal, pero que procuran textos con gran densidad, con personajes muy complejos, y en unos entornos que hacen de lo anecdótico algo mucho más profundo. No es un teatro de la obviedad, es un teatro cultista, con citas shakespearianas, que coloca el enfrentamiento tanto en el terreno del arte, del teatro, como en el del compromiso, de la identidad individual y colectiva, y que en esta ocasión parece querer hacer un expiación, un recuerdo, un trozo de la memoria colectiva que puede perder en la dispersión actual. Y al fondo, la complicidad, los límites del aguante, la conciencia colectiva, el involucro personal e individual en todo el conflicto. La propuesta escénica es muy simple, realista, con interpretaciones que se mantiene en un tono medio excesivamente medio. O dicho de otro modo, los personajes se presentan y se despiden, sin apenas transitar. Hemos visto esfuerzos, gritos, situaciones aparentemente duras, pero sin acabar de florecer en su totalidad. Quizás sea fruto de una incomunicación objetiva: a José Tomé no se le oía, a Walter Vidarte no se le entendía. Y es una obra de texto. Es texto, en ocasiones con muy poca acción, poco desarrollo espacial. De monólogos a unos diálogos densos, nunca transitorios, siempre con enjundia, pero si se pierde el hilo por estas dificultades, se hace impreciso calibrar todo en su auténtico valor. Se utiliza el teatro limpio, pelado, sin caja escénica, vemos sus tripas, es un juego para darle un vuelo metateatral. La iluminación es muy barroca, el espacio sonoro, un selección popular de músicas que enfatizan, y la dirección consigue mantener una tensión, una factura, con unos efectos adecuados para darle un toque de modernidad formal, quizás en contradicción con el estilo interpretativo. Los do actores, se esfuerzan y en momentos se nota su química, pero no acaban de saltar las barreras de las dificultades expresadas anteriormente. Tiene buena factura, buena intención, pero no tiene la rotundidad que se espera ante equipo tan sólido y elementos tan adecuados. Las representaciones acomodarán los desajustes.
Carlos GIL

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