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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Perdonen por titular tan ambiguamente. No se trata de nada que tenga que ver con el comercio carnal. O quizás sí, pero de manera muy secundaria. Viene a cuento sobre el dinero que, según información periodística no desmentida, ingresó Mario Gas tanto como titular del Teatro Español como por los espectáculos dirigidos por él en el mismo teatro público. Las cifras, realmente causan asombro. Y más, a fecha de hoy, cuando la situación económica es tan desgarradora para muchos sectores de la amplia nómina teatral.

Esta información no desmentida, nos coloca al director de un teatro público municipal con unos ingresos parecidos al presidente del Banco de España, comparación que debe entenderse como una manera de hacer demagogia de urgencia. Acercarse a los doscientos mil euros de ingresos, solamente de un punto de trabajo, ya que tiene otros en la privada o en la semipública, nos habla de un desequilibrio absoluto, de unas cifras de mercado que no se corresponden con la realidad socio-cultural-económica. Pero lo anterior lo hemos dicho en los tiempos de las vacas gordas, es decir de la burbuja teatral, cuando los cachets eran puramente especulativos y se pagaban desde una elite de funcionarios que fueron subiendo los presupuestos para colocar unas barreras invisibles en donde la calidad o el interés de una obra venía señalada por su precio, asunto que es terrible, por lo que tiene, insistimos, de especulativo, de falso, de sospechoso por la puerta que abre a todas las componendas, cercanías, comisiones o favores.

Y siempre con el dinero de todos los ciudadanos utilizado para crear una suerte de clase bussines de directores, actores, productores y distribuidores que se codean con los programadores y gestores para proponer una cultura intervenida, fuera de normativa que busca cualquier cosa menos crear espectadores, hacer una política adecuada a las circunstancias de cada lugar y que se traduce en la práctica, en el oligopolio aberrante existente, con la incursión de estos príncipes de los despachos y los escenarios que manejan dineros a espuertas, que hacen lo que les viene en gana y son aplaudidos por sus fieles correligionarios y envidiados por los que quisieran tomar su puesto.

Son acaso una media docena de individuos que están al frente de instituciones públicas manejando presupuestos descomunales, y con sueldos que deberían salir a la luz pública para que supiéramos todos a qué estamos jugando. Esto por la parte de los individuos, de la clase directiva, pero también sería importante conocer cuánto cobran algunos programadores, qué prebendas tienen, cómo manejan los presupuestos, para entender la tendencia de tantos a programar lo mismo y del mismo lugar. Su facilidad para estar reunidos, sus viajes a lugares remotos no para ver espectáculos, sino para seguir reunidos. Este gasto superfluo, esta inflación de los cachets ha corrompido el sistema, ha llevado a la miseria a compañías, grupos, que han tenido que colocarse con sus trabajos de arte en un mercado absolutamente controlado por unos cuantos.

Quién quiera, desde los lugares de decisión política, tiene mucho trabajo, muchas malas prácticas que deberían convertirse en buenas y beneficiosas, no solamente para unos cuantos, sino para todos los profesionales honestos, creativos y muy especialmente para que esto de la Cultura, y en el este caso las Artes Escénicas, sea un derecho auténticamente democrático, no una cosa de un club de amigotes, o una mutua de intereses particulares. Las circunstancias económicas nos sitúan ante las decisiones drásticas, pero por lo que vemos hay bastante campo para limitar el gasto al conocerse estas cifras de emolumentos. Solamente es necesario romper el círculo vicioso. Y no preguntar a nadie ¿cuánto cobras? antes de ver su espectáculo y comprobar si el precio se ajusta a la realidad del gasto que se produce en cada representación, más un porcentaje de amortización lógico y no las burradas que se pagan para ciertos monólogos, por poner un ejemplo sangrante.