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Lun, Dic

La voz antigua | Maite Tarazona

Hoy, escribo, he decidido dejar de tener miedo a no tener nada que decir, dejar de esconderme en la falta de tiempo, en estar haciendo otras cosas que nada tenían que ver con el teatro, en la vergüenza de estar haciendo cosas que nada tenían que ver con el teatro para (por coherencia) volver a hacer teatro de nuevo.

El miedo y la vergüenza no son buenos compañeros de viaje.

He decidido caminar con ellos en caso de que decidan acompañarme en estos viajes que son vida e incorporarlos sin esconderlos en desvanes desde los que se apoderarían del mundo.

Escribo porque es lo que más miedo me da y lo que genera en mí el respeto más profundo.

Intenté escribir desde los desiertos, pero no pude, aunque allí canté a las columnas con los nombres de los muertos de un Pinochet que pasaba por allí.

Intenté escribir desde la calma de un hogar que fue el mío y que al que siempre vuelvo de visita, para siempre poder volver, para siempre acabar marchando.

Intenté escribir desde el vacío del espacio interior que se abre cuando estamos solos.

Intenté escribir desde muchos lugares y ahora escribo.

Escribo al comienzo de un año que dará paso a los pequeños temblores después de los grandes cataclismos.

Escribo porque he decido mirar al miedo a los ojos (al propio, no al ajeno) y conjurar a todos mis demonios.

Escribo porque quiero, porque te quiero, mayestáticamente, y porque aceptar eso me hace libre y me permite estar dispuesta a perderlo todo, porque ya no tengo miedo y por eso...

Escribo.