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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Ver un espectáculo de Bob Wilson y sentir una especie de desafecto terminal, abre las puertas a comprender la capacidad que tiene el arte, las creaciones artísticas en general, pero muy especialmente en las escénicas, para comunicar en diferentes frecuencias con cada uno de los espectadores.

 

Asistí a una representación con una sala repleta, es decir más de mil almas, que en su inmensa mayoría saltó al terminar la representación para aplaudir entusiásticamente a Isabelle Huppert, que hace un trabajo muy especial, complicado físicamente, pero cargado de una metafísica del movimiento, un uso del texto pregrabado, más otros momentos en los que ella, en vivo y en directo, o al menos eso parecía, desgranaba un texto de Darryl Pinckney preñado de reiteraciones y que dada la prosodia en que se decía, que formaba parte de la estética general, era difícil comprenderlo en francés y casi imposible de seguirlo en la sobretitulación, ya que se decía a una velocidad endiablada. Una música de Ludovico Einaudi acompañaba de principio a fin la obra, era una conducción invisible, una manera sutil de encaminar parte del cerebro de los espectadores hacia un estado de recepción de lo que emana del escenario con predisposición a la aceptación sin actitud crítica racional.

Toda la puesta en escena tiene una coherencia, todo está en su sitio, pero uno siente que está frente a un magnífico producto teatral, magníficamente vendido, los periódicos, las radios, las televisiones en Portugal esa semana, concedieron portadas, artículos y reportajes de dos o tres páginas, entrevistas a la actriz francesa, con fotos magníficas del montaje. Es decir, enmarcado dentro de la programación del Festival de Almada, esta actuación se hacía en el Centro Cultural de Belém de Lisboa, un espacio majestuoso, magnificente, y costaba la localidad cincuenta euros. Había entradas de cuarenta y cinco y algunas que iban bajando según se subían escaleras en el edificio.

Y aquí entran dos disquisiciones a contrapelo. La iluminación del espectáculo privaba de visualización limpia, siempre había unos matices que filtraban. Y al terminar, algunos sentimos que no habíamos recibido lo que se nos anunciaba. Que era un Bob Wilson crepuscular. Que estábamos ante una magnífica obra comercial y que a los públicos se les conduce desde meses antes con buenas campañas de marketing para que se acepte. Y que discrepar, decir que no te ha gustado o si argumentas desde tu propia capacidad las razones por las que te parece algo menor, acabas siendo expulsado del reino de los conformistas, de los que aplauden porque les han dicho que es muy bueno, que la Huppert es una musa, y que si vale ese precio la butaca, el espectáculo en el mercado, debe ser bueno y yo me reafirmo aplaudiendo como si no hubiera otra opción. 

De esto debatía con algunos compañeros de la crítica y la información teatral, con algunos profesionales de las artes escénicas, en un plano probablemente exógeno a la pureza creativa, pero que me apetece traer a la discusión veraniega. Debatir o morir. Aplaudir a toque de silbato es un síntoma de gregarismo. 

La otra disquisición, que llevo décadas poniéndola en normativa discursiva, es la relación espacial de las salas y teatros. Mi localidad estaba en el balcón primero de este edifico majestuoso, es decir, estaba a unos cincuenta metros más o menos del escenario, por lo que Ella era un muñequito de pequeñas dimensiones que se movía allí a lo lejos, pero la escuchaba como si fuera una diosa, todo pasaba por los altavoces y la tecnología. Y eso, sin más, me parece excelente como gestión de recursos, pero es una de las muchas trampas que nos hacemos los que nos dedicamos a esto, al intentar convertir nuestro oficio, artístico, pero artesanal, de cercanía, de proximidad, casi intimista, en algo comparable en ciertos aspectos a otras artes mecanizadas y de consumo masivo. 

Probablemente sea un acierto coyuntural, pero un error magistral. El teatro, las Artes Escénicas, es más penetrante y más valioso, cuanto más puro y esencial es. Ya sé, ya, que esto es muy fácil decirlo, que se puede considerar retrógrado, que los tiempos, los jóvenes, y toda la mandanga de consumo que quieran contarme es muy importante. La acepto. Pero no la compro. Un huevo frito con puntillas es un huevo frito fundamental. Insisto, las Artes Escénicas tienen tanto valor en sí mismas que no hace falta añadirle muchas más cosas que inteligencia, imaginación, dinero y tiempo. Y educar a los públicos a disfrutar, a vivirlo como algo excepcional, como algo único, no como un producto mercantil más. Y el poder ver la cara de los artistas, sentir su respiración, requiere de salas y teatros con aforos y estructuras arquitectónicas más adecuadas. Claro, pero ¿cómo amortizamos el desorbitado cachet que cobran las estrellas? Masificando, alterando la relación de calidad en la percepción de la parte insustituible: los públicos.

Dicho esto, ¡Viva el Festival de Almada! Seguiremos escribiendo en próximos días sobre otros magníficos espectáculos allí presenciados. Y un abrazo muy, pero que muy grande, a Rodrigo Francisco, su director artístico, que anda con muletas, muy magullado tras un accidente de moto. A todo el equipo del festival y del Teatro de Almada, los aplausos más grandes. Es un gran ejemplo para imitar.