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Sáb, Abr

Página en blanco | Miguel Ángel Pérez

Antes de comenzar, gracias a Carlos Gil y Artezblai por proporcionarme esta tribuna quincenal a través de esta gran ventana que es internet, donde me voy a ocupar de las organizaciones profesionales que operan en las artes escénicas en la Unión Europea.

En los últimos meses estoy asistiendo, un tanto sorprendido, a varias polémicas muy interesantes pero que no consiguen aclarar la maraña de aspectos que las condicionan, no siendo el menor la falta de memoria que exhibimos en las artes escénicas españolas. Hay una especie de "adanismo", algo que yo achacaba casi siempre a "los políticos" pero que veo que mis compañeros de profesión también exhiben, seguro que yo también en algunos casos. "Mi vida comienza cuando te conocí" cantaba Pepa Flores. Pues no, la vida comenzó hace mucho tiempo.

Una de estas polémicas es la dicotomía profesionales-aficionados, que dejo en manos más expertas que las mías, o al menos aparcada por el momento.

La segunda, más preocupante, es la que hace referencia a las organizaciones profesionales en las artes escénicas (teatro, danza, lírica) en la Unión Europea, dejando fuera espacios que culturalmente son Europa -como algunos países de la órbita de la antigua URSS- con formas de organización social y cultural diferentes a las nuestras.

Vamos a hacer un poco de historia. Debemos tener en cuenta que en España la II Guerra Mundial (y sus secuelas políticas y sociales, por tanto, culturales) acaba en 1978, donde se votó una constitución y empezaron a surgir instituciones democráticas. El retraso explica aún bastantes rémoras culturales. Pero fijémonos que hasta 1979 no aparece el primer Ministerio de Cultura, que recoge parte del patrimonio material, inmaterial y personal de la Secretaría General del Movimiento. Ese año se constituyen los ayuntamientos democráticos, en 1981 se produce un intento de golpe de estado por parte de algunos capitanes generales y civiles relacionados con el franquismo y en 1982 alcanza el PSOE la jefatura del gobierno. Se pone en marcha, todo lo tímidamente que queramos, una especie de "estado cultural" parafraseando a Fumaroli -con quien no coincido mucho, para él es algo negativo, para mí es una herramienta social de cierta utilidad-. Las organizaciones culturales de la época son, en general, asociaciones culturales regidas por la Ley Fraga de 1964, muy pocas eran fundaciones y menos empresas, alguna cooperativa en Cataluña y Euskadi.

Entre 1983 y 1986 se produce el grueso de las negociaciones de entrada de España en la actual UE y entre los muchos aspectos a negociar estaban temas que afectarían a la cultura, como por ejemplo: el estatus jurídico de las organizaciones que podían recibir fondos económicos significativos. Entonces como ahora la UE no impone nada con absoluta precisión...abre horquillas, puertas...tú decides como estado la letra exacta de esa normativa. Entre estas negociaciones estaban las referentes a "competencia y ayudas" entre las que destacan las reglas aplicables a las empresas y las ayudas que concedan los estados. En ese momento se consideró por parte de los negociadores españoles que lo más acertado es que quien recibiera fondos significativos tuvieran un estatuto empresarial, más fiscalizable que las asociaciones, fundaciones u otras formas de organización de la época. Con derivadas fiscales (impuesto de sociedades y de rentas del trabajo) obligaciones laborales (Seguridad Social, convenios del sector) IVA (reducido, pero podría haber sido 0, como tenía Irlanda en ese momento)

¿Esto era igual en todos los países? Pues no, los países fundadores de la UE habían ido evolucionando de forma más orgánica, menos "administrativa"...en unos había una fuerte tradición asociativa (Francia) en otros imperaba la fórmula de las fundaciones (Alemania, Italia) y en otros las organizaciones "no lucrativas" que conocemos con el nombre de "charities" (Gran Bretaña)....otros se alineaban a uno u otro lado sin decantarse. Todos ellos siguieron funcionando con las figuras jurídicas heredadas, perfeccionadas y totalmente "profesionalizadas", que por supuesto, siguen conservando. En todos ellos hay empresas culturales al uso, pero conviven con las formas jurídicas anteriores.

¿Qué consecuencias tiene esto en la actualidad? Muchas. De entrada la fórmula fundación y asociación tiene una posibilidad de mecenazgo superior a la empresarial. No se puede "patrocinar" a empresas, es una práctica "anticompetencia". Lo mismo con impuestos como el IVA, las asociaciones puede pedir su exención, pueden ser declaradas de utilidad pública, las fundaciones pueden ser a su vez propietarias de empresas. Rompen un corsé tan –necesariamente- rígido como es el de la empresa. Y en muchas ocasiones tenemos en España empresas que siempre están en pérdidas, muchas de las del sector cultural, somos menos competitivos que ellos.

Iremos viendo de aquí en adelante cómo funcionan en otros lugares para introducir una idea que me parece fundamental: la empresa es un medio, una herramienta, no es un fin, un objetivo.