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Lun, Oct

Grisácea ceremonia de coros 

Séptimo y último espectáculo del 67 Festival de Mérida con "Las Suplicantes", versión libre de Silvia Zarco sobre las obras homónimas de Esquilo y Eurípides. Un espectáculo digno pero grisáceo en su montaje de ceremonia de coros, dirigido por Eva Romero y co-producido por el Festival y la productora/distribuidora teatral Maribel Mesón. En el Teatro Romano es la primera vez que se representa esta obra. En el Anfiteatro -en 2003- se pudo ver la de Esquilo, en versión de C. Delgadillo y dirección de F. Carrillo y C. Galarza, con actores de la primera promoción de la Escuela de Teatro de Extremadura.

 

La rebeldía histórica de las mujeres oprimidas late en estos dos textos trágicos griegos: "Las Suplicantes", obra didáctica de Esquilo (la tragedia feminista más antigua que conocemos, 467-458 a. C), y "Suplicantes", melodrama que maneja el tono grave propio del genero trágico. Ambas, con argumentos distintos reflexionan sobre temas donde se hallan involucrados los principios irrenunciables de lo humano -como son los que originan la violencia de género, el respeto por el enterramiento de los muertos después de una contienda bélica y el derecho protector de asilo político-, examinando a la democracia desde la tragedia, en la que los dos autores llegan a exponer que en favor de la justicia, igualdad y equidad establecida un pueblo puede tener la obligación moral de hacer la guerra a otro.

En "Las suplicantes" el tema gira en torno al mito de las 50 hijas de Dánao residentes en Egipto, quienes son obligadas a casarse con sus primos, los hijos del rey de Egipto, razón por la que huyen de allí conducidas por su padre y se refugian en la ciudad griega de Argos, en el altar de Zeus, suplicando amparo. Pelasgo, rey de los argivos, brinda a las Danaides su protección y la de su pueblo. Cuando llega un heraldo de los tiránicos primos persegui­dores, el rey defiende sin más armas que la firmeza democrática a las jóvenes, mandándolo de vuelta. En "Suplicantes", delante del templo de Deméter de Atenas están reunidas las madres de los siete jefes argivos muertos en el fracasado asalto a Tebas, y cuyos cuerpos los tebanos no han querido devol­ver. Las acompaña el rey de Argos, Adrasto, único hé­roe superviviente, que pide a Teseo, rey de Atenas, que interceda ante los tebanos. Éste accede y realiza una expedición victoriosa contra Tebas rescatando los cuerpos. La tragedia concluye con la aparición de Atenea, que anuncia la alianza Atenas/Argos y la conquista de Tebas por parte de los hijos de los caídos.

La versión de la sevillana Silvia Zarco -filóloga clásica, profesora en un I.E.S. extremeño y dramaturga- lleva a singularidad el artificio teatral de una historia bien contada fusionando los textos de Esquilo y Eurípides, con conocimiento e ingenio, pese a algunas licencias en el salto del tiempo (las de los reyes de Argos), la criba de personajes (entre ellos la madre de Teseo) y la poca claridad sobre lo que define a las suplicantes dotadas un cierto talante amazónico. Episodios enlazados con armonía dramática y recreados con sencillez y sutileza, proponiendo una mirada catártica al pasado para reencontrarnos con el presente, esencialmente a través de la ceremonia de los coros teatrales -que son los protagonistas de la obra- repletos de imágenes que confieren un canto profundo, puro de lirismo épico, donde vemos que hace muchos siglos hablaba el corazón razonable a favor de las mujeres que soñaban una vida mejor. Pero en el texto también hay que valorar el abreviado tránsito de diálogos, como el de Teseo y el heraldo, que es una muestra preciosa de debate político entre democracia y dictadura, tanto más cuanto que Teseo mismo no deja de acusar ciertos rasgos absolutistas.

La puesta en escena, de Eva Romero, ha estado pensada para hacer un espectáculo grandioso en el espacio romano, lo cual es algo tan alentador como destacable (otra cosa es el presupuesto disponible). En el montaje se ha notado la intención de elevar las variadas e imaginativas coordenadas estéticas propuestas en el texto -que se apoyan más que nada en los lineamientos del expresionismo-, donde las coreografías juegan un papel decisivo potenciando la poética vibrante de los coros protagonistas, que acusan la inequívoca presencia de atmósferas dirigidas a los sentidos y a la razón del espectador. Sin embargo, la mucha pretensión -correcta en escenografía, música y vestuarios- se ha quedado poco más que a medio camino, tal vez porque a la debutante Romero le ha faltado tiempo -en los ensayos, claramente digo- para construir eficazmente todos los elementos estéticos componentes de la función. Creo, también, que algunos de estos sobraban (determinadas canciones, aunque bien interpretadas estaban de más).

El espectáculo ha acusado lagunas en el ritmo, máxime en instantes que no aclaraban el final de la función. A varias de las coreografías -de Gema Ortiz- les ha faltado limpieza en los movimientos, que han restado belleza a sus composiciones. En la declamación de los actores de los coros, en bastantes momentos hubo cierto desaliño oral en las voces, por la falta de conjunción dada entre actores vocacionales y profesionales integrados en un mismo grupo coral. Ello debilitaba la base conceptual del texto que proyectaba el mensaje. Y habría que agregar alguna falta de autenticidad en las actuaciones con respecto a sus propósitos de caracterización. Aquí se ha notado carencias en la dirección de actores.

En la interpretación, no es fácil hablar del trabajo de los muchos participantes, porque saltaba a la vista su entrega. Lo que no basta para que la resultante conjunta haya sido un trabajo medianamente convincente. Lo mejor lo puso el rol de David Gutiérrez (rey de Argos) con su presencia escénica y su modulada voz. Muy expresivas resultaron las voces de María Garralón (corifeo de las madres) y Carolina Roche (corifeo de las Daneidas) y otras que sobresalían de los coros (como las de Bely Cienfuegos, Maite Vallecillo, Nuria Cuadrado, Laura Moreira, Pilar Brinquete...). También cumplió bien Eduardo Cervera (Egipcio) y pusieron entusiasmo Rubén Lanchazo (heraldo tebano), Javier Herrera (mensajero) y Valentín Paredes (este último un poco chillón como rey de Atenas). Decepcionó Cándido Gómez, veterano actor al que he visto 13 veces en el Teatro Romano haciendo bien sus papeles. Aquí andaba perdido por el escenario buscando su personaje de Danao.

Pese a los fallos, el público que llenaba las gradas -mucho procedente de Guareña, Talarrubias y Puebla de la Calzada, lugares donde se había ensayado la obra- aplaudió cálidamente el esfuerzo y la dignidad del espectáculo.

José Manuel Villafaina