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Sáb, Dic

@Lucas Caraba

 

Comprar y vender dinero

Decía a mis alumnos hace pocos días que el contexto cambió sustancialmente el eje dramatúrgico a la obra de Buero Vallejo cuando, a partir de 1975, se murió Franco y se le acabó el enemigo. Realmente lo que cambió fue el contexto porque la voz de Buero, a través de sus personajes, continuó reclamando libertad. Decía esto exponenciando a una generación de creadores que había luchado, denodadamente a través de su obra, contra el secuestro de la sociedad española durante los cuarenta años de dictadura. Y en esta línea de comentario me pregunto cuál sería hoy el enemigo que nos mantiene encarcelados de una forma que puede ser calificada, modernamente, de esclavitud, y contra el que hay que luchar.

 

La respuesta se puede encontrar con tan solo lanzar una mirada a nuestro alrededor, pero se nos diluye al no poder señalarlo directamente, pues va cambiando de forma a cada paso y, en cambio, siempre lo tenemos cerca, al lado nuestro, a veces tan cerca que lo podemos confundir con nosotros mismos. Obras como las de Michel Vinaver: King o Betancour Boulevard dejan entrar al teatro nombres propios responsables del sistema comercial al que se ve sometido el ciudadano contemporáneo. Y será en este mismo campo en el que la versión de Peris Mencheta de la obra de Stefano Massino sube el telón, desnudando y poniendo al descubierto la ambición de un sistema representado por la firma financiera de los hermanos  Lehman.

Estamos ante una obra de carácter histórico que recorre 164 años de la trayectoria de una familia que llegó a formar un imperio financiero y que, tras anunciar su quiebra el 15 de septiembre de 2008, se convirtió en el detonante de una de las crisis económicas más duras que ha sufrido EEUU y, consecuentemente, occidente, incluso peor que la de aquel viernes negro de 1929, según los analistas. Pero es un teatro cuya historia nos habla hoy, mostrándonos el camino que ha traído la forma de vivir en la que nos hemos visto obligados a instalarnos en las primeras décadas del siglo XXI. Es una obra que nos muestra cómo el sistema, ese ente indefinido y tan determinante, nos atrapa una y otra vez. El remedio está en el hombre, pero también está en el hombre la grieta por la que se nos cuela lo más miserable del propio sistema.

El contraste entre lo lúdico y lo dramático va tejiendo la tela que desencadenará el momento trágico de la crisis de 2008. No es solo la crisis de Lehman Brothers sino que es la crisis de un modelo y puede ser proyectada en cada espectador como una crisis de conciencia. 

Unos comerciantes de algodón descubren que también pueden ser comerciantes de dinero. Comprar y vender dinero. Esto les abre la puerta a manejar los criterios de necesidades que determinan a una sociedad. Esta será la característica del poder que caracterizará a occidente a lo largo del siglo XX hasta llegar a la demoledora fecha del 15 de septiembre de 2008, cuando Lehman Brothers se declara en quiebra. Todo salta por los aires y ya nada volverá a ser como antes, pero el sistema, años después, vuelve a buscar la forma para recuperar la estabilidad, volviendo a poner el poder por encima de la convivencia y hoy, diez años después, volvemos a ver como empiezan a inflarse otra vez los sectores que nos llevaron al caos, como el inmobiliario y el sector financiero. Y esta es la llamada de atención de Lehman Trilogy.

El espectáculo cuenta con un extraordinario casting en el que destaca, sobre todo, la completa formación actoral y el alto nivel de expresión artística. Construyen a partir de lo vocal, lo musical, la expresión corporal y, en su conjunto, desde un magnífico trabajo de dirección actoral de la mano de Peris-Mencheta.

Los actores crean al personaje desde una mirada poliédrica de focalizaciones y lenguajes interpretativos, que van desde las intervenciones corales en las que podemos destacar las musicales, con los directos de violín, bajo, guitarra, armónica, banjo, batería o piano hasta al protagonismo textual de la representación.

El ritmo, resultado de una intensa orquestación de los elementos, no deja lugar a que el espectador se refugie en el reposo del transcurrir de la función. Tan solo en los dos entreactos se pueden dedicar unos minutos a la respiración fuera del escenario. 

Una escenografía polivalente de dos pisos, con suelo circular y móvil, ocupa el escenario, de tal forma que la visualidad del universo dramático no solo responde a la horizontalidad sino que se extiende también a un plano vertical. Este recorrido contribuye a la dinamicidad de la escena y ayuda al espectador a no desconectar del ritmo que impone la representación. Este ritmo se convierte en un importante elemento de significación pues supone un fiel reflejo de la velocidad que impone el consumismo y la producción: En unos pocos minutos Henry Ford monta un coche, inventando así la cadena de montaje, base del consumismo atroz que se avecinaba y que Charles Chaplin reflejó perfectamente en Tiempos modernos en 1936.

Espectáculos así se alzan como muros de protección ante ese otro teatro que está muerto. Lehman Trilogy pertenece a ese teatro en el que nos reconocemos y que nos acompaña buscando las energías suficientes para no vernos arrastrados hacia aquello que nos diluye, como sociedad y como individuos, sin contemplación alguna.

Fulgencio M. Lax