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Jue, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Tras el fallecimiento de Alfonso Sastre con noventa y cinco años se ha puesto en erupción ese volcán tan español que suelta un magma confuso de personas que teniendo algún poder lo han ignorado de una manera consciente, de aquellos que, de repente, se convierten en su defensor, de quienes sin leerlo se muestran fieles seguidores y de aquellos que, teniendo una relación estrecha, verdadera, se han presentado con esa prudencia emocional que el propio Alfonso transmitía.

 

Empiezo a notar algo de flojera en mi memoria, por lo que todo lo que sigue se debe entender como fruto de verter recuerdos que no siempre van a encontrar el lugar y la fecha justa, pero que, al menos en mi cajón de los recuerdos, son claros y fehacientes. Con diecisiete años empecé a hacer teatro de una manera más “seria”, es decir, pasé de un feliz amateurismo, a entrar en un grupo de teatro experimental e independiente: GO-GO. Allí, en la sala de teatro del Instituto de Estudios Norteamericanos de Barcelona, en una puerta de un camerino se leía Emma Beltrán, la que después fue Cohen, dentro de ese camerino colgaba un cartel de un montaje anterior de ese grupo, “Guillermo Tell tiene los ojos tristes” de Alfonso Sastre. Me llamó mucho la tención el título. Al poco ese grupo empezó a hacer lecturas dramatizadas para que los que acabábamos de entrar nos fuéramos formando. Y leímos “El cuervo” de Alfonso Sastre, y a mí me tocó un personaje que en un momento dado decía “Moriré en París un día de lluvia del que ya tengo recuerdo”, del poema de César Vallejo.

Los jóvenes de aquellos tiempos, finales de los sesenta, teníamos una Biblia donde acudir, Primer Acto, y allí leíamos otras obras de ese tal Alfonso Sastre. Sabíamos de sus manifiestos, de sus propuestas para hacer del teatro algo más que un entretenimiento. Vagamente entramos en aquel debate ideológico sobre el posibilismo, que Sastre matizaba, "¿sí, pero qué posibilismo?". Un terreno donde posicionarse era dar pasos en una dirección histórica de un sesgo ideológico muy marcado.

Pasaron muchos años en los que mi relación directa con la obra teatral de Alfonso Sastre fue casi inexistente, o solamente quedó en la lectura de algún texto, de alguna reseña de estrenos, de comprobar cómo en el riquísimo teatro aficionado barcelonés y catalán, eran asiduas las obras de este dramaturgo que ya, en otro ámbito, la militancia política, escribió un libro que nos leímos con atención porque nos explicaba cuál podía ser nuestra postura, nuestra actitud, para poder cambiar la situación política dentro de aquella dictadura que se eternizaba.

Se ha contado estos días el hecho de una bomba colocada en la Sala Villarroel por la extrema derecha, durante la representación de “La Sangre y la Ceniza” de Alfonso Sastre, en un montaje de “El Búho” con dirección de Juan Margallo. Sería muy prolijo explicar las razones por las que estuve allí hasta minutos antes de dar entrada al público, pero lo cierto es que estaba, que mi hijo que apenas andaba estuvo correteando por aquel pasillo donde se encontraba esa boca de riego donde se colocó la bomba. En aquellos tiempos no había teléfonos móviles. Cuando llegamos a casa en el contestador automático teníamos la noticia. Al día siguiente estuve, junto a otras personas de la sala, cacheando a todas las espectadoras y espectadores que entraban. No he pasado más miedo en mi vida. ¿Se imaginan que encontramos a alguien con una pistola o un paquete sospechoso? Todavía tiemblo.

La vida me llevó a Euskadi. Y tuve la fortuna de organizar en Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz los años 1980-81. En el 81, entre otras circunstancias maravillosas, pudimos programar por primera vez en el Estado español a Tadeusz Kantor con “Wielopole, Wielopole”. Alfonso se desplazó con amigos comunes a ver la función a Vitoria. Fue la primera vez, que yo recuerde, que tuve un contacto directo con Alfonso Sastre.

Las circunstancias me hicieron compartir periódico donde escribíamos, el EGIN, de verlo en muchas actividades, de tener una relación muy fluida con Eva Forest a través de la Editorial Hiru, de tener el gran honor de que escribiera un artículo mensual en la revista ARTEZ. En aquellos tiempos el contacto era constante, fluido, cuando iba a algún festival en Biarritz o Baiona, casi siempre paraba a saludarles, a tomarnos unos vinos, a analizar la situación teatral y política. Le entrevisté por lo menos tres veces para diferentes medios. Siempre lo consideré un maestro en el sentido más noble del término. Sus artículos en “El rincón del no” de ARTEZ, rezumaban sabiduría, capacidad de análisis, fuerza intelectual, pero puesta al servicio de lo concreto, de lo practico. Era admirable en este sentido. En mi etapa de productor con Teatro Gasteiz, intenté poner en pie su obra “Demasiado tarde para Filoctetes”. Recuerdo que estuvimos negociando con Juan Diego para protagonizarla. No se logró estrenar.

Una vez, en una reunión del Instituto del Mediterráneo que dirigió José Monleón, en Motril, había una amplia delegación de teatristas marroquís, casi todos habían estudiado en Rusia, y uno de ellos, que había dirigido “La cornada”, me preguntó cuándo había muerto Alfonso. Le dije que no había muerto. Le llamé en aquel momento, se puso al teléfono y se lo pasé al director marroquí que se emocionó mucho, y al colgar me abrazaba de manera efusiva, había logrado el milagro de resucitarlo.

No hace mucho, apenas un mes, en Bogotá, Patricia Ariza, la dramaturga, directora y actriz fundadora del legendario grupo “La Candelaria”, me preguntó sobre Alfonso y si vivía. Le dije que sí, que estaba vivo, un poco recluido por la edad, pero que seguía entre nosotros. Y ella me contó que cuando los paramilitares colombianos fueron exterminando a todos los que eran electos o candidatos de Unidad Popular, y ella era una de ellas, Alfonso Sastre y Eva Forest la llamaron ofreciéndole amparo, su casa, cobijo para escapar de aquel horror. Estaba muy agradecida. Al comentarle el silencio al que había sido sometido durante décadas Alfonso y su obras, los responsables del teatro español, me pidió que le mandará textos por si allí se pudieran poner en pie. En eso estamos.

Son muchas las ideas que me llegaron desde su sabiduría. Leerlo, editarlo en la revista, era un placer muy satisfactorio. De las conversaciones con él, siempre se sacaba provecho. Hasta de sus silencios. Ahora, de pronto, me viene lo que aseguraba sobre eso de las obviedades, de lo obvio. Para él lo obvio solamente es obvio para quien lo sabe, por eso proponía repetir cuestiones que creemos obvias pero que muchos de nuestros coetáneos no se han enterado todavía.

Acabo: me sorprendió una vez que en una entrevista dijo que sabía que escribía para la posteridad, que sus obras tendrían una mejor vida una vez él hubiera muerto. Estamos en ese momento. Ojalá se cumpla su profecía. Si aquí, en Colombia, en Portugal o donde se pueda se pone alguna vez “El camarada oscuro”, podé decir a voz en cuello: ¡¡Misión cumplida!!