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Lun, Dic

Sangrado semanal | Juana Lor

Cuenta el músico Sam Alty su experiencia con el Haikido. La revelación fue tal que asegura que pasó de ver la vida como si fuera el contorno de una O, a percatarse de que dicha O era una letra, que estaba al lado de otra letra, que finalmente conformaba una palabra que estaba al lado de otra palabra que estaba al lado de otra palabra y que todas estas palabras formaban una frase que estaba al lado de otras frases que componían un párrafo y que ése párrafo estaba encima de otro párrafo que a su vez estaba encima de otro párrafo en una página de un libro que tenía muchas páginas y que aquel libro estaba al lado de otros libros que formaban parte de una gran biblioteca. Así, la idea que Sam Alty tenía de la vida pasó de ser el contorno de una O a ocupar una biblioteca entera.

Algo parecido le sucede al actor que siempre ha sido actor y ejercido como tal, cuando el propio teatro le lleva, un buen día, a dirigir a un grupo teatral o a tratar de iluminar una escena. En una situación así, los contornos del oficio se desdibujan para expandirse más allá de los confines soñados. Hay tantos lugares desde los que contar el teatro que éste se nos escurriría entre los dedos si no fuera un arte colectivo. Y aún así, rompo una lanza a favor de unos actores que sean iluminadores y unos iluminadores que sean actores. Porque sólo conociendo la totalidad de este maravilloso y misterioso asunto, sus recovecos y curvas, podremos comprender el teatro desde dentro y hacer que reviente hacia fuera para mostrarlo al mundo.

Para ilustrar esto que estoy diciendo, no se me ocurre mejor idea que traer a pasear por estas páginas la figura de Don Eusebio Calonge, dramaturgo e iluminador de la compañía La Zaranda. "Tiene sentido", me dijo alguien al escuchar por vez primera de la existencia de este hombre de teatro con una combinación de tareas tan singular como exquisita. Palabra y luz, luz y palabra. Éste es su singular aporte al asunto teatral. Tiene sentido, pues, que aquel que ilumina primeramente con la palabra sea también quien genere finalmente las luces y sombras en la escena.

Este oficio nuestro está rodeado de momentos sublimes inaprensibles que trascienden la cotidianeidad más agarrada al minutero, pero hay uno, a mi entender, que siempre ocurre horas antes de una función y que se puede escuchar y vivenciar si el actor está lo suficientemente centrado como para acallar los latidos de su propio corazón. Hay un momento horas antes de la representación, en la que los iluminadores abren la panza del teatro y trajinan entre sus vísceras y nervios. El oscuro entonces es total, como de cascarón de barco nocturno, porque los foqueros están operando arriba, en las alturas, midiéndole las fuerzas al espacio que albergará el tiempo del teatro. En esos instantes, el silencio también aparece para llenarlo todo con su densa presencia. Y entonces, la vida queda levemente suspendida, como las pelusas que ves flotar en el aire, gracias al haz de luz que ilumina, mientras la existencia conforma palabras nuevas con las que escribir el libro de la propia vida.