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Jue, Dic

La voz antigua | Maite Tarazona

No seré yo quien descubra la importancia de las cosas pequeñas en su pequeñez magnificente.

Cosas pequeñas, pensamientos minúsculos que se niegan a abandonarnos incólumes al desaliento convirtiéndose en gigantes cotidianos.

La pequeñez de la ignorancia que nos hace pequeños, sentirse pequeño, solo sé que no sé nada, compartir ese no saber y buscar, juntos, un saber ¿más grande? compartido. Quizás reconocer la ignorancia no redima, pero quizás sea un paso hacia otro lugar menos desierto, confesar nuestra ignorancia: tecnológica, literaria, teatral...

Todo diminuto, pequeño, aterradoramente pequeño.

Los diminutos puntos suspensivos, deliciosos, terribles en su diminuta y terrible indeterminación contenedores de montañas.

Siempre renegué de los puntos suspensivos: por su belleza, por su apertura, por su indefinición, pero aparecen una y otra vez impertérritos, determinados a filtrarse por los huecos, reclamando su presencia en una escena en que la que, cada vez más lejana la práctica, son la antesala del todo en la pausa que condensa la acción.

Puntos suspensivos y comas, ¿cómo se respira en la suspensión?, ¿en la pausa?, acaso uno contiene la respiración hasta que la necesidad de vida le obligue a tomar aire o respira profundo para ser una parte más de la vastedad del momento contenido.

A lo lejos se oye una sirena repetitiva y obsesiva.

Me obsesiona la otredad del otro, el ser otro, el ser otra, el otro, la otra, la cantidad de otros que somos y el miedo que nos da su reflejo en los demás, el desdoblamiento continuo del uno que creemos ser en la vastedad de una sociedad en la que difícilmente uno sabe cuándo es uno u otro, cuando atacarse a sí mismo o a los demás.

La obsesión de la inmigración, de la superlatividad del otro encarnado en enemigo, el otro no eres tú y la diferencia asusta, asústate y estarás protegido nos dicen los susurros sociales que creemos que nos protegen ¿de qué? nos protegen.

La obsesión de la mujer que pasto de estadísticas llena las planas de los periódicos por ser la otra que ya no quiso seguir siendo de otro, porque ser mujer no es escritura de propiedad de nadie, y eso se paga, con sangre.

La obsesión de estar obsesionada.

Me obsesiona aburrirme en el teatro, tener sed y seguir sedienta.

Me preocupa, todavía no obsesión, estar buscando algo que quizás no exista, si no existe ¿lo crearías? ¿Tú? ¿Yo? ¿Acaso aquel, otro?

Ese algo, habría que crearlo, ese algo que todavía no existe, sin nombre, sin ser, es necesario que exista porque si no estaremos siempre sedientos, yo tengo sed. ¿Quién será el designado para tal lid?, quizás un día un destello me capture, a mi o a ti o al otro, e ilumine las respuestas a las preguntas todavía no formuladas.

Leo y me doy cuenta de que no sé, algo, nada. Pienso y se abren preguntas, me abruman con su infinitud y me pregunto si algún día dejaré de preguntarme, imagino que no, que ese día ya estaré muerta.

No me obsesiona la muerte, pero me acompaña.

Me obsesiona el teatro, contenedor de las cosas pequeñas, de la mirada, de los momentos, de la respiración, de la vida en un instante, el mundo contenido en la cabeza de un alfiler.

Quizás el teatro no sea una obsesión, sino una necesidad vital de permanencia, me gustaría entender los mecanismos que lanzan las grandes obsesiones, esas que nacen de los momentos pequeños, yo fui una flor, en un momento, y de esa flor, amapola, danzando en el espacio nació una obsesión.

El teatro como lugar de encuentro, como lugar de inclusión, lugar inclusivo en el que encontramos el ser y da cabida a todos esos otros que somos y que quizás deberíamos ser.

Quizás por eso el teatro es una herramienta tan poderosa, quizás por eso estamos ahí, para poder ser otros, un lugar donde el miedo sea pasto de las llamas.

Poco a poco, relatos de una obsesión, por las cosas pequeñas y no tan pequeñas.