Reportajes y crónicas

Balance de la edición 68 del Festival de Mérida

El Festival de 2022, en su 68 edición, no ha sido tan problemático como los de 2020 y 2021 afectados por las restricciones que imponía la pandemia y por los varios conflictos que dejaron mucho que desear ante las pruebas de incompetencia sufridas por el evento, forzado y chapucero, tanto en la organización como en la propuesta y resultado artístico/cultural. Pasará a la historia el conflicto acarreado por parte de la Junta extremeña que adjudicó el pasado año la continuidad en la dirección del Festival a la empresa Pentación (del vasco/madrileño Jesús Cimarro), por medio de un «concurso» de planteamiento ambiguo -que ocasionó polémicas y acarreó un litigio con otra empresa teatral participante- y que trajo como perjudicial consecuencia que el evento –que costaba un dineral- no tuviese luz verde hasta un mes antes para formalizar una programación.
El Festival de este año, que para su organización ha recuperado su duración normalizada, la ocupación total de los asientos del público y que ha tenido tiempo suficiente para elegir y montar los espectáculos, no ha mejorado. Del cuantioso presupuesto gastado sólo ha sido valiosa la inclusión de algunas actividades adicionales (la programación alternativa en el restaurado teatro María Luisa) pero en las primordiales, que son las representaciones es el Teatro Romano, ha seguido decepcionando: la edición ha resultado floja en contenido grecolatino y con menos asistencia de público.
Un resultado, por tanto, distinto a como lo dibuja el informe del director Cimarro (y que apoya Fernández Vara presidente de la Junta y del Patronato y su consejera de cultura) tras clausurarse el evento, con el mismo triunfalismo y aire de suficiencia sin pudor que levantan las desconfianzas de siempre, expresando que la edición ha cumplido con el objetivo propuesto de «hacer felices a la gente proporcionando una oferta de cultura y ocio de calidad», en las interesadas y teatralizadas ruedas de prensa, que no se reducen sólo a la calidad de los espectáculos, sino también a otros engañabobos, como los maquillajes al número de asistencia de público o a las arbitrariedades del presunto impacto mediático. Tejemanejes del empresario teatral vasco-madrileño, trampeados de variadas maneras, que no podemos dejar en el tintero quienes conocemos el Festival con implicación en muchas de sus facetas, antes y después de sus inicios en 1984, cuando se crea con unas preceptivas de teatro grecolatino el Patronato extremeño (al que pertenecí en una época).
El Festival ha fallado, una vez más, por su incompetencia en la valoración del hecho dramático grecolatino. De los nueve espectáculos representados en el Teatro Romano sólo tres fueron versiones de grandes comedias clásicas o de adecuadas creaciones actuales de contenido grecolatino –»Miles Gloriosus», «La aroma de Roma» y «La tumba de Antígona»- y que cosecharon más o menos éxito artístico. Los otros seis espectáculos lo fueron de confusas temáticas «grecolatinas» de nueva creación y de mediocridad artística. Uno de ellos, «De Sherehezade», de María Pagés, fue un bolo de baile y cante flamenco basado en los «Cuentos de las mil y una noches» (¿Qué tienen que ver esos cuentos tradicionales del Oriente Medio con los procesos de creación, expresión, comunicación y recepción de este Festival?). Esos seis espectáculos desorientan en la programación y –como he dicho en otras ocasiones- alejan al Festival del mundo clásico grecolatino que es su seña de identidad.
En cuanto a la asistencia de público al Teatro Romano, para hacer ver la mentira, nada más hay que comparar las cifras que Cimarro aportó en las ruedas de prensa de ediciones anteriores con las de este año. En 2019 (sin pandemia) asistieron 104.478 espectadores. En 2021 (con pandemia y al 75% del aforo) asistieron 81.000. Este año de 2022 han asistido 74.673. Lo cual quiere decir que el Festival desde hace tres años ha perdido 29.805 espectadores. Esto supone un considerable fracaso. Tengo que decir también que la programación alternativa del Teatro María Luisa, con sus cinco espectáculos –»Penélope», «Antígona», «Numancia», «Las bingueras de Eurípides» y «¡Qué salga Aristófanes!»- de mediano formato y de tema grecolatino, ha sido superior en calidad a la programación celebrada en el Teatro Romano. Lo cual hace pensar que el Festival prioritario todavía está lejos de un verdadero interés de sus patronos y organizadores por promover esa gran fiesta de la grecolatinidad que distinga al evento por la originalidad y la calidad y lo eleve por encima de los grandes festivales.
Analizo brevemente lo peor y lo mejor de los espectáculos representados en el Teatro Romano:
«JULIO CESAR», de Shakespeare, producción de una compañía argentina, reveló en su versión la utilización del genio inglés y de su texto, dándose licencias sobre el contexto histórico de Cesar y su entorno, planteados en una forma de escritura que poco tiene que ver con la obra original. Claramente, esta versión acuchilla a Shakespeare como en la obra se acuchilla a Cesar. No hay propuestas claras más allá de una indigestión de determinada tendencia rompedora –y diría que comercial- del autor/director. El montaje se exhibe como un show multimediatico atravesado por la era de la comunicación, el audiovisual y la traducción. En la actuación interviene un buen elenco con desenvoltura en la metamorfosis de sus roles. Aunque en los personajes femeninos interpretados por hombres hubo clichés caricaturescos que rozaban lo grotesco. Al público le costó mucho entender las mutaciones.
«SAFO», una obra que evoca a la poeta griega a través de lo imaginado, proyectado y especulado por investigadores a lo largo de los siglos. En la trama, con fragmentos escogidos de sus versos y canciones, resalta el mundo femenino que conecta el erotismo y el amor libre. El enfoque no es el de una obra «rompedora» como se pretende sino el de una obra poco ingeniosa, nada graciosa. Está tratado como un poema escénico musical (donde se luce Cristina Rosenvinge) y visual que se salda con altibajos de calidad. Destaca un vestuario exuberante (de Pier Paolo Álvaro), aunque el que mejor luce es el de los cuerpos desnudos de los personajes (en bellos cuadros pictóricos). Muy mal el pegote escenográfico de una reproducción del Teatro Romano en pequeño -cubierto con telas al estilo del artista Christo- que nadie entiende. En el elenco, totalmente femenino, hubo desigualdad interpretativa.
«MINERVA», no fue una obra clásica ni de nueva creación que alumbrase realmente hechos y personajes grecolatinos. Ambientada en la antigua Roma (Siglo I), el argumento trata la ingeniada historia melodramática de una madre romana amorosa con su familia y defensora «estoica» de injusticias. Pero es una intriga poco creíble que no encaja en aquella Roma truculenta, de esplendor, crueldad, espectáculo y libertinaje. El montaje aplica bien los componentes escenotécnicos, pero no la dirección de actores y el ritmo (que resulta decadente a lo largo de dos horas). Se salvó una genial escena cómica de teatro en el teatro. En la interpretación, la protagonista Minerva no convenció. Destacada fue Sara Jiménez, en su rol dramático y cómico. También lo estuvieron Fermín Núñez (en un monólogo), Juan C. Castillejo y Francis J. Quirós. Los demás, cumplieron discretamente sus roles.
«EL MISÁNTROPO», fue una versión que apenas respetó el contenido y la forma del comediógrafo griego Menandro. Pretenciosa de modernidad, está cargada de expresiones actuales (muchas en boca de labriegos van de humoradas «cultas») y recargada de anacronismos y de «apartes» que en su mezcla confunden más que aclaran. Lo singular fue un sugerido juego «pirandeliano» de teatro en el teatro. El montaje es de una comedia convencional actual, que incluye canciones adaptadas y músicas pegadizas. Llamó la atención la escenografía, confusa y muy fea (de jaramagos y amapolas), con unas ridículas sillas a un lado y otro del monumento. El espectáculo no va más allá de su condición de melodrama cómico ligero. En la actuación, destacó María Ordoñez (La muchacha), un terremoto con mucho humor en sus argüidos discursos feministas reivindicativos.
«ARIADNA», un bolo de hace dos años, compuesto por coplas flamencas y una narración en off. Pretenciosas de grecolatinidad, las letras están inspiradas en fuentes de mitólogos que cuentan la hazaña de Teseo y de la joven Ariadna, la cual forma parte del prolífico acervo de la mitología griega. En la función coreografiada e interpretada por Rafaela Carrasco, sin embargo, una vez más se da el caso donde la recreación artística del mito no se sabe expresar con claridad sobre el escenario. En el montaje, carente de una estructura dramática en la que no están sus personajes, todo resulta ininteligible para los espectadores que desconocen el tema. El experimento ha estado más al hilo de un espectacular taconeo, donde la Carrasco manifiesta ese duende de sus raíces andaluzas. Y con ella un buen cuadro flamenco de baile, cante y guitarra. Los palos flamencos en pleno e intenso diálogo.
«MILES GLORIOSUS», es la más popular comedia de Plauto cuya trama gira alrededor de un falso héroe de quien todos se burlan arteramente. Antonio Prieto realizó una valiosa versión con cambios formales para que la obra clásica fuese legible en el lenguaje actual. El montaje de Pep Antón Gómez es inspirado y alegre desde el inicio hasta el final. La parte escenotécnica y la dirección del elenco están tratados acertadamente con una plástica caricaturesca dinámica, propia de la comedia fársica. En la actuación, todo el elenco respondió transmitiendo el humor en sus frases y en los gags que pasan trepidantes por situaciones de enredos y equívocos. Destacó Carlos Sobera, interpretando, cantando e interactuando con el público (en su rol del fanfarrón). Pero no menos espléndidos están Ángel Pardo (el esclavo) y Elisa Matilla, ambos dando cuerda hilarante a la función.
«EL AROMA DE ROMA», ingenioso y animado musical de nueva creación ambientado en la época romana de Nerón. El libreto, bromista y de enredo simpático, plantea sugerentes temas sobre humanos, semidioses y dioses en una trama fantástica. Las ocurrentes canciones –que predominan más que las acciones dramáticas- son las que relatan, con cierto contenido metafórico de interés bien intencionado, las aventuras y desventuras de un bailarín/gladiador. Un trabajo hilvanado con buena dosis de creatividad paródica, satírica y del sentido del humor (actor Javier Canales), al estilo de los musicales de Broadway. Destaca la escenografía de David Pizarro en armonía con la del incomparable marco romano. Y las coreografías de Sonia Dorado, imprimiendo estéticas y ritmos dinámicos que recorren todo el espacio, contribuyendo a que el espectáculo produjera un gran disfrute visual.
«LA TUMBA DE ANTÍGONA», de María Zambrano recrea el mito de la tragedia de Sófocles, con un texto metafórico que empieza donde termina la obra del griego. Una esmerada versión de Nieves Rodríguez disminuye la carga alegórica del texto, reduce algunas escenas que resultan densas y agranda otras para un perfecto acomodo en el montaje de teatro/danza, dirigido por Cristina D. Silveira que aporta significativas coreografías y cuadros expresionistas para un desciframiento visual de la simbología del texto. Si bien, el resultado no llegó a ser suficientemente claro para mucho público. Destaca la utilización del espacio romano (de Amaya Cortaire) y la luminotecnia de efectos bellísimos (de Fran Cordero). En las actuaciones, hubo buen nivel de oficio tanto en los roles de teatro como en los de danza casi a la perfección (destacando la creatividad atlética de Simón Ferrero).

José Manuel Villafaina

LO MEJOR DEL FESTIVAL 2022 EN EL TEATRO ROMANO
Este crítico, que ha asistido a todos los estrenos, valorando los mejores trabajos artísticos de los espectáculos en esta 68 edición del Festival, cree que merecen una CORONA DE HIEDRA y PLACA DE BRONCE (sencillo reconocimiento que se otorgaba en los certámenes teatrales de las Grandes Dionisias griegas) los siguientes:

Mejor espectáculo tragedia: «LA TUMBA DE ANTÍGONA», de la compañía Karlik Teatro/danza
Mejor espectáculo comedia: «MILES GLORIOSUS», de la compañía Arequipa Producciones
Mejor versión tragedia: NIEVES RODRÍGUEZ (en colaboración con Cristina D. Silveira), por «La tumba de Antígona» de María Zambrano
Mejor Versión Comedia: ANTONIO PRIETO, por «Miles Gloriosus» de Plauto
Mejor dirección Tragedia: DESIERTO
Mejor dirección Comedia: PEP ANTÓN GÓMEZ, por «Miles Gloriosus» de Plauto
Mejor Actor Protagonista Tragedia: DESIERTO
Mejor Actriz Protagonista Tragedia: DESIERTO
Mejor Actor Protagonista Comedia: CARLOS SOBERA/ÁNGEL PARDO (compartido), por «Miles Gloriosus» de Plauto
Mejor Actriz Protagonista Comedia: ELISA MATILLA, por «Miles Gloriosus» de Plauto
Mejor Actor de Reparto Comedia: JAVIER CANALES, por «La aroma de Roma» (musical) de Woody Aragón, Fernando Lancha y Santiago Lancha
Mejor Actriz de Reparto Tragedia: SARA JIMENEZ, por «Minerva» de Assumta Serna/Scott Cleverdon
Mejor Actor de Reparto Tragedia: SIMÓN FERRERO, por «La tumba de Antígona» de María Zambrano
Mejor Actriz de Reparto Comedia: MARÍA ORDOÑEZ, por «El misantropo» de Menandro
Mejor escenografía: DAVID PIZARRO, por «La aroma de Roma» (musical) de Woody Aragón, Fernando Lancha y Santiago Lancha
Mejor utilización espacio escénico: AMAYA CORTAIRE/CRISTINA D. SILVEIRA, por «La tumba de Antígona»
Mejor iluminación: FRAN CORDERO, por «La tumba de Antígona» de María Zambrano
Mejor vestuario y caracterización: PIER PAOLO ÁLVARO, por «Safo» de María Folguera/Marta Pazos/Christina Rosenvinge
Mejor música y canciones: CRISTINA ROSENVINGE, por «Safo» de María Folguera/Marta Pazos/Christina Rosenvinge
Mejor coreografía: SONIA DORADO, por «La aroma de Roma» (musical) de Woody Aragón, Fernando Lancha y Santiago Lancha

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