Y no es coña | Carlos Gil

De grupo a compañía

Se está celebrando en Madrid un encuentro Internacional, TTT, en torno al Teatro de Grupo. En un principio estuve invitado a participar, incluso aparecía mi nombre en un avance del programa, después desaparecí del cartel, pero las nociones que fui acumulando, me ayudan a esta reflexión, ya que aunque no he asistido a ninguna de sus mesas redondas ni comunicaciones, sí he estado en alguna muestra y he podido chalar con algunos de los participantes, especialmente con Eugenio Barba que hoy lunes dará una Conferencia Magistral por la mañana y por la tarde cerrará esta edición, por lo que repasando el histórico español en todo lo que fue el alineamiento en este concepto, me da la sensación que se trata de una supuesta evolución alimentada por la transición política y la llegada de ayudas y subvenciones, renovación del parque de edificios dedicados la teatro y otras cuestiones las que convirtieron a muchos grupos en compañías que después algunas derivaron en productoras y en otras ocasiones se diluyeron en opciones personales de sus integrantes, en muchos casos accediendo a cargos políticos en la gestión, que llevaron a su desaparición o en quedarse con una marca, un nombre, probablemente la furgoneta durante un tiempo mientras se iban tomando las opciones que iban apareciendo al ritmo de la creación de las Comunidades Autónomas y a partir de ahí las Consejerías de Cultura y los presupuestos para producción , giras u otras fórmulas.
Mi cabeza recuerda el tiempo en el que el Grupo se podía parangonar a la familia o al partido. La fidelidad al grupo tenía rasgos sectarios y si algún miembro, por la razón que fuera, decidía tomar otra opción, es decir aceptar una oferta de otro grupo se consideraba alta traición y provoca rupturas de relaciones entre las dos entidades. Si estos formalismos nominativos los recuerdo con cierta melancolía, me cuesta encontrar funcionamientos internos que pudieran trascender en el tiempo dentro de los conceptos de Teatro de Grupo. En alguna ocasión se trataba de creaciones colectivas sui géneris, o simplemente unas estructuras jerarquizadas que tomaban decisiones consideradas formalmente democráticas, pero que siempre respondían a la iniciativa de un componente que acababa siendo el que sobresalía por encima del colectivo. Sí estaba muy claro la noción cooperativista de cobrar todos igual, aunque esto en muchos tramos de la historia era un simple eufemismo, ya que no se generaban ingresos para cobrar de una manera regular. Estoy hablando de los tiempos de la dictadura y de la transición, hasta que empezaron a existir en España, instancias e instituciones que procuraron presupuestos y acciones de normalización de la producción y la exhibición teatral.
Tras unos años convulsos, de asunción de muchos de esos grupos llamados independientes, una profesionalización más real, por razones de difícil recuerdo, la palabra Grupo empezó a quemar, era como una losa del pasado, una manera que se censuró de manera inconsciente, porque todos empezaron a ser compañías, y desde esa actitud emprendedora se empezó a entrar en una supuesta evolución neoliberal muy auspiciada por los gestores políticos, que acabó con el concepto, con la idea, y esa misma evolución llevó a ese tramo de nuestra historia reciente en el que la moda de los nuevos mercaderes fue llamar a las iniciativas culturales, empresas, y eso vició absolutamente todo, porque se empezó a usar el lenguaje del enemigo y se acabó reproduciendo las estructuras productivas del teatro empresarial, es decir el comercial, aunque con muchas salvedades, muchos filtros, muchas idas y venidas, cargadas de renuncias.
Pensando sobre esta realidad, que ahora mismo se puede visionar en diferentes módulos, se produjo un camino paralelo dentro de la gestión pública, empezaron a construirse teatros, a remodelarse otros y se creó una nueva categoría en la estructura: el programador. Es decir, el que tenía la chequera. El (los, las) determinaban de manera individual o colectiva, a quién se contrataba, a qué precio, todo ello con dinero público, es decir lo que era aparentemente un progreso, una situación de mejora, acabó condicionado todo el proceso. Antes, en la etapa de los grupos, se hacían giras a través de movimientos de base, sindicatos, agrupaciones vecinales, partidos políticos, centros culturales mixtos, pero llegó un momento en que todo eso desapareció y actualmente, solamente en las grandes capitales, con los teatros comerciales, las salas independiente y los musicales, se puede actuar fuera de lo público, aunque si el teatro o la sala es privado, siempre tiene ayudas públicas y muchos de los espectáculos que se presentan son producidos con ayudas o coproducciones públicas, es decir, de aquella independencia excitante, se ha pasado a una dependencia absoluta, a que todo sea “sistema”, de una manera u otra, y con honrosas excepciones, el sistema interno de producción es difícil emparentarlo con el Teatro de Grupo, debido a la existencia de una unidad o pareja que encabezan el proyecto en lo económico y lo artístico, y el esto, con suerte son colaboradores más o menos de larga duración, aunque insisto, hay núcleos de producción, compañías o colectivos , muy pocos, que todavía respiran dentro del ideario de lo que fue el grupo o sus sucedáneos coyunturales que iban. moldeando las nuevas situaciones de ayudas, subvenciones, circuitos y demás condicionantes.
Una de las cosas singulares de la realidad española es la fobia que los conversos de grupos a compañías desarrollaron contra las asociaciones culturales sin ánimo de lucro, de tal manera que se les señalaba como “aficionados” por el simple hecho de tener esta figura operativa, y se les acusaba de competencia desleal con falacias sobre los sueldos y las condiciones laborales o el IVA que era y es exactamente igual y lo único es que no había impuestos sobre las ganancias empresariales porque, de existir ese milagro de las ganancias, se revertían en producciones nuevas o estructuras y material técnico. En el entorno europeo, especialmente en Francia esta figura es lo más habitual, debido a ese sin ánimo de lucro que le hace poseedora para la sociedad y las instituciones de una declaración de principios que huye de la búsqueda de lucro de una sociedad, limitada o anónima, que es donde se han visto obligados a ir muchos grupos o compañías para poder acudir a las convocatorias oficiales de subvenciones y otras ayudas. Incluso en los bancos aceptan con mejores ojos, aunque con la misma mirada oblicua, una empresa que una asociación a la hora de conceder créditos.
Con todo ello, es bastante lógico entender que la creación artística, los contenidos, están condicionados por estos sistemas de producción, asunto que precisa de mucha más argumentación y que lo dejaremos para otra ocasión, porque me parece suficiente este ligero sobrevolar histórico para ver la necesidad de buscar protecciones especiales para quienes emprendan o desarrollen o converjan en recuperar el ideario del Teatro de Grupo.

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Un comentario

  1. UNA TRISTE REALIDAD «de aquella independencia excitante, se ha pasado a una dependencia absoluta» Somos mayores ya los que pensamos así, no la mayoría precisamente.

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