Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Dimitris Papaioannou y su dimensión de la belleza

Desde Aristóteles, por lo menos, hasta la actualidad, la belleza es una cualidad que nos afecta para bien. Sin embargo, tampoco falta, en nuestra tradición cultural, la versión opuesta. El gran poeta Rainer Maria Rilke, en las Elegías de Duino, cuela un verso en el que advierte que la belleza no es nada, sino el principio de lo terrible. Pero ya sabemos que los opuestos, por lo general, se tocan. La belleza ejerce una poderosa atracción y magnetismo, da placer. Pero también genera sufrimiento, porque nos captura, nos atrapa, nos roba el alma.

Dimitris Papaioannou, en sus obras, hace germinar sobre el escenario imágenes dinámicas perturbadoras y extremadamente bellas, con una raíz muy fuerte en la mitología griega y en toda su imaginería, que es la cuna de la civilización occidental.

Los días 3 y 4 de diciembre de 2021 pudimos ver en el Rivoli del Teatro Municipal do Porto, el estreno en Portugal, de Transverse Orientation, después de haber pasado por el XXXIX Festival de Otoño de Madrid, en los Teatros del Canal, y de camino para el Centro Cultural de Belem de Lisboa.

Transverse Orientation, igual que en sus piezas anteriores, vuelve a ofrecernos el lujo de ver un escenario que, todo él, experimenta diversas y sorprendentes transformaciones, convirtiéndose en una especie de gran marioneta animada por los portentosos bailarines y la bailarina. De esta manera, no solo actúan las personas sino también los objetos y dispositivos escénicos. Desde esa luz artificial, creada por el ser humano, que falla, que tiembla y que, a veces, apenas alumbra, en lo que podríamos considerar como una metáfora clara sobre el reducido conocimiento que conseguimos alcanzar, pese a nuestro afán por saberlo y comprenderlo todo.

La barra fluorescente que parpadea en la enorme pared blanca apaisada del foro, que marca el horizonte visual, es el foco del juego de los primeros cuadros de la pieza. La comunidad de figuras antropomórficas negras, con una esfera por cabeza, unos cuerpos alargados y una fisonomía entre el dibujo animado y la organización insectívora, casi como en una kafkiana fantasía, manejan escaleras de mano articuladas e intentan que la luz de la barra fluorescente no falle.

De la puerta pequeña, que está en el margen derecho de esa gran pared apaisada blanca, salen estos seres fantásticos, que se mueven con unos temblores y una coralidad semejante a la de una comunidad de insectos.

Por esa misma puerta entrarán y saldrán otros seres sorprendentes. Entre ellos, los bloques para la construcción de una muralla, que muta en torre, realizándose con el afanado trabajo de las hormigas humanas, que acaban casi por confundirse con los bloques. Una torre que, como las más altas, acabará por caer.

Además de la intensa emoción estética, provocada por la belleza de las imágenes que la acción escénica hace florecer sobre el escenario, también se origina, por veces una comicidad muy sutil y básica. Esto es, quizás, lo que más me ha fascinado de la última creación de Papaioannou, la mezcla de emoción estética refinada y de un humor sencillo e incluso enternecedor, derivado de lo que podríamos casi considerar como un extraño clown de las situaciones escénicas. Por ejemplo, los tropiezos y la flexibilidad de las figuras antropomórficas alargadas y negras de los primeros cuadros, su dispersión y agrupación, los desfiles y los apelotonamientos, así como la utilización de esas escaleras de mano articuladas, que acaban por convertirse en otro personaje. La construcción de la torre de bloques, con los bailarines y la bailarina, elegantemente vestidos de traje negro, confundiéndose entre los bloques, en un caos organizado o una organización caótica, que produce el efecto de que los propios humanos forman parte de ese muro-torre. La fuente con la escultura femenina en medio, en cuyos chorros de agua llenan sus copas los bailarines que se acercan a ella.

Frente a cuadros que concitan una contemplación más asombrada, de honda impresión, como el parto de una maternidad, que podría ser la figura alegórica de la Tierra. Los cuadros en los que un enorme y totémico toro domina el espacio, que nos recuerda, cabalgado por la bailarina desnuda, a la efigie de Europa. O el apoteósico final, cuando la superficie del escenario es desmontada por los seis bailarines y la bailarina, para convertirse en un paisaje marino de rocas y agua, en el que la luz incide de una manera que, acompañada del espacio sonoro, origina una estampa emocionante. Ese espacio para la contemplación y el relax, sumamente inspirador, que nos desconecta de todas las ansiedades, preocupaciones y conveniencias que han hecho del planeta un lugar estresado.

Papaioannou nos regala esa mirada asombrada y delectada del niño, de la niña, y esa emoción estética que hace temblar nuestra sensibilidad y expandirla hacia horizontes de bienestar.

P.S. – Otros artículos relacionados:

“Ver para creer. Dimitris Papaioannou The Great Tamer”, publicado el 1 de abril de 2018.

“La duración de las imágenes como acción en Dimitris Papaioannou”, (sobre Still Life) publicado el 21 de marzo de 2016.

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