Foro fugaz | Enrique Atonal

Ecos del Festival de Aviñón; de Pantallas y teatro

De acuerdo con las crónicas que nos llegan del Festival de Aviñón la pantalla y el video se han convertido en accesorios indispensables para las puestas en escena audaces. La tendencia no es nueva, pero se ha llegado a un paroxismo en esta edición del festival más importante de Francia. Grandes pantallas para crear un efecto de estadio con varias realidades que se entrecruzan en la escena.

El punto culminante de la tendencia llega con la puesta en escena de Los Malditos, adaptación de Ivo von Hove de la película clásica de Visconti. En el Patio de Honor del Palacio Papal los camarógrafos en escena y su proyección en pantalla y en directo forman parte del espectáculo, se convierten en el coro de la tragedia griega, pero en este caso un comentador mudo aunque no imparcial, pues la cámara participa en la tensión dramática de manera permanente y de alguna manera da su versión de la obra.

Ivo von Hove es un adepto de la cámara en el escenario. Recordamos con admiración su puesta en escena de la Tragedias Romanas de Shakespeare presentada en Aviñón en 2008 en donde los dramas se desarrollaban en un plató de televisión, tal como ocurre con los personajes políticos (hombres y mujeres) de nuestro tiempo. Ahí la pertinencia de las cámaras era indiscutible y su eficacia memorable, no eran un artilugio excesivo y efectista, los dramas ocurrían en los noticieros de una cadena de televisión, como podemos verlo actualmente.

En cambio en Los Malditos el teatro imita al cine (desde el guión de la obra), lo evoca, como si la escena por sí misma no bastara. La escena del Palacio Papal se convierte en un foro en donde la pantalla adquiere una resonancia por encima del juego escénico. Esto no quita valor a las excelentes actuaciones de los miembros de la Comedia Francesa y al trabajo de precisión poética de von Hove. Claro que es muy impactante ver agrandada la gestualidad de los actores, pero, por otro lado, convierten a los espectadores en receptores de una visión única, la del director, como en el cine. En Los Malditos la cámara tiene razón de ser sólo cuando filma a las víctimas encerradas en su ataúd y transmite la claustrofobia del entierro, así como cuando cubre la pantalla de multitudes, cuando en realidad sólo hay dos actores en escena, pero en otras ocasiones distrae de las actuaciones en vivo. Por lo demás recuerda a los videos en un concierto de rock en donde el espectador lejano puede seguir en close-up las peripecias de sus ídolos.

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Otro espectáculo que usa la video a fondo es 2666 adaptación de la novela de Roberto Bolaño por Julien Gosselin, en donde la imagen quiere mostrar la vertiente subjetiva de la última novela de Bolaño. Lo más sorprendente de esta aventura (además del video) es su duración: ¡doce horas! con cinco partes, como los capítulos del libro. Ante tal proeza poco puede decir la crítica, en ese lapso de tiempo, como en una larga jornada, podemos exaltarnos, aburrirnos, soñar y bostezar, todo en el mismo sitio. Pero al parecer Gosselin y su grupo de actores realizan un buen y estimulante trabajo en 2666.

Recordemos que el teatro de Lliure de Barcelona ya adaptó en 2007 esta ambiciosa novela póstuma, y en este 2016 también se presenta en escena con una compañía de la ciudad de Chicago, es decir que hay un atractivo especial por adaptar esta novela al teatro. Es en todo caso un trabajo de titanes.

Pero regresemos al uso de la video y la pantalla en el teatro. Hay una especie de delirio por la tecnología, por la facilidad de desdoblar la escena en la pantalla. La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿Es necesario? Parece como si el teatro lamentara sus tres dimensiones escénicas y quisiera completarlas por las dos dimensiones de la pantalla. Así como el cine quiere recuperar a toda costa la tercera dimensión (cosa que intenta sin mucho éxito), el teatro quiere hacerse cine. Es tan incomprensible como si en las salas cinematográficas apareciera de pronto el holograma de un actor recitando un monólogo interior del héroe de la película, pero frente al público. Tecnología que perturba sin ayudar a la mecánica dramática.

Opino que la única regla válida para el uso de la video en el teatro es su pertinencia y necesidad en la escena y en la acción. Lo demás, tal como se aprecia este año en las crónicas de Aviñón, es un artificio inútil que apantalla pero que no añade nada a la fuerza dramática de una obra.

Enrique Atonal, París 2016

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