El Hurgón | Germán Jaramillo

El despiste intelectual

Casi nunca, o nunca, a no ser que sea al amparo de un gran movimiento social, que es cuando las cosas y las situaciones pueden cambiar de lugar, es posible hacerles preguntas a quienes han tenido poder sobre los demás, porque una de las actitudes con las cuales se protege el poder es con la guarda de una distancia con quienes están bajo su jurisdicción o mando, y por eso a la intelectualidad, que es una de las más ancestrales formas de poder, nunca se le pregunta por qué hay un desacuerdo entre las halagüeñas promesas de sus discursos y la deficiente consecuencia de los mismos, pues casi siempre sucede lo contrario a lo vaticinado por ellos.

Uno de los grandes mitos sociales es la infalibilidad intelectual, y sucede porque el acceso al conocimiento no es algo equitativo y por lo cual quien logra leer y aprender un poco más que los otros se convierte en alguien mirado en sociedad con especial atención. Es decir, adquiere privilegios.

Es por lo anterior que el carácter de intelectual ha sido siempre sinónimo de poder cognitivo para resolver problemas, y por lo cual a los pronósticos o análisis de la intelectualidad nunca se les pone en duda, convirtiéndolos por ello en profesionales de la invulnerabilidad, porque nadie entiende lo que hacen, cómo lo hacen, ni para qué lo hacen, y a pesar de lo cual son imprescindibles porque forman parte de los decorados sociales del poder.

Aunque una de las supuestas tareas de la intelectualidad es promover análisis para explicar el desarrollo social, para ayudar a los no intelectuales, que somos la gran mayoría, a comprender el origen y el destino de los sucesos, para hacer que la sociedad avance con el menor número posible de sobresaltos, no es profano afirmar que la intelectualidad ha estado siempre despistada, porque la vida no parece estar haciendo tránsito por los caminos del desarrollo, la comprensión, la tolerancia y la sabiduría sugerido por tanto apoyo intelectual recibido durante los últimos años.

Si los intelectuales han influido tanto a través de sus ejercicios principales como son la crítica a la política, al arte, a la educación; en fin, si la intelectualidad ha sido, como se ha creído siempre una fuerza opositora a los factores generadores de subdesarrollo y de errores institucionales, podemos deducir, por los resultados, que ésta siempre ha estado despistada, y que su capacidad de lucha ha sido notable solo porque siempre ha estado disfrazada por la ampulosidad del discurso.

Aunque la época por la cual atravesamos es la menos habilitada para hacer preguntas, pues esa es una de las consecuencias del despiste de la intelectualidad, haber permitido la supresión de la duda, no debemos por ello prescindir de hacer aquellas cuya respuesta es obligatoria para quienes han fungido como depositarios de la sabiduría y el entendimiento supremo.

Cada vez la vida está más automatizada, y esa es sin duda una responsabilidad cuyo peso debe caer sobre los hombros de la intelectualidad, por haberse dedicado solo a difundir el discurso de los riesgos y no haber hecho nada por crear los mecanismos para detenerlos.

Son muchas las preguntas que debemos hacerle a la intelectualidad, no porque sea la única responsable de que la vida se comporte como una farsa, sino porque es la única institución social no puesta en evidencia debido a su gran capacidad discursiva para ocultar sus opiniones y sus actos. Estamos seguros de que sus respuestas serán ten desorientadoras como las propuestas que hace, pero al menos sentamos el precedente de que los tiempos empiezan a ser propicios para comenzar a hacer preguntas.

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