Críticas de espectáculos

El dilema

La obra “Las manos sucias” de Jean Paul Sartre se presenta en el Teatro san Martín de Buenos Aires dentro del ciclo Modos Híbridos, un abordaje de espectáculos que estaban programados antes de la pandemia y no llegaron a causa de la misma.
“Las manos sucias” es una obra de Jean Paul Sartre estrenada el 2 de abril de 1947 en el Théâtre Antoine de París, esboza la eterna discusión o “dilema” que constituye en la elección entre el respeto de los principios morales y el cumplimiento de los objetivos políticos. Este dilema, de acuerdo a la nomenclatura aceptada por la mayoría de los filósofos morales, correspondería precisamente a un “dilema moral”, entre el idealismo político y la praxis, el luchar por los grandes ideales o hacer lo que es útil al sistema.
En esta pieza Sartre se plantea una meditación profunda sobre una época de la historia (la inescrupulosidad del stalinismo) y la idea misma de la humanidad. Expone la abstracción filosófica del individuo, con sus virtudes y defectos, en el cual los personajes no son modificados por la realidad o las circunstancias, sino por sus propios intereses. Premonitorio o no Sartre en esta obra anticipa la caída del comunismo 42 años antes, debido a las mismas disputas dentro del partido y el problema económico que hacía insostenible al régimen.
Los principales temas que trata la pieza son: crimen, traición, corrupción, política, ideales, moralidad, ambigüedad, poder político, lo políticamente correcto y la acción política. Él proyecta a la manera de Aristóteles una “dunamis” (cuando el poder está conectado a la dinamita) que cuando explota afecta a todo lo que se encuentra a su alrededor.
El filósofo y escritor francés Jean-Paul Sartre, que rechazó el premio Nobel de Literatura en 1964, pone en escena el conflicto entre un dirigente revolucionario y su oponente otro dirigente de mayor peso político, pero además entre éste y su secretario, que tienen visiones opuestas sobre los principios que deben regir la ética política. El secretario había estado preso y una vez en libertad debía cumplir con la misión de asesinar al revolucionario disidente. Para ello lo instalan con su novia en la casa del supuesto creador del proyecto de pactar contra el gobierno de Philippe Pétain instalado en el balneario termal de Vichy. Francia estaba dividida en dos: la del norte ocupada por los alemanes y la del sur por la resistencia.

La acción se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial en un país imaginario llamado Illyrie, ocupado por tropas nazis. Allí, el dirigente revolucionario considera conveniente hacer una alianza con sectores nacionalistas de derecha y monárquicos con el propósito de acortar el conflicto y salvar vidas de aquellos que resisten la ocupación. En cambio el secretario, un joven burgués e idealista de 21 años cree, como su jefe instigador, que promover ese acuerdo equivale a traicionar la pureza revolucionaria del partido, que en su opinión debe mantener sus principios por encima de cualquier conveniencia circunstancial.
En realidad la obra es un espejo de lo que sucedía en Francia en la Segunda Guerra Mundial, un gatopardismo en su máxima expresión. Tras la invasión de Francia por parte de la Wehrmacht y el consiguiente derrumbe del Ejército francés en junio de 1940. El mariscal Philippe Pétain asume el poder y junto con el “poder invisible” que lo acompañaba solicitando un armisticio a Alemania, con el otorgamiento de «plenos poderes gubernamentales» para celebrar un armisticio bajo la velada amenaza de que, de no hacerlo, Francia se arriesgaba a unas condiciones de paz mucho más duras con el triunfante III Reich.
La puesta de Eva Halac no sólo rescata un texto altamente comprometido con la libertad del individuo de elegir mancharse las manos de sangre o no, sino también una realidad que a pesar del tiempo parece no haber cambiado. Es comprensible que sea este último aspecto, el salto, lo inesperado, lo discontinuo, el lugar por el cual se acuña la potencia creadora de la imaginación de la directora…
Y es exactamente este mismo aspecto -los saltos, las rupturas, las discontinuidades- lo que le da valor a su puesta. Sobre un escenario dividido en varios planos, reflejando una realidad múltiple, sitúa a sus personajes que van desde el imaginario social a lo personal. La idea de que existirían “sedes” de ocultamiento o “bulos” que se extenderían en un campo englobador, todo el escenario, que incluiría los contactos y las interacciones entre los campos particulares, pero sin ser reducibles a ellos.
La monumental escenografía y vestuario de Micaela Sleigh, gracias a un apoyo visual de Juan Pablo Galimberti, ejecutado con excelencia, refleja el hall del Teatro San Martín, con sus pilares, escaleras, barandas y elevadores, en donde se muestran colgados, sobre unas columnas laterales, pero casi escondidos los retratos de Marx, Trotsky y Sartre, como presidiendo una reunión de fantasmas. Al tomar todo el espacio escénico de la sala Casacuberta, tan exorbitante puede jugar con diferentes áreas especialmente las más pequeñas que permiten dar una intimidad especial a los personajes, y desde allí manejar la ironía, la intriga, el suspenso, y hasta un sutil coqueteo entre víctima y victimario. La puesta de sonido de Gustavo García Mendy confiere a la puesta una nota de suspenso ad hoc..
Esa especie de Stoa o pórtico (del griego στοά,) que reemplazaba a las ágoras por estar cubiertas y donde se podían hacer las reuniones sociales para estar protegidos los participantes del sol o la lluvia, refleja también el contra plano de la mirada de Eva Halac con respecto a la obra, con telones que suben o bajan, con una iluminación de Miguel Solowei ajustada y precisa que por momentos se apoya en la penumbra, poniendo el foco sobre determinados textos que reivindican el rol de la mujer, especialmente la militante, o el pensamiento del ingenuo secretario.
A semejanza de Sartre, Eva Halac con su puesta de fraccionar los espacios también jerarquiza un espejo de lo que sucede en el planeta, ya que en la actualidad sólo es posible encontrar un mundo dislocado, fracturado y enfrentado a partir del odio y la corrupción.
Con gran acierto Eva Halac desdobla a los protagonistas: Guido Botto Fiora interpreta a Hugo en el pasado, Ramiro Delgado lo hace el presente y en uno de esos momentos de intimidad los dos se interpelan y se plantean el rol que juegan en esa disputa entre jerarcas.
El resto del elenco compuesto por Daniel Hendler, Florencia Torrente, María Zubiri, Ariel Peréz de María, Guillermo Aragonés, Nelson Rueda, Juan Pablo Galimberti, cada uno desde su puesto como buenos soldados del teatro dieron brillo a sus personajes.
Mención aparte por su vis cómica merecen destacarse Andrés Gravaen y Diego Fernández, los dos guardaespaldas, que logran distender a la platea de tanta tensión en el thriller político al que se enfrenta el espectador.
Con “Las manos sucias” Eva Halac pone tanto al espectador como a los personajes en una situación límite, hacia un límite que se teme rebasar entre la vesania o locura y la razón, entre los vivos y un muerto. El menor movimiento prepara una catástrofe, los pensamientos incoherentes preparan el caos. Edgar Alan Poe dice “Este cosmos no es real” y Halac nos cuenta lo mismo con sus imágenes en que enfrenta al Hombre y el Mundo, al hombre en su mundo, ambos están muy próximos a una comunidad de peligros. Todo eso se ve, se preentiende en las iconografías subterráneas de la puesta.

Beatriz Iacoviello

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