Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

El espectador manda

Tengo cada vez más certeza de que el teatro es un espacio mágico, sin duda, un espacio para la transformación. Y no me refiero a la evidente metamorfosis que un intérprete sufre cuando se viste de personaje, sino a la sacudida emocional que golpea a un espectador en su butaca. Es por esto que el teatro puede ser estudiado desde múltiples perspectivas en su generación: técnicas actorales, estilos dramatúrgicos, dramaturgias de escena, tendencias escenográficas y diseños de luz, por decir algunos, pero no debe olvidarse la realidad de la que poco se habla: nada existe sin el espectador.

 

Al igual que a un actor se le tiene que posicionar en el centro de un proceso creativo sobre el que dirección y demás equipo artístico pivota, a un espectador debería posicionárselo en el mismo centro del proceso teatral, ya que es él quien habilita la comunicación bidireccional propuesta desde la escena mediante la activación de sus canales cognitivos y emotivos. Y es por esto, que cualquier ángulo desde el que se estudie la creación de un espectáculo, debería tener en cuenta al receptor del mismo.

Las neurociencias usan de teorías válidas para analizar estos escenarios híbridos cognición, emoción, este cruce de disciplinas científica y artística, en un intento de entender esa magia que en ocasiones rodea al patio de butacas. Hay quien prefiere obviarlo y busca sencillamente disfrutar de esas sacudidas que, como si fueran descargas eléctricas, revuelven el interior y transforman al espectador, pero no se olvide el lector de que estos estados se consiguen solo construyéndolos. La mejor experiencia receptiva será aquella en la que el receptor participe activamente en un proceso, por lo que no tener en cuenta al espectador en la fase de creación de un espectáculo, puede conducir a mostrar en vez de a compartir, a ejercicios endogámicos, a levantar barreras reales entre la escena y el patio de butacas detrás de la que los egos campan a sus anchas, donde la magia escasea y una invitación a compartir y transformar se limita a un mostrar y callar.

¿Y cómo ayudan las neurociencias a integrar al espectador en la creación? Pensando en él y en su percepción. Solo un espectador activo, será el catalizador y último eslabón de un proceso creativo. De las neurociencias aprendemos que la percepción de un receptor es acción que volcada en la comunicación teatral hace que esta sea necesariamente bidireccional con una dinámica modal hacer–hacer habilitada por un perceptor al que puede llamarse espectador–intérprete. Este, responde al hacer escénico con su hacer como espectador mediante la activación de sus recursos fisiológicos, en concreto de su sistema nervioso. En este hacer del espectador se inhibe la parte motora que lógicamente se activa en el actor, pero su activación neuronal traducida en atención y emoción, es una acción medible en términos de tiempo e intensidad. Ese hacer receptivo es el que hay que tener en cuenta al crear.

Claro, dicho así, hay poca magia, pero no hay que olvidar que los mejores magos son los que saben qué quiere ver el público y no los que hacen trucos que se les da bien. Saber qué quiere el público implica estudiarlo, estudiar su habilitación para que exista esa comunicación bidireccional, y esa fue precisamente la premisa de una semiótica teatral presentada en la década de los ochenta del siglo pasado por el gran De Marinis, que defiende la comunicación y el estudio de la recepción frente al propio lenguaje. Sin mencionarlo explícitamente, en su discurso, este teatrólogo trata temas que pertenecen a las neurociencias, y como él, tantos otros. Mención especial merece en este sentido el estudioso polaco Tadeusz Kowzan quien en su ensayo El signo en el Teatro, introduce una semiología del arte del teatro donde se apunta a un inicio del cambio del objeto de análisis semiótico hacia un entorno de relación comunicacional. Como él, nombres como Patrice Pavis, André Helbó o Hans-Thies Lehmann ayudan a entender que la generación de la magia transformadora teatral pasa por asumir que el espectador tiene que estar presente en la mente de quien geste, materialice y dirija una creación. Y es que el espectador manda.

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