Velaí! Voici! | Afonso Becerra

El Rey se Muere cuando los personajes no tapan a las personas. Sarabela y Ana Vallés

O Rei Morre (El rey se muere) en una fiesta escénica en la que la muerte no es un asunto doloroso y oscuro, sino luminoso y vital.

Sarabela Teatro (Ourense), la compañía que dirige Ánxeles Cuña Bóveda desde hace treinta años, nos invita a este sepelio real, gozoso, de O Rei Morre. Una fiesta orquestada, desde la dramaturgia y la dirección, por Ana Vallés.

La escenografía de José Manuel Faro “Coti” acentúa el escenario con un telón de terciopelo rojo en el foro, un trono sobre el damero del suelo, un trono que es un sofá individual acolchado, del mismo rojo vivo que la sangre fresca, igual que el telón de fondo. Esta concepción escenográfica no camufla el escenario sino que lo pone en evidencia exaltándolo como lugar de operaciones artísticas.

Un lugar abierto a una fantasía que se conecte con esas ansias de libertad y ruptura de protocolos que reinan en una fiesta. La fiesta en la que el rey es un comediante que des-construye al rey, sin saña ni afán de venganza. Porque para poner un auténtico punto final a los privilegios de la aristocracia, para desmontar la pirámide del poder que nos manipula desde el miedo, Ana Vallés no paga con la misma moneda. No hay ira, no hay resquemor, hay un acompañamiento de esa figura alegórica del rey hasta las puertas de su necesaria disolución.

O Rei Morre de Sarabela Teatro le otorga la misma importancia a las acciones verbales que a las acciones corporales, al baile, a las canciones, y a las ocurrentes y bellas composiciones plásticas y visuales de las diferentes secuencias.

Esta versión libre, a partir del texto original de Eugène Ionesco Le Roi se Meurt, nos ofrece una perspectiva nueva dentro de la tradición que arranca con el  Ubu Roi de Alfred Jarry. Sarabela nos presenta una versión próxima a la sensibilidad actual. Próxima porque las actrices y los actores lucen esa sensibilidad, encima del escenario, implicada en el momento sociopolítico que estamos viviendo. No representan personajes escritos en 1962 por Eugène Ionesco, están las actrices y los actores, personas que podrían formar parte del público que está en la grada, y su juego con los personajes.

O Rei Morre conjuga la elegancia plástica y visual de los cuadros que componen la pieza, con malicia y picardía, pero, sobre todo, con una desbordante simpatía.
Fernando Dacosta, Nate Borrajo, Fina Calleja, Sabela Gago y Alfonso Míguez aparecen como actrices y actores en situación de juego, sin camuflarse de manera totalitaria bajo el diseño de unos personajes preestablecidos. Las actrices y los actores están muy presentes y alternan sus actitudes y pareceres personales con el simulacro de los personajes principales de la fábula de Ionesco. Esta duplicidad, que, en realidad, se asienta en las personas que están en escena jugando, se efectúa desde una metateatralidad que reduce distancias, que funde cuartas paredes, que se pega a los cuerpos y a sus magníficas habilidades.

Ana Vallés huye del “teatro convencional” que pretende disimular el fingimiento para hacer realista la representación de una historia y de unos personajes. Ana Vallés ha querido trabajar desde las propias actrices y actores, desde el material humano real, porque, da la impresión, de que para Vallés no hay mayor creación que aquella que se encuentra entre nosotras/os: las personas y nuestras peculiaridades intrínsecas, nuestras actitudes, nuestras aptitudes, nuestros sueños y afanes. Así pues, Ana Vallés no parece haber trabajado su dramaturgia de Le Roi se Meurt desde los personajes y los diálogos escritos por Ionesco, sino desde Fernando Dacosta, Nate Borrajo, Fina Calleja, Sabela Gago, Alfonso Míguez y ella misma, con su mirada y su diálogo con el equipo. Personas que están muy presentes y que sacan su arsenal expresivo, sus preferencias, sus habilidades, sus gracias… para jugar con Le Roi se Meurt. Como si la obra de Ionesco fuese un desencadenante para afirmar su amor por el juego teatral y para conectarse con el momento actual y social desde la metáfora, desde los guiños lúdicos.

Se nota que la dramaturga y directora ha explorado cuáles son las calidades con las que cada actriz y cada actor nos podían obsequiar. La paleta de colores para ir pintando los cuadros de O Rei Morre. Por eso, a cada paso, nos encontramos con un regalo, porque las cualidades, cuando son tratadas desde lo real escénico y no desde la fabricación previa ad hoc, llevan consigo la temperatura de lo auténtico, guardan la energía y la actitud que se ha ido fraguando durante años. Me estoy refiriendo a trabajar directamente a partir de las cualidades intrínsecas de la actriz y el actor, desde sus estar más presente que nunca, en vez de trabajar desde un constructo prediseñado e interiorizado a través de los ensayos. Me estoy refiriendo a actuar sin que el personaje tape o haga desaparecer a la persona de la actriz o del actor. Cuando se procede de esta manera, según mi experiencia, las cualidades personales, potenciadas por el juego escénico, tienden a reforzar una empatía que no es enajenante sino revitalizante y, a la vez, crítica.

Cuando se procede de esta manera, partiendo directamente de las cualidades intrínsecas de las personas que están en el escenario, entonces esas cualidades del movimiento singular, de la voz, de la mirada, de las actitudes, de la quietud, del silencio… despiertan nuestra apreciación sensorial y activan una especie de sinestesia: es como si pudiésemos saborear, tocar, mirar directamente a los ojos… de esas actrices y actores.

En O Rei Morre cada quien nos ofrece aquello en lo que puede proyectar y amplificar su singularidad como artista: la mirada mágica y la delicada figura de Nate Borrajo; la desenvoltura sensual de Fina Calleja y su especial vis cómica; la elegancia camaleónica en el baile y en el simulacro de reina y de doctor de Sabela Gago; la sobriedad contrapuntística de Alfonso Míguez, que lleva y trae, que manipula cuerpos y objetos; y esa ductilidad de Fernando Dacosta que, sin dejar al actor comprometido social y artísticamente, actúa un rey que, ora es dócil y manso, ora loco y, fuera de clichés, déspota. La citación que hace de Adolf Hitler, en un cuadro, y de Francisco Franco patas arriba, en otro cuadro, son solo dos de los muchos momentos divertidos e impactantes de esta pieza.

Que el rey se muera nos alegra. Y eso sin necesidad de situarlo como al malo malísimo. Eso sin necesidad de recurrir a estilemas del grotesco mil veces vistos y transitados en los escenarios.

Aquí el rey se muere porque nadie lo mata, porque se muere el solo cuando la enfermedad larvaria se lo lleva. Pero, no, nada de dramas, nada de destino trágico ni de determinismo. Del mismo modo que Fernando Dacosta, simulando al Rey, nos habla de su gatito mientras acaricia a un perro de peluche, del mismo modo que el Rey nos da gato por liebre, del mismo modo la enfermedad no se ve ni se siente, pero está ahí.

El final es otra imagen preciosa, de entre las que han ido componiendo esta pieza, con una muerte que es un irse, como un niño que retoza despreocupado, de espaldas al mundo de los vivos, de espaldas a la grada del público, para desaparecer acogido por las cortinas de terciopelo rojo que abre el viento, hinchándolas como las velas de un navío que va a emprender viaje.

Aquí el rey se muere en un juguete cómico de factura visual deliciosa, en un juguete cómico que no es inocuo.

Aquí O Rei Morre porque la república independiente de los escenarios teatrales no quiere someterse a las jerarquías de la historia, no quiere que haya un protagonista ni una cabeza hegemónica. Velahí la horizontalidad y la des-jerarquización posdramática. Una actitud de creación teatral que parece más republicana que monárquica o aristocrática, pues en ella no prima la palabra del dramaturgo, como libro sagrado o constitución reglamentaria, ni reina la sabiduría de un director que sea como un déspota ilustrado o un demiurgo que crea el mundo. En la horizontalidad y la des-jerarquización de las acciones escénicas, en la afirmación de las cualidades intrínsecas de las personas que actúan, desde sus actitudes y energías, la dramaturgia y la dirección organiza y acompaña, estimula y orquesta ese espacio de encuentro y creación, para que surja la fiesta del teatro. Y no hay fiesta si se mantienen los privilegios y el poder de uno (la figura alegórica del rey) sobre las otras y los otros.

 

 

Mostrar más

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba