Foro fugaz | Enrique Atonal

El teatro como espacio de libertad (en la cárcel)

«La libertad del hombre no es como la libertad de los pájaros. La libertad de los pájaros se satisface en el vaivén de una rama; la libertad del hombre se cumple en su conciencia».

Canek, Ermilio Abreu Gómez

«…el delito mayor del hombre es haber nacido…». 

La vida es sueño, Calderón de la Barca

Entre los espacios de libertad más efectivos encontramos a la actividad teatral. Primero porque no hay mayor libertad que interpretar a otros sin dejar de ser uno mismo. Encarnar las palabras ajenas con la propia voz. Sublimar los temores, ambiciones, pulsiones personales, a través de la actuación. Subirse al vaivén de ideas y emociones propias y ajenas. El teatro es una puerta para salir de uno mismo, y regresar transformado.

Por eso es tan importante el teatro en la escuela, el espectáculo de aficionados en un barrio o el teatro en el medio carcelario. 

La revista Paso de Gato dedicó un número especial a la práctica del teatro en la cárcel (No 67). Ahí se concluía que la actividad teatral es un efectivo medio de reinserción, no sin graves problemas y dificultades, pero al fin de cuentas una posibilidad de reencuentro y libertad. Como se constata en ese número, tratar de hacer teatro con detenidos no es una tarea fácil: están las limitaciones propias del medio carcelario y las dificultades del trabajo con actores aficionados cuyos intereses pueden ser contradictorios. Suena romántico, pero la realidad es ardua.  

Aquí en Francia uno de los dramaturgos más conocidos y premiados, Joel Pommerat, se ha lanzado en una experiencia de teatro en medios carcelarios. La pasión que Pommerat ha puesto en esta empresa es ejemplar. El autor que ha ganados varios Premios Molière por sus obras y que en París presenta temporadas con salas a tope, empezó a trabajar con presos desde 2014 en los centro penitenciario de Arles por invitación de su directora. Y los resultados son excepcionales: Pommerat ha logrado realizar tres obras inquietantes y afortunadas basadas en las vivencias de los actores, con participación de actores de su propia compañía.  

El último capitulo de esta aventura es la obra Amores (2), variaciones sobre el conflicto amoroso, desentrañado en un espacio reducido a 40 espectadores sentados como cófrades en cualquier lugar, menos una escena de teatro. Experiencia de teatro crudo, desprovisto de oropel, teatro de vivencias, vísceras y silencios. Los textos son escenas de diferentes obras de Joel Pommerat, pero interpretados por tres ex presidiarios y tres actores más antiguos su grupo, la compañía ‘Louis Bruillard’.  

Se distingue entre estos presos liberados Jean Ruimi, figura del hampa marsellesa que se ha convertido en actor desde la prisión, gracias a Joel Pommerat. “Ojos Azules”, así apodaban a Ruimi entre los mafiosos del sur de Francia, pone sus vivencias al servicio de personajes resquebrajados por el amor. El encuentro entre Ruimi y Pommerat recuerda el encuentro entre el reo de Saint Quintín, Rick Cluchey y Samuel Beckett. Nos dicen las crónicas que la actuación de Ruimi es inquietante, apoyada por la profundidad de su mirada y la experiencia de su voz. Detallan los cronistas (nosotros no hemos visto Amores 2) que ante ese espacio reducido se establece una complicidad turbadora entre público y actores. 

No se llega a esta depuración escénica por accidente. En una entrevista publicada en Le Figaro, Pommerat cuenta que después de tres obras muy ambiciosas desde el punto de vista escenográfico, llegó a la conclusión de que «para seguir trabajando en un medio carcelario era necesaria una sencillez escénica». 

Yo personalmente sospecho en la necesidad de rescatar las experiencias de los tres ex presidiarios y presentarlas al público sin la defensa de la separación escénica, foro, luces, decorados, vestuario. Asumir el riesgo total de entrar a la arena en el mismo nivel que la audiencia. Riesgo compartido entre actores y público. Presentarse como otro gladiador y padecer los temores del desafío sin defensas. Él mismo lo aclara más adelante en la misma entrevista: 

«Lo esencial es conservar la intimidad: hacer teatro para pocos espectadores, para avanzar lo más lejos posible en la proximidad».

Pero regresemos al ejercicio teatral en la prisión como fórmula para rescatar a su propio personaje. Actuar es ser otro sin dejar de ser uno mismo: encarnar a otro es liberarse, ya sea en una reclusión escolar o punitiva. El teatro tiene siempre un «camino de la flor» que lleva a otras dimensiones sin alejarse de la escena central, la vida. 

París, enero de 2022

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