Velaí! Voici! | Afonso Becerra

El título más allá de la titulitis

Comenzamos el año revalorizadas. Valer valemos lo mismo, pero si nos queremos un poco más también valdremos más, ¿no? El sábado 1 de enero de 2022, el Boletín Oficial del Estado inauguró el año nuevo publicando la Resolución del 23 de diciembre de la Secretaría General de Universidades, sobre un Acuerdo del Consejo de Ministros del 7 de diciembre, por el que se determina que el Título Superior de Arte Dramático, en todas sus especialidades, se corresponde con el nivel 3, Máster, del Marco Español de Cualificaciones para la Educación Superior, que, a su vez, se corresponde con el nivel 7 del Marco Europeo de Cualificaciones. En otras palabras, las personas que tenemos el Título Superior de Arte Dramático, en cualquiera de sus especialidades, tenemos, a partir de ahora un título de Grado (antes llamado Licenciatura) y de Máster. En otras palabras, la titulación de cuatro años que, en Galicia, por ejemplo, expide la Escola Superior de Arte Dramática es una titulación de Grado y Máster con validez, desde ahora, en toda Europa.

Los estudios superiores de Arte Dramático son eminentemente vocacionales. Nadie se pone a estudiar esto en busca de un título. Nadie hace las pruebas de acceso y se implica en estos estudios por la conveniencia del título. Así pues, la “titulitis” no suele ser una patología típica de la gente del teatro y de las artes escénicas en general. La pasión y el amor por la investigación artística, connatural a la creación, suele ser la condición sine qua non.

Sin embargo, la dignificación, prestigio y legitimación del reconocimiento del título es importante. En una sociedad democrática y justa debiera ser tan valorada la formación, regulada y pública, en medicina como en arte dramático.

No se trata de contribuir a la pugna de la meritocracia, pero sí a la justa valoración de quien apuesta por formarse en un ámbito laboral y artístico, como es el caso.

Llevo diez y siete años de profesor en la ESAD de Galicia, desde que abrió sus puertas en septiembre de 2005. En las pruebas de acceso, cada cierto tempo, aparece alguna persona que concurre después de haber hecho otras carreras universitarias, como medicina, veterinaria, periodismo, arquitectura, matemáticas, historia, filología, etc. En la entrevista de las pruebas de acceso, esas personas, suelen comentar que primero hicieron otra carrera, generalmente por la presión de la familia, que les pedían que estudiasen algo serio, algo con una titulación reconocida y, a poder ser, con salidas. La familia acostumbra a ser un reflejo de la sociedad. Y, una vez que ya tuviesen una carrera seria y reconocida, entonces ya tenían el salvoconducto para, por fin, poder estudiar y formarse en lo que, realmente, les gustaba más, el teatro.

En Arte Dramático, a día de hoy, aún continúa sucediendo esto. Supongo que en danza y música también acontecerá algo semejante, aunque en la danza y en la música es necesario empezar muy temprano y eso ya va condicionando el recorrido académico.

Quizás, a partir de ahora, con el nivel de Grado y Máster de nuestro título, la perspectiva social comienza a cambiar.

No obstante, la relativización o capitulación de la “titulitis”, y las conveniencias a ella asociadas, ya viene menguando, en la misma medida que el propio mercado se convulsiona por las recesiones y en la medida que aumenta masivamente el número de personas con titulaciones superiores.

Las crisis siempre menoscaban o ponen en cuestión, un poco, el status quo y algunos rangos de privilegio.

En mi opinión, una de las pocas cosas buenas, por no decir la única, que le debemos a la crisis económica de finales de la primera década de este siglo, fue aquello de que ciertas carreras y ciertos títulos garantizaban el empleo, o sea, el ranking de las carreras con más salida en el mercado laboral.

La crisis financiera de 2008 vino a demostrar lo justo, lo que siempre le digo a mi alumnado: no son los títulos o las carreras las que tienen salidas, sino las personas, su empeño, su implicación, su apuesta por el conocimiento y por la mejora. Y creo firmemente que trabajar en las aulas desde estos valores básicos de compromiso, implicación, pasión, ilusión, sensatez, constancia, autocrítica, colaboración y esfuerzo, sí, esfuerzo también, en el sentido positivo, da resultados felices para las personas y para la sociedad en la que participan activamente. Puedo comprobarlo en muchos casos que me llenan de alegría, pese al adverso panorama gallego, en el que mucho alumnado que acabó brillantemente sus estudios está trabajando, de un modo o de otro, en el ámbito de las artes escénicas y ofreciéndonos frutos que ya forman parte de la historia reciente de nuestro teatro.

Así que, más allá de la “titulitis” vacua, es de justicia que el Título Superior de Arte Dramático se ponga a la altura de una formación exigente y altamente comprometida y que no sea un lastre para las personas que apuestan por ella.

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