Y no es coña | Carlos Gil

En un estado tardío de reconocimiento

En Miami crecen los rascacielos a una velocidad inusitada. La población se incrementa a un ritmo difícil de controlar. Es una ciudad vibrante con mucho trasiego de automóviles de marcas y modelos exuberantes. En obras sus vías, sin apenas ya terrenos baldíos en el centro de la ciudad y sus aledaños, en el mes de julio una de las convocatorias culturales más importante es el Festival Internacional de Teatro Hispano, que ha celebrado nada menos que su trigésima sexta edición.
En esta ocasión hemos podido ver la última producción del grupo titular Teatro Avante, que es a su vez el organizador del evento. Es una tradición que la última semana se presente la obra elegida por el elenco. Y lleva varios años que las obas parten de textos escritos por Abel González Melo. En esta ocasión ha sido una comedia, “Mejor me callo”, que como siempre, con la dirección de Mario Ernesto Sánchez y sus actores, se han enfrentado a un público fiel que, al comprobar la edad y los vínculos, deducimos que se trata de personas que han ido siguiendo la evolución del Festival y de la compañía.
Este año coincidió en fechas con la presentación en Miami, en otro teatro la obra “Kisses through the glass”, escrita y dirigida por Nilo Cruz, una delicada pieza con precisión de relojería en su desarrollo dramático que vimos con traducción simultánea, asunto que hacía muchos años que no frecuentábamos, porque parece se ha optado de manera decidida por la sobretitulación. Esta obra no formaba parte de la programación del festival, pero los invitados tuvimos trato de favor para poder presenciarla. Y elegimos bien el día, porque las actuaciones siguientes se suspendieron por indisposición de la actriz.
Lo que sí comprobamos es que con parte del público coincidimos en ambas obras, por lo que se intuye de la existencia de un público que responde a los impulsos de las creaciones de los latinos, aunque en esta ocasión Nilo Cruz, se presentara en inglés. Y en esa coincidencia general, volvimos a tener la extraña sensación de que el teatro sigue siendo un hábito cultural para personas de una edad avanzada, que parece muy difícil la renovación de los públicos con nuevas generaciones, lo que nos hace entrar, una vez más, en ese proceso de pensamiento lento, que nos lleva a lugares de difícil retorno. Entre el desasosiego y la indulgencia plenaria
Tenemos la suerte de visitar países diferentes, experiencias contradictorias. En Cerdeña, en su centro geográfico, en un festival realmente especial, al aire libre, en lugares historiados, muros que se datan en el neolítico, en noches agradables, con un número limitado de espectadores, las circunstancias hacían que hubiera más variedad en la edad, pero tendiendo a las canas. En Almada, en Portugal, en ciertas obras, se nota que existe una franja de asiduos que ronda la cuarentena, pero el grueso son los más veteranos, los que han seguido la evolución de su festival desde los inicios y se nota alguna presencia de otros más jóvenes, insisto, en propuestas más propicias a sus intereses estéticos.
Mi asiduidad madrileña lo constata. Es bien cierto que, en las salas independientes, se mezcla, quizás sea más difícil encontrar jubilados, pero son personas sobre la cuarentena, más los amigos de los que hacen las obras, que ahí sí que se encuentra una juventud formada para la ejecución de textos y propuestas más contemporáneas, en el sentido de ser menos convencionales en sus formas. En los teatros más institucionales, sigue la tendencia de personas que pintan canas o se las tiñen. Y es un tipo de público al que habrá que honrar de manera directa. Probablemente sean aquellos que su migración a lo digital se ha quedado circunscrito a las comunicaciones telefónicas y no usan su pantalla pequeña para ver series u otras narraciones audiovisuales.
En Argentina he tenido dos experiencias fehacientes contradictorias, pero con datos esperanzadores. En Córdoba, con la tendencia al público cuarentón, en Buenos Aires, en su Festival donde muchos espectáculos eran gratuitos por una decisión política y se debía utilizar una plataforma digital para apuntarse, la juventud, en algunas propuestas era, felizmente, lo mayoritario.
Escribo estas borrosas nociones por pura intuición, porque no soy capaz de entender los mensajes vacíos de algunos supuestos expertos que no acaban de encontrar una manera eficaz de renovar la clientela cultural y teatral. No es una batalla perdida, es un batalla no emprendida. Hay que volver a estudiar con detenimiento las obras que se programan, sus formas y contenidos, la manera de comunicarse con la sociedad para darlas a conocer, los espacios donde se realizan, la conexión con la escuela, el instituto y la universidad; los públicos rurales, las movilizaciones urbanas de localidades con gran concentración demográfica y su segmentación y casi imposibilidad de acceder a lo cotidiano oficial. Existen trabas de orden social. No sólo económicas probablemente porque hay acciones en locales de barrios de entrada gratuita, pero esto puede ser considerado un síntoma de esa discriminación subjetiva.
Esta sociedad está cambiando, los gustos de ocio y entrenamiento son tan dispares y al alcance de todos desde otros medios, que debemos entrar en un estado tardío de reconocimiento de lo hecho, de los que se ha solidificado y poner las energías, los objetivos, los planes, las acciones para regenerar todo el entramado. Y para quedar como un retórico diré, una vez más, que lo único imprescindible para que se de el hecho teatral es una actriz, con una propuesta artística, presentada en un espacio adecuado y una espectadora que lo disfrute. Todo lo demás es circunstancial.
Empecemos a pensar en los públicos. No creamos que hacemos algo más que seguir inercias poco efectivas. Y programando a famosos de la tele, nos ahogamos todavía más. Frescura, aires nuevos, propuestas diferentes que conecten con esa parte de la sociedad que nos ha abandonado y que está en lo digital de manera frenética. Conocer las artes escénicas es amarlas.

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