El factor indefinible | Roberto García de Mesa

Ensayar y componer para la escena

Un ensayo teatral posee también mucho de ensayo literario. Ambos ejercicios indagan en la exploración y, desde la práctica, tantean a ciegas la permanencia, con una vocación efímera. El fin podría ser un tipo de “movimiento estático”. Así que quien los ejercita busca la paradoja máxima del pensamiento y la acción. En el ensayo teatral las ideas cobran forma física, mientras que en el literario se suele abrazar más la abstracción. Los mayores retos se desarrollan aquí, entre estos dos extremos. Por eso, acariciar lo efímero en el teatro es alcanzar uno de sus principales objetivos. Y jugar con todas las posibilidades del pensamiento, con el único fin de interrogarse sin apurar las respuestas, provoca que esta herramienta nos haga caer y levantarnos con frecuencia en el mundo abstracto de las ideas. Y es cuando en la transformación podemos hallar la belleza. Si no estamos dispuestos a equivocarnos, jamás la encontraremos.
Por otra parte, componer música es un proceso muy parecido al del ensayo teatral, puesto que en ambos se produce un tanteo, se pretende la comprensión de lo efímero. Para ello se analizan los principios dramatúrgicos y se construyen los sonidos a partir de sensaciones. Todo está relacionado. Cuanto menos se aísle y especialice, mejor. Cada sonido necesita una sensación, un color, una imagen, incluso puede prescindir de las palabras o de la escritura musical. El ensayo y la creación de un espacio sonoro tienen su base en el poder de la idea en movimiento, de una idea efímera que colisiona con otra. Los individuos y sus acciones acaban convirtiéndose en conceptos ensayísticos que, a su vez, se expanden por el aire en forma de sonidos. Estos van generando atmósferas en las que se desenvuelven los gestos, lo dicho y lo no dicho. La composición se suele apoyar en la idea de crear una atmósfera sonora que sirva para transformar la energía del espacio. Actúa como un personaje más, como una presencia más, pero, también, como una palabra menos. Porque el sonido pone en retroceso la razón, la lógica. Ayuda a trascender o a transformar emocionalmente la parte más rígida consciente. Cada uno abre una puerta que desconocemos. Por eso, “cada sonido es único / y no sabe nada / sobre historia y teoría europeas”, como señalaba John Cage.
Diríase que el ensayo teatral y el espacio sonoro de una pieza, en cierta manera, nos enseñan que somos más que la palabra, que lo que decimos. Las artes escénicas lo han demostrado siempre de muy diversas maneras. La palabra es una pequeña parte del legado humano. La vida también se expresa de otras múltiples formas. La palabra es un lujo de nuestra civilización y no tiene por qué ser el marco definitivo de nuestra historia.
El ensayo teatral y la percepción del sonido nos conducen a lo efímero, a la búsqueda continua de nuestra razón de existir. Así, trascender o indagar en lo ininteligible es lo que caracteriza a ambos espacios. Lo importante es abrir canales de comunicación que contengan diversos paradigmas y retos o nuevas intuiciones. Al fin y al cabo, el ensayo teatral y cada sonido representan en muchas ocasiones la belleza que renace de lo transitorio y de la falta de una estricta racionalidad, de todo lo posible y lo imposible.

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