El factor indefinible | Roberto García de Mesa

Escenificar una exposición

Construir una pieza para una sala de exposiciones es una de las opciones más interesantes de la creación escénica. El lugar más o menos dirige o condiciona el resultado (su continuidad y su movimiento): una performance, una acción, una coreografía, un instante de sentido… Esto es, construir algo desde un espacio en blanco, como una página esperando ser caligrafiada. 

Todo contiene notas, textos, tejidos, hilos con los que se enredan las palabras, las formas, los movimientos, los instantes, las pesadillas, los olvidos y los deseos más profundos. Un espacio cerrado es un lugar para pensar y trascender. Decía Wittgenstein, “sentir el mundo como un todo limitado es lo místico”. Así que sentir los límites de esa totalidad espacial nos lleva, paradójicamente, a un lugar de trascendencia. Es un punto de partida. La trascendencia de la idea limitada. La trascendencia del cuerpo limitado. La trascendencia de encontrar un espacio mental en lo cerrado, en lo oscuro, en el universo concebido como una caja. Esto podría ser, realmente, una representación de lo que le sucede a una buena parte de la sociedad actual, ya que, por lo general, el espacio mental común cada vez más parece ubicarse en el marco cerrado de una pantalla. Aunque no es menos cierto que, a partir de ahí, comienza otra forma de libertad, la nada se transforma en imaginación. El lenguaje es limitado, pero a partir de unas letras surgen infinitas posibilidades. A partir de lo mínimo aparece la máxima expresión. Suena algo claustrofóbico, lo sé, pero no olvidemos que el pensamiento se encuentra también en un cráneo, en otra “caja”. Lo paradógico es que no sentimos esa “caja”, salvo si nos acariciamos el rostro, nos duele la cabeza o nos miramos al espejo. Al rozar los límites, al rozar las paredes, nos percibimos, también. 

Al escenificar una exposición (un lugar de conocimiento interior), hay que trazar espirales, abrazos, llantos, olvidos, deseos, nadas. Si la pieza eres tú, o soy yo, es lo de menos. Lo importante es que el espacio hable por nosotros, nos conciba, nos expulse como un nacimiento, cubiertos de sangre, llanto y sorpresa. Un espacio cerrado es como un libro porque ha de despertar el pensamiento, la imaginación, el diálogo con el conocimiento. Un espacio expositivo es como un ataúd, por aquí pasa toda nuestra vida, el recuerdo de lo que hicimos o dejamos de hacer, los sueños más extremos, la lógica de lo irracional y de, incluso, las fuerzas que esconden los mitos. Por ello, al encontrarnos con este tipo de lugares vivimos una especie de experiencia-reflejo, ya que nos obliga a buscarnos íntimamente. 

Un espacio expositivo es, en teoría, un lugar objetivo, donde se manifiestan las ideas subjetivas directamente, sin intermediarios. Los espectadores lo tienen todo ante sus ojos. Pero escenificarlo supone una aproximación, un choque, espiritual y físico al mismo tiempo, con la conciencia. Aquí se busca alcanzar al otro, se busca el otro cuerpo. Así que en el cuerpo a cuerpo, como en una batalla, se intentan mostrar las razones de la existencia y de la no existencia. 

Lo objetivo, al final, conduce a lo subjetivo, y viceversa. Porque somos uno y todo a la vez, como decían los taoístas. En la exposición y en la escenificación conviven ambas fuerzas, ambos estados. Por ello, estamos aquí ante un tipo de creación escénica, que, aún siendo fruto de la modernidad, nos acerca, al mismo tiempo, a los principios universales de algo más primitivo.  

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