Críticas de espectáculos

Espectáculo complejo pero bello

Con «La Tumba de Antígona», de la filósofa y poeta malagueña María Zambrano, noveno espectáculo representado en el Teatro Romano, ha finalizado la 68 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. La obra, en versión de la dramaturga madrileña Nieves Rodríguez Rodríguez y con dirección y coreografía de la cacereña Cristina Díaz Silveira, ha sido coproducida por el Festival y la compañía extremeña Karlik Danza-Teatro. «La Tumba de Antígona» se representó por primera vez en el Festival de 1992, dirigida por Alfredo Castellón y con Victoria Vera como protagonista.
La «Antígona» de Sófocles desde su producción en Atenas (el año 441 a. C.) ha despertado el interés de escritores y artistas, que han reinterpretado el mito -en novelas, poesía y teatro- a lo largo de los siglos, promoviendo una inagotable cantidad de Antígonas. Con el texto dramático «La Tumba de Antígona», publicado en 1967 en México, María Zambrano recrea el mito de la tragedia del griego -la lucha fratricida de Eteocles y Polinices y la disputa en que se involucran el derecho de familia, personificado por la hermana Antígona, y el derecho de Estado, representado por su tío el rey Creonte- con una obra de nueva creación que permite la continuación de la tragedia, acentuando su compromiso y en la protagonista una de sus características potenciales, la sororidad del lenguaje. Y con tintes de autobiografía desde una actualizada traslación (que ya había tratado anteriormente desde el género ensayístico sobre Antígona). En la figura trágica griega ve Zambrano la encarnación de toda una época: la suya propia, reprimida por la guerra civil y el consiguiente exilio.
Además, la malagueña considera aquí el proceso de recuperación de la memoria de las víctimas de la violencia institucionalizada, desatendidas por el Estado. En el monólogo de Antígona y en los diálogos introducidos con quienes la rodean -donde la protagonista pasa del delirio ocasionado por el sufrimiento, a la claridad de la conciencia de un conocimiento poético- están manifiestas la dimensión política del texto y la defensa del derecho de todos los seres humanos a la legalidad y a la justicia. Se trataba por tanto de alcanzar la purificación, la catarsis que la misma tragedia representaba para los antiguos griegos. «La Tumba de Antígona» es un texto resonante que rescata para la posteridad la memoria del sacrificio sufrido por las víctimas de la guerra en aras de los ideales democráticos republicanos, y la Zambrano, a través de Antígona, expía, en cierto modo, su propia culpa frente al pueblo vendido, al tiempo que expone la auténtica versión de lo sucedido mediante una confesión -preñada de razón metafórica- que desmiente las versiones oficiales, falsas y tendenciosas.
La versión de Nieves Rodríguez (en colaboración con Cristina D. Silveira) es bastante fiel al contenido del texto de la Zambrano. La madrileña es una experta autora teatral divulgadora de su obra. Un texto suyo, «La tumba de María Zambrano» -que se estrenó en Madrid en 2018- evidenció su fascinación por la vida y la mente, original y brillante, de la filósofa malagueña. En «La Tumba de Antígona», Rodríguez disminuye sutilmente la mucha carga simbólica del texto -estructurado en un prólogo que expone el sentido de la obra y doce escenas breves- tratando de ponerlo fácil a todos los espectadores. Suprime o reduce algunas escenas que resultan algo densas (como la del monólogo final de Antígona) y agranda propiciamente otras (como la del diálogo entre Antígona y Hemón). Todo para el perfecto acomodo en el montaje de teatro/danza proyectado por la Silveira, tal vez inspirado sobre unas notas -«Delirio de Antígona»- de la revista Orígenes, publicadas en La Habana en 1948.
En la puesta en escena, Cristina D. Silveira logra cierta calidad trágica de su inspiración de teatro/danza, aportando con significativas coreografías y cuadros expresionistas un desciframiento visual de la simbología del texto. Silveira ha manejado esmeradamente tanto el escenario romano, donde se produce el singular juego de teatro/danza, como la orchestra, lugar donde sitúa a la Antígona emparedada, monologando y realizando las escenas con varios personajes (su padre Edipo, sus hermanos Eteocles y Polinices, su prometido Hemón, su madre Yocasta, su hermana Ismene, su nodriza Ana, el tirano Creonte y una Harpía). Todo en un montaje reforzado por una austera pero precisa escenografía (de Amaya Cortaire), simbólicos vestuarios (de Marta Alonso), excelente música (de Alvaro Rodríguez, Aolani Shirin) y, sobre todo, por una luminotecnia de efectos bellísimos (de Fran Cordero). Si bien, el resultado del esfuerzo, apreciado por muchos amantes del teatro clásico que conocen bien el mito, no llegó a ser suficientemente claro –por la compleja integración de lo que se veía en uno y otro escenario- para ese público mayoritario (que se ha formado en el Festival atraído por las banalidades representadas con los artistas del famoseo patrio).
En la interpretación, el trabajo es esforzado y riguroso en todos sus participantes: Ana García (Antígona), Cristina Pérez (Antígona adulta), Elena Rocha (Antígona niña), Lara Martorán (Ismene), Camilo Maqueda (Edipo), Mamen Godoy (Ana), Tania Garrido (Madre y Harpía), Jorge Barrantes (Eteocles), Simón Ferrero (Polinice), Sergio Barquilla (Hemón), José Antonio Lucia (Creonte) y Francisco García (Hemón danza), con un buen nivel de oficio que fluye en sus roles vitalistas –de actuación y danza- casi a la perfección. Algunos han sorprendido en las intervenciones de danza, con un trabajo destacado de creatividad atlética vertiginosa, como el de Simón Ferrero. En las escenas con esa Antígona devorada por la piedad destaca la realizada con su enamorado Hemón, de una profundidad exquisita («No sé si sabes que soy, entre todos tus muertos, el único que ha muerto por ti, por tu amor», dice Hemón). La actuación de Ana García como Antígona, caracterizada por una calculada naturalidad y una mezcla particular de lo cotidiano con lo trascendente, es de una indudable dignidad, pero creo que le falta conformar mejor ese tono grave y elevado del arte trágico profundo, intenso, racional.
Al estreno acudieron alrededor de 1.500 espectadores (media entrada) que aplaudieron en su mayoría. También vi que algunos abandonaron el teatro antes de terminar el espectáculo.

José Manuel Villafaina

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