Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Felices fiestas en el Teatro Ensalle de Vigo

Por estas fechas el concepto casa está al alza. “Vuelve a casa. Vuelve por Navidad” era el estribillo de un anuncio televisivo de turrones, de esas melodías pegajosas que se te quedan grabadas. La casa es el espacio de referencia, ese lugar de los afectos, de la intimidad, de la familia. Cada cual es de su casa, como se suele decir, en alusión a cómo el hogar se convierte en el contexto generador de identidad, del ser. Quien más y quien menos tiene su casa.

La infancia y la casa son los centros de atención por estas fechas saturnales, en las que llenamos de luces y fiesta los días fríos y las noches largas de la invernía, para compensar. Papa Noel, Santa Claus, los Reyes Magos o, en Galicia, O Apalpador, se convierten en figuras alegóricas y míticas, en las que proyectamos esa necesidad de no perder las ilusiones y los sueños, ligados a una especie de inocencia infantil. Regalos y celebraciones para demostrar el afecto y, por supuesto, todo el aparato comercial de consumo que se acentúa bajo el pretexto del amor.

Como casa, además de la de Becerreá, reconozco espacios como el Teatro Ensalle de Vigo. Sin duda, un lugar de acogida para mentes inquietas e inconformistas. Una casa en la que el contento no es directamente proporcional al nivel de consumo. En el que cada noche, con creación contemporánea, es una fiesta. Un hogar, también, de los afectos menos edulcorados o azucarados. Una familia que se siente unida en la experiencia artística compartida.

Se acaba el 2021, un año que, como el anterior, no ha sido fácil. La distancia sanitaria ha redundado, muchas veces, en una distancia social aislante y, a la larga, nociva. Sin embargo, en el teatro, esa distancia sanitaria nunca ha sido social, porque siempre nos hemos encontrado en una especie de comunión, en la que afectos, emociones, sensaciones e ideas, se han contagiado, han fluido.

Se acaba el 2021 y a mí me gustaría intentar compartir contigo algunas de las últimas experiencias artísticas que la casa del Teatro Ensalle de Vigo nos ha ofrecido.

Pienso en el XVI Festival Catropezas, que comenzó el fin de semana del 5 al 7 de noviembre, con The Watching Machine de Macarena Recuerda Shepherd.

A veces decimos que algo es maravilloso de manera figurada, casi como exagerando un poco. Sin embargo, en este caso, The Watching Machine es una pieza maravillosa al pie de la letra. En ella la “mirabilia” es el juego con nuestra mirada, en el sentido óptico de la acción de mirar. Macarena juega con acciones lumínicas, reflejos y sombras en el espacio y en espejos, en conjunción con su movimiento físico, para hacer aparecer efectos ópticos y figuras increíbles. El diálogo entre la realidad laboral, de Macarena disponiendo elementos en el escenario, y la ilusión de la combinación que crea, nos lleva de la emoción estética (la belleza visual es grande), a la sorpresa y, también, a la risa. La comicidad se origina, sobre todo, cuando crea expectativas respecto a la utilización de algo que, después, resulta ser otra cosa o cuando hace aparecer, como por arte de magia, figuras estrambóticas y fantásticas.

Macarena es aquí un ser de luz radiante, literalmente. Luz en los ojos, en la boca, en el cráneo, manipulación óptica de su fisionomía y de su cuerpo. En resumen: ¡alucinante! Un poema escénico en forma de instalación plástica, que nos revela cómo lo que vemos puede ser o no ser, puede ser o parecer.

El fin de semana del 12 al 14 de noviembre, dentro del Catropezas, el hogar del Teatro Ensalle lo encendieron Paloma Hurtado y Daniel Morales (Canarias) con tres piezas de danza contemporánea, con una temperatura y unidad estilística que bien podrían configurar una trilogía: EphimeraInvisible e INA.O.

Aluciné con la calidad de movimiento, la alta exigencia física de la coreografía, la intensidad expresiva en el propio trazado coreográfico de los cuerpos.

En Invisible, Daniel Morales tiene un trabajo en el suelo impresionante, de cuerpo caído y roto. Y, en la vertical, la lucha entre esos movimientos que nacen de la cabeza, como sacudidas, y el resto del cuerpo que intenta liberarse o no sucumbir.

Ephimera de Paloma Hurtado trae la imagen del clochard, de la vagabunda, que gira y evoluciona a ras del suelo, que parece echar de menos a alguien o, quizás, echar de más.

INA.O cierra la trilogía en dúo, que danza al unísono en contorsión casi yóguica, como un bálsamo de curvas y circularidades que circunvalan y nos envuelven. ¡Una pasada!

El primer fin de semana de diciembre, del 3 al 5, una de las compañías más veteranas de las dramaturgias posdramáticas del Estado, Cambaleo, nos trajo una pieza collage, con un título que me viene como anillo al dedo respecto al tema inicial de este artículo, en el que reflexiono sobre un teatro, el Teatro Ensalle de Vigo, un lugar determinado y concreto, como casa y hogar. Algún sitio al que volver es el título de la pieza de Cambaleo, anfitriones de otra casa de referencia, La Nave de Cambaleo, en Aranjuez, de la que han sido desalojados después de décadas de hogar para muchas personas que, como yo, necesitamos casa, una casa como esta.

Algún sitio al que volver es una antología selecta de discursos, en forma de reflexiones teóricas o filosóficas, sobre cuestiones acuciantes. La dictadura del éxito y la exigencia de tener que ser brillantes; la auto-explotación individual, que invalida cualquier asomo de revolución, confrontada con el derecho a la pereza de Paul Lafargue; las características intrínsecas al fascismo, apuntadas por Albert Camus y Thomas Mann, que vienen a demostrar que va a volver… Textos no dramáticos, abordados desde una performance que cada actriz y cada actor vincula a un estar en escena especial, sin pirotecnias escénicas y con mucha luz. Un estar en la reflexión y un estar con nosotras/os, porque la voluntad es la de hacernos partícipes. Adoré la secuencia final con todo el elenco en el escenario, con la música del saxo en directo, como si fuese otra reflexión, igual que lo era el dibujo que, sobre la pantalla, realizaba con bello ímpetu una de las actrices.

Y el fin de semana del 17 al 19 de diciembre: Sin función. Desplazamientos y miradas, de Ana Buitrago. Un título que, en cierto modo, podríamos interpretar como irónico, porque, después de asistir, hemos visto, hemos pensado y seguimos haciéndolo tiempo después, así que… “Sin función”, no. Para mí la función fue y es.

Buitrago baila y se puede sentir que, tras el movimiento y los dispositivos escénicos de los diversos cuadros o estaciones que componen este viaje experiencial artístico, hay mucho pensamiento y una robusta conceptualización. Ver sin poner palabras, sin pensamiento, porque, se nos cuenta, la palabra y lo escrito refiere lo invisible o invisibiliza lo referido o escrito. Dibujar lo visible versus escribir lo invisible.

En los cuadros de esta pieza, entre Ana y el violinista Nicolás Ortiz, dibujan, con el movimiento del cuerpo ella y con el de las ondas sonoras él, lo visible. Pero, al mismo tiempo, sus movimientos en el espacio y en el tiempo, también hacen, por veces, el efecto de escritura de lo invisible.

Todas las estancias del Teatro Ensalle fueron transitadas por las acciones músico-dancístico-conceptuales de Sin función. Desplazamientos y miradas. El cuerpo en sus aproximaciones y alejamientos; la definición o la borrosidad de lo visible, cuando Ana, por ejemplo, baila detrás de una cortina de plástico, o cuando se alumbra con una linterna, en el interior de una tienda de campaña situada en lo alto de la grada, mientras la observamos desde el escenario; la imagen virtual proyectada en una pantalla en la entrada del teatro, quemada por la luz y seccionada por las tomas de cámara, en paralelismo a la imagen corpórea y “real” moviéndose entre unas tiras blancas que penden del techo, que actúan como un bosque en el que aparece y desaparece la bailarina, en el que el cuerpo también se segmenta a nuestra mirada.

Un trayecto para la delectación y el pensamiento. Un lujo respecto a nuestras ocupaciones y preocupaciones cotidianas.

Por eso la casa, que es Teatro Ensalle, es tan necesaria para la familia que en ella nos reunimos. Porque lo que nos ofrece es un lujo que no depende del poder adquisitivo, sino de la disponibilidad al juego, iconoclasta e inquieto, revelador y placentero, de la creación contemporánea menos pirotécnica y más esencialista, menos relacionada con los productos de consumo y moda y más directa a los afectos, sin trampas.

Para mí las felices fiestas son las que vivo en la casa del Teatro Ensalle de Vigo.

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