Y no es coña | Carlos Gil

La coyuntura y la cultura

En este oficio de juntar letras, los propósitos se encuentran con los hechos y la triste noticia de la muerte del ex ministro de Cultura José Guirao, llega justo para trastocar de alguna manera el desarrollo de lo diseñado. Entre otras razones porque muchos consideramos que José Guirao fue un buen ministro, el mejor en su ramo de los últimos años, que no se entendió su caída de la renovación del gobierno de Sánchez por personas irrelevantes dentro del campo cultural, lo que vino a ahondar la distancia entre el cargo ministerial, sus acciones y lo que una gran parte del sector, en este caso de las artes escénicas viene esperando desde décadas.
Guirao no tuvo tiempo para desarrollar ningún plan, pero escuchó y, sobre todo, habló en términos culturales ya que su trayectoria profesional estaba fundamentada en la gestión cultural, por lo que su lenguaje era práctico, lo que se debe entender como cargado de razón política más allá del oportunismo del momento. Tuvo intervenciones adecuadas, frenó locuras, dio alas a lo importante y estaba en el buen camino para emprender proyectos. Quizás esta mezcla de pragmatismo, sabiduría, sensibilidad cultural y rigor de gestión no fuera bien entendida por el partido predominante en el actual gobierno de coalición y buscaran un perfil más funcionarial, sin apenas idea, incluso que llegara al cargo refunfuñando como es el actual ministro que siempre dice que es de Deportes y se olvida de Cultura, lo que viene a ser un acto freudiano bastante relevante.
Y es que he pasado una semana en Palma del Río viendo una media de tres espectáculos al día, aunque estuvieran programados casi el doble, un auténtico maratón para descubrir una parte significativa de la actual producción andaluza en artes escénicas. De las compañías más clásicas, a los emergentes, de propuestas muy sugestivas a otras más ancladas en el conservadurismo. La diversidad siempre es bienvenida para los que acudimos con el espíritu de conocer algo más. Porque llevando tantos quinquenios en esto, la auténtica verdad, es que cada vez se hace más difícil, casi imposible, tener un conocimiento cabal de todo cuanto se hace en los diferentes focos de producción autonómicos, porque ha crecido de manera exponencial, hay un número casi imposible de absorber por el sistema de programación actual, lo que hace que veamos espectáculos de gran entidad que, para este cronista, son descubrimientos. Felices descubrimientos, lo que viene a sellar una de las funciones de las ferias: dar cabida a lo que no circula normalmente, junto a lo que ya tiene su sitio en las agendas y programaciones.
En esta Feria de Palma del río se presentó la Academia de las Artes Escénicas de Andalucía, entidad que me provoca sensaciones muy encontradas. Catalán de nacimiento y formación, vasco por formar parte durante más de treinta y cinco años de las actividades teatrales en Euskadi, miembro de la Academia Española por precaución, encuentro que, si los profesionales andaluces han decidido crear una propia, tendrán sus razones más que suficientes para dar el paso. Lo que viene a significar que, si Euskadi, Catalunya, Galicia toman el mismo camino, la española quedará como una expresión más de un centralismo hipotecado. Todas juntas tendrían una fuerza mayor, pero por separado tienen mucha más representatividad.
En una de esas tertulias espontáneas que se forman en eventos de estas características sentí otra vez, el paso del tiempo, la no argumentación convertida en un desprecio a la edad, es decir a la experiencia. Una descalificación no por lo que se propone sino porque lo propone alguien que no está en el mercado. Parece que los mayores de cierta edad no seamos capaces de estar al tanto de lo que se mueve, de lo que se hace en otros puntos, de lo que puede ser necesario. Es la onda de una modernidad muy reaccionaria. Eso sí, pegada a los presupuestos generales, no al libre pensamiento. Y es que uno sabe que puede estar equivocado. Incluso muy equivocado, pero no por la edad, sino por analizar la realidad de una manera que no sigue la corriente o que está fuera de pensamiento único mayoritario.
Y es que cuando tocas temas como el INAEM y hay personas vinculadas a su existencia de manera directa, es difícil llegar a conclusiones sobre su viabilidad, sobre qué hacer con esta institución que, al menos, parece que todas las personas consideran que no está pasando por sus mejores momentos. No es un tema sencillo. No se puede despachar ni con decenas de artículos, ni con frases brillantes en tertulias, ni con voluntades y vinculaciones inquebrantables. Es una decisión que debe tomarse después de muchos estudios, conversaciones, planes, opciones, comparaciones que concluya en una decisión política vinculante. Una decisión política con carácter de estado. Y pensando en el bien cultural democrático. Lo demás está muy bien para discutir y tomarse unas cervezas. Yo parto de una intención maximalista: demolición controlada.

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