Y no es coña | Carlos Gil

La espuma de los hechos

Escribo estas líneas después de recibir el tremendo baño de realidad de que en Italia ha ganado las elecciones una opción política que reivindica al fascismo mussoliniano con nuevas formas. Advierto que esto va a ir condicionando irremediablemente todo cuanto sea capaz de hilvanar ya que estaba tomando apuntes sobre las diferentes capas productivas, las “clases” existentes en las producciones teatrales y los lugares de exhibición que condicionan de manera objetiva todo lo que se hace, y que, en un porcentaje muy elevado, tiene correlación con las inexistentes políticas que se manifiestan en forma de reglamentos u ocurrencias en las diferentes instancias donde se tiene someras competencias al respecto. Ayuntamiento, diputación, comunidad autónoma, gobierno estatal, apoyos europeos.
Levo décadas intentando demostrar con mis pocas luces, ni proverbial tendencia al estrambote y sin utilizar todo lo que el dios google me pone delante, que existe una confusión premeditada para que no sepamos qué es teatro público, institucional y qué teatro privado. Es más, existe una campaña bien orquestada desde la oligarquía teatral española para aumentar esa confusión hasta términos del absurdo. La confusión es una magnífica jugada económica, sirve para que nadie sea capaz de marcar una línea entre lo que es teatro comercial y lo que es teatro de arte, teatro de creación o como ustedes quieran etiquetar aquel teatro que no se basa en los estándares de búsqueda del lucro por encima de cualquier otra consideración, que tiene que ver con ideas neoliberales llevadas al extremo de considerar el éxito como un valor por encima de cualquier otra consideración.
Esa confusión favorecedora de unas alternativas mercantiles, de unas productoras por encima de cualquier otra consideración llega a estar instaurada no solamente en lo que está en la zona gris, sino que ha anidado con una ferviente capacidad de influencia en las instituciones más gloriosas y de carácter estatal, léase CDN o TNC, por ejemplo. Porque existe una argumentación de apariencia pragmática, que también podría ser populista, pero es una buena excusa que nos dice que en una población de cualquier punto de España que no sea una gran capital, Barcelona, Bilbao, Madrid, Valencia, Sevilla, quizás, quizás, existe solamente un teatro abierto de titularidad pública y presupuesto municipal que debe atender a toda la población y por eso debe hacer una programación ecléctica que, de alguna manera atienda a los gustos de todos. Y ahí hay un punto interesante de discusión, no solamente ideológica, sino social y cultural. Otro día menos oscuro lo intentaremos desarrollar.
Lo cierto es que en esos teatros, la inmensa mayoría de los que conforman la Red de Teatros y Auditorios… de titularidad pública, un porcentaje elevado, muy elevado acoge obras, productos, espectáculos de productoras y compañías que tienen subvención y ayudas varias, con lo que ese acto, aunque unos digan que son privados e independientes, se enmarca en un proceso absolutamente controlado, es casi imposible hoy acceder a esos circuitos, es una quimera hacer un espectáculo competitivo sin ayudas a la producción o a la gira. Por lo tanto, la famosa libertad, está condicionada. Y después, entramos en lo anecdótico, cada año aparece uno o tres espectáculos que no entraban en los estipulado por la oligarquía que acaban haciéndose un hueco en las programaciones. Por lo demás, ver las propuestas de muchos teatros de la Red, ayuda a confirmar todas las sospechosas de estar en un mercado muy controlado por unos pocos nombres y marcas.
Pero existen muchas vidas teatrales, la obsesión de tantas almas libres que buscan su sitio, que proponen espectáculos, experiencias que intenta salirse del lenguaje constreñido, de las modas, de los géneros, de las tendencias más retro vanguardistas que se nos vende de manera vergonzante como novedosas, pero tiene que exhibirse en lugares casi clandestinos, en salas que sobreviven a fuerza de entrega y de descapitalización y ruptura de todos los diques laborales, en santuarios que nos proporcionan a algunos ese respiro, esa bombona de aire fresco para aguantar con la ilusión de un principiante pensando en que aluna vez llegarán gobernantes que entiendan mejor lo que significa la Cultura en este siglo, lo que puede aportar las Artes Escénicas a la vida de la comunidad.
Ayer domingo tras ver una obra en una sala madrileña que nos proporciona bastantes alegrías, debatía con un compañero sobre la necesidad de que los teatros públicos, especialmente aquellos que tienen producción propia deberían tener una compañía estable. Es decir, actores, actrices, escenógrafos, dramaturgistas y un largo etcétera. Venía a cuento porque mañana me voy a Cluj, en Rumania a disfrutar durante cinco días de una docena de producciones de un teatro publico de esa ciudad. Y veré de todo. Teatro contemporáneo, clásicos rumanos, autores universales de primera categoría, con direcciones variadas y seguro que veré repetir a más de una actriz y actor en esos montajes. Eso me parece saludable. Mi compañero mostraba sus dudas debido a las características de los actores, o eso entendí. Pero yo le insistía que eso era un prejuicio contra los profesionales. Existen ballets, orquestas, varias, con plantillas fijas. En el CDN hay más de trescientos técnicos fijos y ni una actriz. Eso no está bien. E insistía, mi compañero mostrando su miedo por lo que significaba interferencia del Estado, la creación de funcionarios de la escena. Y desde entonces sigo rumiando, porque lo que he intentado mostrar anteriormente es que el Estado son también los ayuntamientos, las diputaciones, las comunidades autónomas además de lo central. Y me temo que hoy de manera indirecta, todo este entramado que interviene de manera directa en la circulación de las obras condiciona de manera evidente la creación teatral, en todos los sentidos.
Lo de Italia puede que sea contaminante, que se extienda. Yo viví en Polonia la llegada del actual gobierno de extrema derecha. Firmé cartas y manifiestos porque destituyeron al famoso director de un teatro de Cracovia. Un día pregunté: ¿a esta persona lo nombraron por convocatoria publica o directamente? La contestación fue que de manera directa porque era la fórmula habitual. Pues, la destitución, se produjo de manera directa. Y seguí preguntando, ¿han variado las cantidades destinadas a ese teatro nacional y a los otros? Y me contestaron en aquel momento que no. Es decir, existen leyes que aseguran las políticas concretas con sus presupuestos. Hay un margen para la espuma de las cosas, el nombramiento de una u otra persona, pero se mantiene lo sustancial. Hasta que existan acciones más con concretas que nos desmientan.
De eso estamos hablando algunos de manera directa e indirecta. A veces nos entretenemos demasiado con la espuma de los hechos, pero lo que queda son los hechos y sus consecuencias. Atentos. Lo de Italia, insisto, no aventura nada bueno, peor eso hay que intentar asentar valores estructurales en materias culturales que prevengan las incidencias de futuro. Una ley del Teatro vendría muy bien. Entre otras muchísimas cosas.

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