Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La fertilidad del pensar con cuerpo

Las canciones, como los yogures, tienen fecha de caducidad. Sé que no pierden propiedades musicales con el tiempo, me refiero a que tienen una suerte de fecha de caducidad emocional y llegado a un número de escuchas las canciones ya no erizan la piel como lo hacían en un principio. Afortunadamente siempre hay excepciones, canciones con alma sempiterna, que no importa las veces que se escuchen que siempre son capaces de abrir canales escondidos y poner en pie el vello. En mi caso, hay un disco que nunca caduca en mi piel: “La leyenda del tiempo” de Camarón de la Isla. Da igual las veces que pasen por mis oídos sus canciones que la descarga eléctrica siempre me llega a los poros. 

Como muchas letras de las canciones del disco son poemas de Lorca, pensé que Camarón habría investigado profundamente el significado de esos versos. Estaba lejos de la realidad. Según recuerda Ricardo Pachón, el productor del disco, Camarón, que sin haber pasado por la escuela había aprendido todo de la calle, no entendía los poemas de Lorca. Es más, ni siquiera se esforzó en descifrarlos. Sobre esta afirmación de Pachón habría que decir que quizá la mente de Camarón no los entendía, pero sí su voz, donde la precisión de las palabras de Lorca se volvía precisión en los tonos, las metáforas encontraban regazo en los jirones de su canto y lo trágico palpitaba brillante en su desgarrar afinado. Decía Tomatito, su inseparable guitarrista, que Camarón “no entendía ni de autores ni de nada. Solo de cantar”. Quizá podríamos decir que, más que no entender nada, Camarón entendía todo a través del canto. 

Una película que tampoco caduca en mis sentidos es “El espíritu de la colmena” de Víctor Erice. Siempre me conmueve ese álbum ocre y sensorial sobre la infancia. Como obra que sitúo en mi altar cinematográfico íntimo, imaginaba que detrás de ella se escondía un proceso profundo y riguroso. Me sorprendió descubrir que Fernando Fernán Gómez, quien interpreta al personaje del apicultor, no había entendido el guion de la película cuando lo leyó, algo que transmitió al productor Elías Querejeta para que su voz de alarma llegase a Erice. Desconozco si la alerta llegó finalmente a oídos del director, pero el hecho de que el boceto escrito de la película escapase al entendimiento de alguien tan leído como Fernán-Gómez, no impidió que el actor construyese un personaje que tiene asiento reservado en mi memoria.

Tradicionalmente se asume que la comprensión sobre algo requiere pasar ese algo por un proceso mental y razonado. El sistema educativo que heredamos ofrece un síntoma ilustrativo de ello: desde la niñez se clava al alumnado en pupitres, maniatando el cuerpo y dejando solo las cabezas pensantes al aire, como si hubiese miedo a que el movimiento borrase lo que en la mente se imprime. Para aprender y comprender el cuerpo no solo no es necesario, sino que, además, estorba, de tal manera que durante años se ha considerado que la inteligencia era un coto privado de la mente, al cual el cuerpo tenía acceso restringido. Y, sin embargo, el cuerpo es una fábrica de inteligencia indispensable, con gran capacidad de autogestión y espíritu independiente. Lo que sucede es que el cuerpo construye conocimiento sin necesidad de razonamientos o explicaciones argumentadas. 

Numerosas acciones que conforman nuestra existencia se aprenden sin haber estudiado ningún sesudo tratado sobre ellas. Relacionarse con otras personas, con otros animales, seducir, orientarse en una ciudad, en un bosque, danzar, divertirse, reconocer lo que nos da placer, lo que nos entristece, lo que nos daña, establecer una conexión con el entorno natural que nos rodea, emocionarnos escuchando una música, viendo un cuadro, un paisaje… Por mucho que leamos sobre estas actividades, solo cuando éstas atraviesan nuestro cuerpo se convierten en verdadera experiencia. O pensado a la inversa: las experiencias que se construyen aisladas en la mente son solo simulacros, cáscaras de viento, hogares vacíos de bellas fachadas. Es más, en muchos momentos la irrupción de la mente racional puede bloquear la experiencia o el aprendizaje del cuerpo. ¿Se imaginan repasando mentalmente fórmulas de seducción en el transcurso de una cita con alguien que aman? ¿Se imaginan leyendo una chuleta transcrita a boli en el dorso de su mano sobre los mecanismos neurológicos de la felicidad mientras bailan alocadamente en una fiesta? ¿Se imaginan consultando en el móvil la fórmula de la proporción áurea mientras disfrutan de una magnífica puesta de sol en una playa de Cabo Verde? Yo me imagino en esas situaciones y no se me ocurre manera más eficaz para torpedear estas experiencias. 

El cuerpo no es ajeno al pensar. Como vemos, hay actividades que no se pueden comprender si el cuerpo no las encarna. Pero incluso el mero acto de pensar sentado en una silla queda incompleto si no se invoca al cuerpo. Cuando al escritor Eduardo Galeano –que, como todos los escritores, fue pensador antes de escritor, pues quien escribe juega antes con los pensamientos en la cabeza que con las palabras en el papel– le llamaban “distinguido intelectual”, él lo tomaba como el peor de los insultos y se revolvía como un jugador de fútbol al que le hacen una falta a destiempo. “¡Yo no soy un intelectual! Los intelectuales divorcian la cabeza del cuerpo. Y yo no quiero ser una cabeza que rueda por los caminos”, decía. Y luego argumentaba citando a Goya: “El sueño de la razón produce monstruos. Cuidado con los intelectuales, abominables personajes, que solo razonan y no sienten. Estos seres nos pueden conducir al fin de la existencia”. En perfecta coherencia, diciendo todo esto Galeano razonaba lo que sentía y viceversa, pues solo alguien que combina los sentidos con la razón puede expresarse con tal visceralidad. 

El pensar se vuelve fértil cuando involucra al cuerpo. En Artes Escénicas es algo palpable cuando se mira a las baldas de sus bibliotecas: los ensayos que cambiaron el rumbo del teatro fueron escritos por artistas de la escena y no por intelectuales de cabezas rodantes, como diría Galeano. Stanislavski, Artaud, Barba, Bogart, Mitchell, y más recientemente, Calonge, Liddell o Messiez… escriben lo que su cuerpo ha pensado primero sobre o alrededor de un escenario. Su literatura es la prolongación escrita de su práctica. Al mismo tiempo, apenas hay estudios concebidos en el aislamiento de un despacho, de una habitación, de un aula académica que hayan incidido en el devenir escénico. Son escritos quizá interesantes para atestiguar, pero raramente para incitar, estimular o repensar significativamente la escena. 

Decía Umberto Eco que, si un intelectual es “alguien que produce nuevo conocimiento haciendo uso de su creatividad”, entonces “un campesino, cuando comprende que un nuevo tipo de injerto puede producir una nueva clase de manzanas, está desarrollando una actividad intelectual, mientras que un catedrático de Filosofía que se pasa la vida repitiendo la misma clase sobre Heidegger no tiene por qué ser un intelectual”. Me gusta pensar que los y las artistas de la escena, como el campesino de Eco, son intelectuales a su pesar, personas que filosofan inadvertidamente a través de sus acciones sin saberse nunca pensadores. Beckett lo dijo a su manera: “Baila primero, piensa después”. El campesino, la campesina solo habla de la tierra por lo que le cuentan sus manos. De la misma manera, quien dirige, actúa o danza piensa la escena a partir de lo que el cuerpo le susurra.

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