Velaí! Voici! | Afonso Becerra

‘Larsen C’ de C. Papadopoulos en el 17 del CCVF

No hay vida sin tiempo, ni tiempo sin espacio. Básicamente la vida es esto y mucho más. Por eso los espacios son tan importantes y vitales. No hay espacio que no esté vinculado con los afectos, porque en ellos vivimos y nos movemos.
El sábado 17 de septiembre celebramos el 17 aniversario del Centro Cultural Vilaflor (CCVF) de Guimarães, Portugal. Allí compartimos y experimentamos, una vez más, la emoción y la fascinación que nos brindan las artes escénicas. El espacio, gestionado por A Oficina y dirigido por Rui Torrinha, sigue siendo uno de los centros neurálgicos y de referencia en la programación de las artes performativas, tanto en Portugal como a nivel internacional.
Creo que esa dimensión deriva no solo de la muy cuidada y selecta oferta de espectáculos portugueses, siempre atenta a propuestas artísticas innovadoras, desafiantes e incluso arriesgadas, y siempre solventes. Pero también de la inversión y el esfuerzo por traer espectáculos de otras latitudes del planeta que, por lo general, están abriendo caminos y tendencias.
Por lo tanto, el CCVF constituye un espacio de intercambio y experiencia artística para muchos miles de personas, artistas y públicos diversos.
Para muchas personas de Galicia, entre las que me cuento, sobre todo de la Galicia sur, por su vecindad, el CCVF es nuestro teatro internacional. Aquella grande y acogedora casa que nos ofrece todo aquello que nuestros teatros gallegos casi nunca nos dan.
Entre las personas que aprecian y necesitan de la cultura, para las y los profesionales de las artes escénicas, por ejemplo, es una suerte tener cerca el CCVF, esa biblioteca de libros vivos de danza, teatro, circo, etc. Si lo comparamos con la literatura, nos daremos cuenta de la radical importancia que tiene, para nuestra formación y crecimiento, poder leer novelas, poesía y ensayo escritos en otras lenguas y latitudes, aunque sea traducidos. De una manera similar, el CCVF es ese lugar donde vamos a nutrir nuestra sensibilidad y nuestro intelecto y a ampliar nuestra visión. En estos 17 años es muy grande y valiosa la biblioteca de espectáculos que atesoramos en nuestra memoria. Lo que he vivido en el CCVF es una parte substancial de lo que soy, en el mejor sentido de la palabra. No ha sido solo entretenimiento lo que encontré allí, sino algo mucho más substantivo y enriquecedor.
El 17 de septiembre, para celebrar el 17 aniversario, el CCVF nos ofreció una experiencia hipnótica y trascendental: ‘Larsen C’, del coreógrafo griego Christos Papadopoulos. Fueron sesenta minutos de una eternidad, propiciada por los ciclos de repeticiones de movimientos de siete bailarinas y bailarines excepcionales. El oleaje acuoso de los siete cuerpos, y la sensación de fluidez y facilidad, nos hizo flotar en un mar de imágenes oníricas de belleza cautivadora.
Maria Bregianni, Chara Kotsali, Georgios Kotsifakis, Sotiria Koutsopetrou, Alexandros Nouskas-Varelas, Danai Pazirgiannidi y Adonis Vais, parecen encantadores de serpientes y, al mismo tiempo, son esas serpientes encantadoras que nos dan acceso a otras percepciones de lo real y de lo vital. La serpiente es simbólica por antonomasia de la energía, de la fuerza pura y sola. Su avance reptante es casi como el del tiempo que nos lleva. El culto a las serpientes y a los genios de las serpientes en la India, por ejemplo, está vinculado a las aguas. Las serpientes son poderes protectores de las fuentes de la vida y de la inmortalidad, también de los bienes superiores simbolizados por los tesoros ocultos.
En ‘Larsen C’, tanto en la música electrónica, impetuosa y envolvente, como en el movimiento coreográfico y los efectos visuales generados en la intersección con la luz, aparece esa evocación del agua, del mar que acaricia las islas griegas. De esta forma, lo primigenio, asociado a ese movimiento ondulante (en Egipto la serpiente era el signo que fonéticamente corresponde con la letra Z, que representa ese tipo de movimiento), nos viene, a través de ‘Larsen C’, de la cuna griega de la cultura Occidental, de la misma manera que ha llegado a nosotros, este 17 de septiembre, a través del CCVF de la ciudad cuna de Portugal.
La relevancia de las caras y de los brazos desnudos de los siete performers, los trajes negros brillantes, contribuye con un cromatismo serpenteante que, a veces, se camufla y, a veces, se destaca, en ese ambiente cósmico que generan sobre el escenario.
Hay un tipo de hieratismo o neutralidad expresiva en los rostros, que contrasta con la intensidad de las miradas. Una fusión coral que diluye las identidades individuales, en favor de una entidad que aglutina humanidad y sueño. Una fantasía en la que los cuerpos son una forma atractiva y mutante que nos transporta. La danza como una onda visual y afectiva, que nos toca, que nos abraza, que nos lleva, que nos trae…
Fascinantes las manos entrando en el haz de luz, separadas de los cuerpos. Fascinantes los desdoblamientos y el diálogo de los cuerpos con sus siluetas de sombra. Fascinante la exploración plástica con la transformación escultórica de lo antropomórfico, en aquellos cuerpos sin cabeza, o en aquel bailarín que parece flotar sobre el escenario, mientras sus brazos y sus manos realizan figuras imposibles, desafiando las leyes mecánicas del cuerpo humano.
Creación y cambio, como potencias humanas que el arte de la danza nos ofrece.
Así celebramos los 17 años del CCVF, con una de las producciones más innovadoras de la danza contemporánea, proveniente de Grecia, donde se supone que fue el nacimiento de nuestra civilización.
También, al final del espectáculo, en el vestíbulo del teatro, lo conmemoramos con algunas copas de espumante, un pastel de cumpleaños y una grande y sentida sonrisa, tan necesaria en los tiempos que corren.
17 años en los que el CCVF de Guimarães fue y sigue siendo el lugar de la felicidad. Gracias.

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