La tercera escena | Carlos Taberneiro

Naturaleza comunicativa del teatro

Cuando acudimos como espectadores a una representación teatral, a una puesta en escena, a veces percibimos la extraña sensación de que, a aquellos que han orquestado esa creación que se nos presenta sobre el escenario, no les interesamos como colaboradores activos de la ceremonia teatral sino como meros espectadores pasivos. No conciben la creación dramática como fenómeno comunicativo y de intercambio de información con el espectador.
No quieren, no buscan, o no son conscientes de lo importante que es, establecer con el espectador ese indispensable proceso de comunicación. Parecen no entender que el teatro, la expresión teatral, más concretamente la escenificación o la representación, es un acto complejo de comunicación. El hecho de que, desafortunadamente, no se establezca esa necesaria comunicación con el público, impide, de algún modo, que el espectador pueda desarrollar ese vínculo emocional duradero con el teatro que consecuentemente le fidelizará con las artes de la escena.
Todos tenemos alguna referencia, o hemos leído, sobre términos como Emisor, Mensaje, Codificación, Canal -de transmisión-, Contexto, Ruido, Decodificación, Feedback o retroalimentación, etc. Todas ellas son expresiones que se relacionan con los procesos comunicativos con los que convivimos en el día a día, que nos encontramos en los distintos ámbitos sociales en los que nos desarrollamos como personas y en los grupos a los que pertenecemos.
Todos somos objetivo de, y a su vez, comunicadores. Ya sea en publicidad; medios de “comunicación” de masas, audiovisuales o impresos; presentaciones profesionales, académicas o de empresa; o en redes sociales. Tanto de forma individual como colectiva o corporativa, necesitamos transmitir nuestras creaciones, reflexiones y experiencias y recabar de los destinatarios su opinión o una reacción concreta. Emitimos y recibimos señales y mensajes codificados que debemos descifrar.
Por poco que reflexionemos sobre ello, podemos llegar a la conclusión de que la comunicación es fundamental en múltiples ámbitos de las relaciones humanas. Pero serán muchos menos los que lleguen a reconocer la dimensión y naturaleza comunicativa del teatro, a aceptar la importancia de la comunicación y de su manejo adecuado en el campo de las artes escénicas. La habilidad para la comunicación puede ser una condición innata del individuo, o fruto del análisis y de una reflexión profunda y a veces metódica y sistemática, de las características y componentes del proceso de comunicación.
Algunos creadores comunican de forma natural y no ven necesario mejorar sus capacidades comunicativas bebiendo de otras fuentes de conocimiento. No les anima la curiosidad por desentrañar los misterios de la comunicación y entender cómo funcionan sus mecanismos y resortes. Incluso a aquellos que derrochan una capacidad innata de atraer o fascinar y de identificarse con los demás les suele sobrevenir, de forma inesperada, y de vez en cuando, un “gatillazo” comunicativo. Cuando les falla el empaque carismático y la empatía congénita, no saben analizar las causas, y el porqué, de ese error de puntería comunicativa y, por lo tanto, les costará encontrar y acertar con la forma de evitarlo en el futuro.
Todos los elementos que intervienen en el proceso de comunicación que es la representación -el acto teatral por excelencia- y en la exhibición o distribución de este, deben funcionar en prefecta sincronía, como si formaran parte de una compleja máquina de precisión. Solo así se llevará a cabo, de manera fluida y eficaz, ese procedimiento de intercambio de información, entre los dos lados de la “cuarta pared”, que es la comunicación.
En el caso de que, los artífices del hecho teatral o de las estrategias comunicativas de las compañías o los espacios de exhibición, descuiden algunos de los elementos necesarios para una adecuada transmisión de “señales” o no sepan detectar los elementos perturbadores de este proceso que es la comunicación, se estará lastrando el resultado final, se frustrará ese necesario “diálogo” con el espectador. Si no están bien elaborados los códigos y los signos elegidos para la transmisión del mensaje, si el canal escogido no es el más adecuado, si el contexto no es el idóneo o si el receptor no es capaz de entender las claves y los contenidos que está recibiendo, no se producirá la deseada comunicación. Y por lo tanto no se provocará la retroalimentación, el deseable “retorno” por parte del espectador, el efecto retroactivo del proceso de comunicación, ese enriquecedor feedback. La comunicación es, por definición, intercambio de información. Los responsables de hacer llegar al espectador ese acto creativo, que es el teatro, deben entender que, aprender a desentrañar y manejar los elementos esenciales del proceso de comunicación que se produce en torno al espectáculo teatral, es consustancial a la facultad de crear.
El autor, sea individuo o colectivo, expresa, en el texto o guion, el mensaje que desea transmitir al lector, a través de canal de transmisión que es la edición de esa obra. En este caso el autor adopta el papel de emisor y la editorial o el editor, aporta los medios que le son propios como canales de transmisión, la edición impresa o la edición digital, en versión libro electrónico o audiolibro, entre otros. En este caso la codificación es la que se incluya, en mayor o menor grado, en el propio texto o guion. Y será el lector el que descodifique las claves que le ayuden a entender el mensaje. En este caso el tipo de comunicación suele ser unidireccional. Aunque puede darse una cierta retroalimentación si lo publicado es comentado o criticado en algún medio de “comunicación” o red social. En este caso el receptor emite un “señal” de retorno y, si esa “señal” llega al autor, se cierra el círculo comunicativo.
Pero, en el caso de las artes escénicas, ese texto o guion puede tomar cuerpo sobre la escena o el espacio de representación. Es cuando aparece la figura del director que, rodeándose del equipo técnico y artístico necesario, corporeiza sobre la escena ese texto o guion. Ahora el transmisor es el director, y la puesta en escena el canal de transmisión y la parte fundamental del proceso comunicativo. Finalmente será el espectador, como receptor, el que responderá o no, con su actitud, a lo que se le comunica. Y esa repuesta, que cierra el ciclo comunicativo, dependerá de cómo consiga descifrar los códigos de ese mensaje que se le desea transmitir.
Para transmitir al espectador, de forma adecuada, ese conjunto de señales, signos o símbolos que son objeto de la comunicación escénica, es necesario elaborar la ineludible codificación, la forma y el estilo en que se mostrará visual o sonoramente lo que el autor y/o el director desea transmitir al espectador. El sistema de signos que se utilice en el proceso de comunicación toma especial relevancia. Y cuanto más conocedores sean, tanto el emisor como el receptor, de los códigos utilizados mejor resultará el proceso comunicativo.
Nada de lo que acontece sobre la escena es ajeno al proceso comunicativo. De entre todas las artes, quizás sea el arte de la escena, aquel donde las señales, los signos, la información , los mensajes, se transmiten y se manifiestan con más riqueza de matices, variedad de significados e intensidad comunicativa. Ninguna otra manifestación artística aproxima, tan físicamente, al artista con el espectador. Ambos, en carne y hueso, se sitúan frente a frente, cara a cara. Todos los elementos que deban intervenir en una representación teatral deben ser medidos y dosificados en las proporciones adecuadas para que, en ese ten con ten, el conjunto resulte al servicio de la comunicación eficaz.
Quien tenga la capacidad, habilidad y sabiduría de poder mezclar, en la marmita de la creación escénica, los elementos necesarios que conviertan lo que se produzca sobre la escena en arte, deberá ser consciente de la inmensa responsabilidad que asume. Deberá crear el hábitat apropiado, el lugar con las condiciones adecuadas, en el que convivan los actores y actrices durante la representación. Deberá producir la atmósfera que respiren y el universo sonoro en el que naveguen intérpretes y espectadores. Deberá decidir cómo nos hable a los espectadores la escenografía, la iluminación, el vestuario y las distintas piezas de atrezo, o como se distribuyen en el espacio escénico los distintos elementos que lo conforman. Deberá ser él quien oriente a los actores y actrices sobre cómo deben expresar lo que tengan que decir, sus entonaciones, énfasis, su gestualidad, mímica y expresión corporal, los silencios y pausas. Será quién decida como se muevan, desplacen o interactúen individual o grupalmente con los elementos escénicos para ejecutar lo que tengan que hacer.
Todos los que intervienen en el proceso de creación de un espectáculo teatral, en su exhibición y en su distribución, deberán, en fin, recurrir a todo su bagaje de conocimientos, sean innatos o adquiridos, para poder manejar y combinar todos estos aspectos visuales y sonoros, verbales y no verbales con la pericia necesaria. Deben ser conscientes de que el teatro es un proceso complejo de comunicación, que debe manejarse con destreza para que cumpla su función. Y para ello es fundamental lo que expresa Manuel F. VIEITES en su trabajo “Teatro y comunicación. Un enfoque teórico” (Signa: Revista de la Asociación Española de Semiótica, ISSN 1133-3634, Nº 25, 2016, págs. 1153-1178), que “el estudio de la comunicación no sólo es necesario, sino que todo el proceso de formación de los profesionales de las artes escénicas se debiera pensar en clave de comunicación e interacción, pues en eso consiste el ejercicio profesional en las artes escénicas: aprender a ver (De Miguel, 2003), para aprender a mostrar y a crear, y aprender a comunicar (Pagin, 2008)”.
El talento puede ser innato, como lo puede ser la habilidad comunicativa. Pero todas las habilidades sociales innatas, son susceptibles de ser entrenadas y mejoradas y permanentemente cuestionadas. Y es a través del aprendizaje, la reflexión, el análisis, la autocrítica y la práctica como se puede llegar a la sublimación del talento o la habilidad comunicativa.
En el mundo de las artes escénicas son muchos los que cometen el error de creer haber logrado, a través de sus espectáculos, comunicar lo que deseaban sin analizar con sencillez y veracidad el mensaje que se transmite y sus efectos y consecuencias. George Bernard Shaw, dramaturgo, crítico y polemista irlandés, lo expresó en una frase que quedó, como muchas otras suyas, para la historia…“El mayor problema de la comunicación es la ilusión de que se ha logrado”.

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