La tercera escena | Carlos Taberneiro

No es más teatro… ni seduce, todo lo que reluce

Las técnicas de mercadotecnia, aplicadas a los espectáculos teatrales para transformarlos en meros productos de consumo, ayudan muy poco, aunque produzcan nutridos ingresos, a establecer los necesarios vínculos duraderos con el público. No serán suficientes estas medidas si no aspiran a seducir al público, a despertar en el espectador la pasión por el teatro. Los hacedores de espectáculos teatrales deben tener en cuenta que los espectáculos de entretenimiento sin sustancia ni alma, las puestas en escena sobrecargas de “brilli brilli”, los exhibicionismos escénicos que forjan espectadores “voyeurs”, las interpretaciones impostadas y las concesiones gratuitas al público para mendigar su aplauso, no bastarán para ensanchar esa base social que sustenta, alimenta, mantiene, enriquece y hace crecer las artes escénicas. Todo espectáculo, sea cual sea su lenguaje expresivo o enfoque artístico, debe buscar en el público el restablecimiento del vínculo emocional crónico que conduce a la pasión y liberarle de sus etiquetas de “cliente”, al que hay que “trabajar” o de “audiencia” despersonalizada, para restituirle su esencia de persona como expresión de su singularidad.

 

Son incuestionables las nefastas consecuencias causadas, en el sector de las artes escénicas, por la crisis económica del período 2008-2014, aún latente y sobre la que ya se han hecho correr ríos de tinta. Esa brecha entre las artes escénicas y su público ha venido a acrecentarse a causa de los recientes y devastadores efectos de la COVID-19. La pandemia ha contribuido a evidenciar aún más el creciente retraimiento o distanciamiento del público de las manifestaciones culturales presenciales en general o de aquellas que se desarrollan en los espacios dedicados a las artes de la escena en particular. 

Se hace más necesario que nunca insistir en la necesidad de la adopción de medidas para la recuperación de esa relación perdida con el público preexistente o para crear nuevos vínculos con nuevos públicos. Pero las medidas técnicas, económicas, administrativas y de gestión meramente comercial, quizás serán necesarias, pero no las únicas a tener en cuenta.

En el “Informe sobre las artes escénicas en España: programación, distribución y públicos (2020)” publicado por el Observatorio de la Academia de las Artes Escénicas de España, del que hablé en un artículo pasado, se proponen una amplia relación de medidas a adoptar que, por sí solas y en su mayoría, deshumanizan de algún modo a los espectadores transformándolos en simples parámetros económicos, en audiencia pasiva, en meros clientes y finalmente en mercancía. A la hora de la creación de espectáculos y su exhibición sobre la escena, o de proponer medidas de recuperación del público distanciado; es necesario poner el esfuerzo creador al servicio del arte y no del comercio, la industria o el mercado. 

Los forjadores de ese acontecimiento creativo, que tiene lugar en la escena, sean estos el equipo técnico creativo que se ocupa de la parte física, material y visual (Escenografía, vestuario, Iluminación, sonido, maquillaje), los actores e intérpretes -el elenco-, o el director que los “gobierna”… tienen la enorme responsabilidad y la ineludible obligación de recuperar al público distanciado de las artes escénicas. Es más necesario que nunca buscar recursos creativos para alentar de nuevo en los espectadores la pasión por las artes escénicas. Los obradores del arte sobre la escena deben esforzarse por entregar un producto que supere el simple reclamo comercial. Algunos espectáculos teatrales se limitan a ser, por obra y gracia de sus creadores e ideadores, una simple muestra de artificio. Y por mucho que sus promotores los maquillen con estéticas exuberantes, los atiborren de esteroides escénicos o florituras formales, acabaran siendo solamente meras exhibiciones de músculo, una artería escénica, un producto vacío y sin ánima, incapaz de estimular más allá de la retina. 

Los espectadores tienen su cuota parte, en la responsabilidad de crear o reestablecer ese vínculo con los espacios y con los artífices del hecho teatral. El espectador debe hacer de su asistencia a un espectáculo un acto de entrega, aunque no de sumisión. Debe ver, mirar y entender lo que se le ofrece. No debe ser ese curioso anodino, ese entrometido acechador que se arrellana en su butaca como voyeur de peep show esperando que le sirvan en bandeja de plata un bebedizo narcotizante. Una vez salvado el primer escollo de la elección consciente del espectáculo al que desea asistir y que sirva a sus intereses como espectador, debe creer con todas sus fuerzas, debe participar de forma constructiva y creadora dejándose “transportar” por esa ficción que se le ofrece, siendo consciente de que asiste a un momento único e irrepetible. De ese modo todo lo que hayan percibido sus sentidos y estimulado su corazón, si es que ha salido de otro corazón, será digerido, desentrañado, procesado y servirá como nutriente de su relación con el teatro y de estímulo en su deseo de aprender a amar el teatro.

El panorama teatral necesita espectáculos que transciendan al mero señuelo mercantil o comercial. El teatro no debe estar solo en manos de empresas exclusivamente lucrativas, dirigidas por profesionaloides que, aplicando -esta vez si- su potestas, imponen objetivos y criterios meramente comerciales, a autores, actores e intérpretes y equipo de colaboradores. Un teatro así concebido, se hundirá cada vez más en la insignificancia. Necesitamos espectáculos que eleven la emoción a un nuevo nivel. Porque, como expresó el filósofo francés Gilles Deleuze, “la emoción es creadora; en primer lugar, porque expresa la creación entera; en segundo lugar, porque crea la obra en la que se expresa; y finalmente, porque comunica a los espectadores u oyentes un poco de esa creatividad”.

Corresponde a los directores de escena complementados por un equipo técnico y creativo, y a los actores e intérpretes, la responsabilidad directa de crear esa atmósfera, ese ecosistema, donde los que contribuyen al acto escénico, por un lado, y los espectadores, por otro, puedan reconocerse como iguales. 

Los períodos de recogimiento obligado -como el impuesto por la COVID-19 o por un cese temporal de actividad-, pueden resultar útiles para la introspección y la reflexión, para la búsqueda de nuevas formas de hacer o vivir el teatro, para deshacerse de los pesados lastres que no sirvan para un satisfactorio trabajo coral sobre la escena. Los directores y los actores e intérpretes deben deshacerse de sus egos y desempolvar y poner en práctica su capacidad autocrítica, tan necesaria si no desean paralizarse en su progreso o crecimiento artístico o, lo que es peor, empobrecer y condenar al fracaso o la irrelevancia aquello que aman.

Los actores e intérpretes que, exprimiendo al máximo sus capacidades, sepan encarnar con cierta humildad el papel o rol que le haya sido asignado, sea este protagónico o secundario; que sepan ponerse en la piel de un personaje o desarrollar una acción siempre al servicio de lo que el autor y el director deseen expresar, habrán dado un paso de gigante hacia la conexión eficaz con el público. Al espectador asiduo y formado no le interesa el actor que exterioriza su vanidad sobre la escena y que solo persigue su propio lucimiento y cautivar la admiración de los espectadores. Con esa forma de actuar el actor contaminará y anulará, con su jactancia y engreimiento, a su personaje y no podrá por lo tanto establecer la verdadera comunicación ni recibir del espectador una cierta colaboración creativa, esa retroalimentación sensorial imprescindible para el disfrute por ambas partes del hecho teatral. El actor, que para su lucimiento le sobra o le molesta el público, lo mejor que puede hacer es lo que confesó haber hecho Fernando Fernán Gómez… retirarse del teatro. El actor, sea amateur o profesional, debe ser consciente de que, para transmitir sentimientos y pasiones, debe ser los más parecido a un artista y entender que no puede haber arte sin virtuosismo, práctica y técnica. Debe entender que su talento se potencia siempre con la permanente formación que le servirá para adquirir la pericia y el conocimiento necesario que unido a la experiencia le permitirá un dominio completo y profundo de su arte. 

Pero no siempre el director, como responsable de la mezcla equilibrada de todos los ingredientes que intervienen en el plato que degustará el espectador, elige de forma equilibrada los ingredientes necesarios para que el resultado final sobre la escena resulte adictivo para los espectadores. No siempre entiende, respeta y potencia como se merece el trabajo del actor. Me refiero a ese tipo de director que es más partidario de la estimulación física y externa que de la emocional, que hace prevalecer su presunto virtuosismo de director de orquesta aminorando o anulando el virtuosismo del actor o intérprete. Una dirección que lleva al actor a una distorsión tal del personaje que debe recrear, acaba haciendo un remedo o caricatura de lo que el autor como engendrador, pretendía. El egocentrismo de un director se manifiesta muchas veces a costa de la deformación del trabajo del actor. 

El director debe supervisar, observar y organizar lo que suceda sobre la escena, unificando los criterios tanto del equipo técnico como del elenco. Debe abrir sus sentidos para poder revelar las capacidades de todos ellos y para alcanzar el resultado óptimo sobre la escena. El director debe encauzar al actor y permitirle que pueda entregarse al personaje que encarna y mostrarle como el autor desea que se manifieste. 

Ni actores, intérpretes y directores deberían olvidar que cuando el ego -que solo sirve para ser trascendido- se asilvestra del tal modo que anula la capacidad autocrítica, la evolución y el perfeccionamiento se estancan. Es posible que ciertos exhibicionismos teatrales basados en un ego desmedido provoquen en el espectador adhesiones inquebrantables. Pero el beneficiario será siempre el sujeto que los despliega en escena, y no el teatro.

Ambas partes, directores por un lado y actores e intérpretes por el otro, tienen un cometido ineludible en el establecimiento de una ligazón emocional con el público. 

Los directores, como conductores, porque tienen la responsabilidad, la capacidad y el poder, a veces mágico, de saber rodearse de esos sabios que les aportaran los materiales, elementos y componentes necesarios con los que elaborará esa composición equilibrada, que es el espectáculo teatral. La adecuada y equilibrada dosificación de esas “esencias” que, como en una composición musical, son el ritmo, la “melodía”, la armonía y los matices, dará como resultado ese filtro mágico que cautivará al público y le atraerá y fidelizará hacia el teatro. 

Los actores e intérpretes porque son los transmisores de lo que el autor desea hacer llegar a través de los personajes, y los que deben involucrar al espectador en la experiencia mística que se desarrolla sobre las tablas. 

Ni directores ni actores e intérpretes deben olvidar que, al otro lado de la “cuarta pared”, las butacas se vacían después de cada función. Y solo se habitarán de nuevo si alimentamos la emoción. Y -como decía al principio- cuando la emoción se hace crónica se convierte en pasión. Y la pasión posibilita la permanencia del público, su sentido de pertenencia, que no es otra cosa que ese desarrollado y profundo sentimiento o conciencia que nace en el espectador cuando percibe que es aceptado y, por lo tanto, que ya forma parte esa gran familia que hace posible el hecho teatral.

Mostrar más

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba