Y no es coña | Carlos Gil

Orgullo rural

En una población rural con alta carga de interés turístico como Calaceite en la provincia de Teruel, dentro de la comarca de Matarranya, es donde he pasado este último fin de semana, viendo nada menos que trece propuestas teatrales celebradas en diversos espacios habilitados para ello, en casas particulares, en un aula de escuela pública, el salón de plenos del ayuntamiento, plazas, calles, incluso en un teatro, como si se tratara de hacer un homenaje callado a Augusto Boal. El motivo, el festival Matarranya Íntim, era su novena edición y se hace cada año en una población diferente de la comarca.
En la totalidad de las actuaciones que he asistido estaban las localidades agotadas, que es una de las palancas que me inspiran para escribir esta homilía lunera, porque, además, hay que considerar que la programación exhibida en estos tres días no se puede considerar como complaciente, sino que yo diría que era exigente, por las formas o los temas tratados, lo que rompe todos los planteamientos conservadores sobre el tipo de teatro que hay que llevar a esos lugares que, de alguna manera, se puede considerar como parte de los territorios vaciados por las circunstancias socio-laborales y otros asuntos de mayor profundidad.
Calaceite es una ciudad que tiene una gran cantidad de edificios tasados como patrimonio que es difícil encontrar un palmo no fotografiable y que tienen una historia bastante sugerente desde el siglo dieciséis, principalmente, pero con vestigios mucho más antiguos. Es evidente que la actividad turística es fundamental, se nota en la cantidad de alojamientos de este tipo, las visitas guiadas. Un turismo de fin de semana, de una pernoctación. Una circunstancia curiosa expresada por un ciudadano ha subido el número de censados y ya son mil los que allí viven.
Intento contextualizar con la intención de no caer en una impresión demasiado emocional. No sé que puede suceder, como me explican con entusiasmo sus organizadores, en localidades con una población fija que ronde los cien habitantes. Y en donde la actividad rural principal sean las labores de agricultura. Pero al parecer existen espectadoras que siguen este festival en los lugares donde se celebra. Esta movilidad añade más elementos para el análisis de este retorno a lo rural para la exhibición teatral de una marcada tendencia experimental.
Y es que existen experiencias diseminadas en diversos pueblos, empezando por Castroponce que fue el que tomó mayor relevancia, aunque este año se ha debido salvar en última instancia debido a una crisis interna. En este fin de semana en Cabanillas, cerca de Tudela en Navarra había otro festival con propuesta muy experimentales. Y Adolfo Simón, encabeza una idea magnífica, El Centro Dramático Rural, en una localidad de Cuenca. Hay algunos más, y. creo que se irán incrementando en estos años venideros.
En este caso, como fue Castroponce cuando empezó, la iniciativa parte de gentes de teatro que han estudiado y ejercido su actividad en centros urbanos como Valencia, Barcelona, Valladolid o Madrid, que deciden o volver a su pueblo de origen o han optado por vivir en pueblos con la sana intención de encontrar tiempo y tranquilidad para sus creaciones y que proponen estos festivales desde una voluntad cultural sin pretensiones de lucro, sino de contrastar las producciones de medio y pequeño formato, no comerciales, con poblaciones que no acostumbran a tener oportunidades de ver este tipo de artes escénicas.
Probablemente el vacío mayor en muchos lugares es cultural. Sin cajeros automáticos, con escuelas siempre al borde del cierre, con malas comunicaciones terrestres y en ocasiones digitales, ¿podría ser la cultura en vivo y en directo una alternativa real para fijar poblaciones? Indudablemente dar opciones en estas comarcas a que se conozca el teatro en las escuelas, en los clubes de jubilados con monitores especializados, la creación de circuitos con presupuestos solventes para profesores, contrataciones y dotaciones técnicas para ofrecer las obras en las mejores condiciones, podrían ser una vía para elevar la calidad de vida no contable en términos groseros de estas poblaciones.
De momento hay que señalar que la sede en Calaceite estaba en una antigua residencia de artistas, donde se juntaron pintores, literatos, durante varias décadas. Hoy está cerrada, el edifico majestuoso con diez habitaciones y salones espléndidos en venta. En el festival se logra funcionar con un voluntariado amplio, con cesión de casas particulares o edificios municipales, con colaboraciones en especies de múltiples empresarios u hoteles, con la rebaja del cachet de las compañías hasta los límites, y con una ayudas públicas que deberían ser mucho más amplias debido al efecto que tiene so be el territorio y sus pobladores. El director del festival Jacobo Julio Roger inauguró esta edición luciendo una camiseta de fondo negro con el arco iris con una leyenda polisémica: Orgullo Rural.
Como pensamiento basal, quisiera recordarles que una espectadora en Calaceite o en cualquier otra localidad de cualquier pueblo, que paga un módico precio para presenciar una propuesta de danza contemporánea o un delirante espectáculo de alto contenido político vale exactamente igual que la que ocupa una butaca súper cara en un teatro capitalino para ver un musical. Y que el hecho teatral funciona de la misma manera en plenitud de todos sus valores de convivencia, por lo que actuar en estos lugares debería ser una gozada íntima y una recarga de prestigio para las compañías y artistas.

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