El factor indefinible | Roberto García de Mesa

Poesía escénica

La poesía escénica es aquella pensada, escrita y preparada para ser expuesta, planteada, realizada, dicha en un espacio con espectadores, en algún momento. No estoy hablando solo de recitarla en público, prefiero el estudio de algo más complejo. Sus mecanismos suelen producir un desplazamiento de lo narrativo, así que lo importante no es la historia. Hay muchos tipos, tantos como autores, obviamente. Pero la que más me interesa es la que logra adecuar las modernas técnicas de la poesía más vanguardista a la escena, esto es, darle prioridad a lo metafórico. También me gusta pensar una obra como si fuera un libro de poemas. En realidad, no es fácil de explicar, porque estamos ante una especie de estado no solo físico, sino “metafísico” de pensamiento, generado, en especial, para el espectador por múltiples mecanismos. En este modelo se potencian las estructuras inacabadas y lo fragmentario, se combinan con mucha intensidad la palabra y la acción, generando violentos contrastes o mutuos intercambios y sustituciones, todo ello con ayuda de la creación de una atmósfera, a través del uso del espacio, de los objetos, de la luz, del sonido, etc. También posee herramientas esenciales como el ritmo y la repetición, la tendencia al desorden o al caos, el cuestionamiento de los límites, el análisis de la realidad y de las emociones humanas, el juego entre el gesto individual y el colectivo frente a un determinado concepto, la destrucción o el cuestionamiento de las estructuras convencionales, etc. En definitiva, podría ser de múltiples maneras, pero resulta imprescindible para mí que se manifieste con una gran responsabilidad en la capacidad crítica, en la vocación de ausencia de límites convencionales, en la fragmentación y en la desconexión narrativa del discurso, en una búsqueda constante de la libertad expresiva y en la preponderancia de lo metafórico. 

En general, en el teatro español, cuando predomina lo poético en una puesta en escena, esta suele señalarse como “experimental”. Es la etiqueta que se usa, de manera habitual, para no programar o programar muy poco las creaciones de este signo. O para llamar de alguna manera a lo que no se entiende (o no interesa entender). A veces, incluso, hay quien discute que eso sea teatro. Por ello, en la actualidad se incluye dentro de las “artes vivas” y todo el mundo en paz. Pero esto no es otra cosa que una estrategia terminológica, lo que esconde es evitar un conflicto de tradiciones históricas. Hasta bien entrado el siglo XIX el dramaturgo era el poeta. Desde el principio de los tiempos se le llamaba así. Desgraciadamente, en la actualidad, por ejemplo, en España, considerar a un dramaturgo como poeta es como dispararse un tiro en el pie o significa ser discriminado con frecuencia. Los poetas perdieron su histórico lugar con el estallido de la novela, en aquel siglo. Los novelistas conquistaron el prestigio que tradicionalmente había mantenido el otro género. Desde entonces, el mayor proyecto de recuperación se produjo con el teatro de vanguardia, entre los años 20 y 30 de la pasada centuria. Los poetas más vanguardistas quisieron llevar sus nuevos descubrimientos a la escena. Fue un proyecto de minorías, pero con un enorme talento. Por eso, constituye un referente tan importante, un oasis en medio de la fuerte tendencia al realismo que ha imperado y continúa imperando en España. 

Para mí, poesía escénica sigue siendo “teatro”. Y digo esto porque mucha gente lo niega y porque esa palabra nos resuelve una y otra vez la misma hipótesis. En su origen etimológico del griego antiguo, «θέατρον» significaba algo así como «lugar para contemplar, para mirar». Y de lo que se trata, precisamente, es de «θεάομαι», de mirar, de educar la mirada para comprender que lo poético ha formado y continuará siendo la parte más preciada de una puesta en escena.  

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