La tercera escena | Carlos Taberneiro

Recobrando un vínculo emocional crónico con el teatro

Las salas y espacios destinados a la manifestación final del hecho teatral -la representación-, y que esta dramática pandemia no haya abocado al cierre definitivo, empiezan a abrir tímidamente sus puertas y a ser habitados de nuevo. Tras los momentos más trágicos de este trance sanitario, que nos ha condenado a una reclusión sin precedentes y a un cierre forzado de esos espacios, procede recuperar, con las debidas precauciones, el latido de la vida escénica, y liberar al teatro de ese resuello que la tiránica enfermedad epidémica le metió en el cuerpo. Y ahora qué, público y oficiantes del hecho teatral, recuperamos esa ligazón, quizás podamos aprovechar para reflexionar sobre lo que hemos echado en falta los unos de los otros y sobre los obstáculos que dificultan el estrechamiento de esa relación deseada y tan necesaria para fortalecer el futuro de las artes escénicas. 

 

Esas dos partes, íntima y esencialmente unidas en un mismo acto de mutuo intercambio, comienzan a reconocerse de nuevo. El público por un lado y los intérpretes como celebrantes de una manifestación teatral por el otro, recuperan tímidamente esa relación repentinamente interrumpida, esa atadura y vínculo copular brutalmente fragilizado. Los espectadores vuelven a los teatros y los intérpretes y actores a sus escenarios porque les conviene a ambos, máxime tras esta separación forzada. Después de haber estado limitados a una mera relación aparente, no real, digital… se necesitan y se buscan. La virtualidad temporal de esa conexión les ha hecho ver lo necesaria que es la relación física y carnal del cara a cara. 

Los aprendices de brujo comienzan a moler en su mortero esas partes distintas y a veces opuestas que darán como resultado el noble material del que está hecho el arte de la escena. Esa amalgama de disciplinas, oficios y artes se hermanan sobre las tablas y, de la mano y expresión de actores e intérpretes, ofrecen a un público ávido y expectante su fruto artístico. Ponen en marcha ese complejo mecanismo que hace posible el teatro como espacio compartido que enmarca la comunicación teatral, el entendimiento que hará, como dijo Arthur Miller, al hombre más humano, es decir, menos solitario. 

En el patio de butacas, espacio reservado para la libertad mágica del sueño, estarán los que anhelan establecer esa conexión creativa. Aquellos sin los cuales no tendría razón de ser el hecho teatral… el público. El texto, a través de un proyecto de montaje, llega a la escena en el momento culminante de la representación, que no todos los días se nos presenta o nos llega de la misma forma y manera. Los actores e intérpretes se exponen ante los espectadores para dar vida a los personajes y, a través de ellos, transmitir el mensaje o la intención que se desprende de las líneas del texto o guion. Y por eso el actor espera y necesita que el espectador le crea. Al otro lado de la pared invisible imaginaria que le separa de la vida de los personajes, el espectador se sienta en la butaca a la espera de vivir una experiencia excepcional, sensorial y emocional; se entrega abriendo sus sentidos y facilitando la alteración de sus emociones ante cualquier estímulo. Para establecer esa empatía necesaria con lo que acontece en la escena, el espectador creerá y a veces incluso simulará creer, lo que los actores fingen en escena. Cuando se establece esa simbiosis mágica entre espectadores y representadores se desencadena una experiencia única e irrepetible. Si se produce la reacción química esperada por ambas partes, la consecuencia resultante será el éxtasis. 

Pero no hay que olvidar que esta conexión existente entre los que se sitúan a ambos lados de la “cuarta pared”, se basa en una relación de interdependencia, en la que se da la misma dualidad -tan bien representada en el taijitu– que el taoísmo atribuye a todo lo existente en el universo, que en nuestro caso sería el teatral. Es una relación de equilibrio dinámico, que a veces puede ser fría y otras cálida, anclada a la tierra o celestial, sumisa o refractaria. Ambas partes opuestas pero complementarias, se fusionan en la misma montaña teatral -destruida en parte por el terremoto vírico- donde habrá siempre zonas umbrías y zonas soleadas.

Es esta relación, rota por este amarga y dramática experiencia colectiva, la que han de recuperar, aportando ambas partes los ingredientes necesarios para reconstruir esta argamasa, desechando aquellos materiales que no aportan nada a ese mortero artístico. 

Esta pandemia asesina ha distanciado dramáticamente al público, de los teatros y de sus actores e intérpretes. Y no me refiero a esa distancia social sanitariamente exigible en los patios de butacas. Hablo de un público que ha estado, o aún está, desconectado o aislado por su propio miedo o sufrimiento, de un público deprimido, desalentado, abatido o quizás postrado por la Covid. Va a ser necesario ir en su busca para atraerle de nuevo a los espacios teatrales. Recuperar al espectador “allegado” y convencido será relativamente fácil, si sabemos ofrecerle los incentivos necesarios para hacerle salir de su letargo involuntario, forzado por el propio confinamiento, la limitación de aforos y los toques de queda. Y no estaría de más aprovechar el viaje de reinicio para para reflexionar no solo sobre cómo podríamos recuperar y rescatar dicha relación perdida, sino también sobre cómo podemos nutrirla y fortalecerla. Y si sabemos deshacernos de esos lastres que nada aportan a esa relación, quizás podamos incorporar pautas que nos indiquen, por añadidura, los mecanismos de cómo interesar o crear nuevos públicos para las artes escénicas. 

Una relación entre dos partes acaba perdiendo mucho con el tiempo si ambas no se conceden una oportunidad de reconocerse y comprenderse. Esa relación de hecho, puede tener mucho de simpatía, pero a veces necesita también de la búsqueda de la empatía y de la conquista. Pero muchos mercaderes del teatro creen que esa conquista se logra con lo material y el artificio y anteponen el negocio y el comercio, al arte. Y quizás, al vincular el espectáculo más con la razón que con el corazón logren una relación económica productiva pero no conseguirán establecer ese vínculo emocional tan necesario y sobre el que descansa la fidelidad del público, que es lo que en realidad se debería pretender. 

El dinero -como dijo Leon Tolstoi (1828-1910)- es una nueva forma de esclavitud, que sólo se distingue de la antigua por el hecho de que es impersonal, de que no existe una relación humana entre amo y esclavo”. 

Y a la relación entre espectadores e intérpretes lo que más le hace falta es reconocimiento, respeto mutuo y, sobre todo, un vínculo emocional crónico.

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