El factor indefinible | Roberto García de Mesa

Rito y teatro

El ser humano se caracteriza por la incertidumbre, por timonear en la incertidumbre. Y esa necesidad de manejar los remos lo lleva a creer en la importancia de la observación. De esta manera, intenta aventurarse a lo desconocido. En estas circunstancias es a lo que normalmente accede, al poder de lo metafísico que se completa con la imaginación. Surgen las diferentes formas de acercarse a lo misterioso, a lo que no se comporta como acción-reacción. Los eslabones intermedios del conocimiento se convierten en mito o poesía. Y ahí entra en escena la creencia en Dionisos, en todo lo que mueve las primitivas pasiones, la sensualidad de lo natural, de lo imprevisto. Y surge la necesidad de expresarlo, de compartirlo, de ayudarse mutuamente en ese destino común. Tocar lo misterioso, afrontar el vacío o tan solo pensar en que algo inexistente ha sido lo que ha movido, en gran medida, al ser humano a lo largo de su historia. Todo se presenta ante los ojos como un rito inacabado, algo que necesita ser repetido porque es la única manera de comprenderlo o de avanzar en su comprensión, al menos. Creo que el teatro debió de nacer con esa intención. Porque antes está el rito. Ya desde los tiempos de las fiestas dionisíacas, del ditirambo, y no solo desde ahí, sino desde el principio de cualquier intento de comunicación con el más allá, con la trascendencia. Porque el rito enseña a trascender; y el teatro, incluso sin pretenderlo, lo puede hacer visible. 

 Sin embargo, hay un momento en la historia en el que el rico legado clásico de este género (que, por cierto, evoluciona y alcanza su más alta representación con las tragedias desarrolladas en las fiestas dionisíacas de Atenas) se vuelve casi invisible. El ser humano medieval occidental regresa al rito, pero, en este caso, a la profundidad de la metafísica cristiana. Y de las dudas, de lo indefinible, de la adoración a lo sensible nace otra mirada íntima que intenta comprender todo ello con la repetición. Esto es, se pretende educar o convencer a través de la representación. En cualquier rito hay ideología, creencia, ideas. Si bien en la historia antigua griega las manifestaciones escénicas pasan de llevarse a cabo en espacios naturales a lugares urbanos edificados, en el medievo parecen nacer de las acciones litúrgicas del templo hasta que salen al exterior y se instalan en otro espacio construido al efecto. En ambos casos, el rito, el misterio repetido que gana adeptos en su comprensión emocional acaba desprendiéndose de una buena parte de la parafernalia religiosa y entra directamente en todas las preocupaciones humanas, por muy crudas o satíricas que sean. 

 Hoy es muy difícil componer tragedias como las de Esquilo, Sófocles o Eurípides y causar el mismo impacto en el público actual. Creo que solo se pueden renovar o reinventar. Por su parte, los autos sacramentales, los misterios o algunas moralidades alegóricas medievales tienen alguna significación si se realizan en unos contextos muy limitados donde pueda ser comprendida su importancia histórica. Por lo demás, son poco relevantes en el mundo actual. La necesidad de trascendencia o de encontrar respuestas en lo desconocido ha sido transformada por la necesidad de tener, de comprar sueños, deseos y objetos que nos satisfagan de una manera efímera. Únicamente podremos valernos de los estados que las tragedias clásicas representan, de sus arquetipos, quizá de los campos energéticos o vibraciones que pudieran generar en escena, de su intensidad, de sus silencios, de algunos conceptos, pero no de su miedo al destino o a los dioses, de su primitiva vocación de rito. Eso ha sido superado por el imperio de la razón. Lo único que, quizá, pudiera mover al ser humano a acercarse a dicho concepto sería el miedo a la muerte, aunque para eso la ciencia hoy tiene otras respuestas: los paraísos artificiales, los mundos virtuales o los nuevos descubrimientos planetarios. 

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