Y no es coña | Carlos Gil

Un cuento de más o de menos

A veces llegan correos electrónicos que confirman la diversidad de las artes escénicas. Una amiga asegura de manera solemne y argumentada que, si en las escuelas oficiales de México no se preocupan más por las artes performativas y abandonan estos programas conservadores, el futuro de las artes escénicas mexicanas peligra. Mi impresión de persona que va cada día al teatro, algunos días viendo dos, tres y hasta cuatro espectáculos, es que en ciertos segmentos de la producción y la exhibición, existe una tendencia desregulada de introducir rupturas discursivas para acercarse de manera muy asilvestrada a ideas antiguas que se presentan como novedades y que tienen que ver con la empanada mental que consiste en llamar a las cosas con etiquetas inexistentes: posdramático, performativo, deberían sufrir un juicio sereno entre nuestros grandes generadores de opinión, o al menos, en quienes tienen la sartén por el mango, es decir quienes dan dinero para producir y quienes compran esas producciones.
Es obvio, evidente, magnífico, alentador ver sobre escena propuestas que huyen de lo obvio, que plantean estructuras dramatúrgicas menos encorsetadas, que buscan lenguajes mucho más directos y actuales. Yo revivo en estas propuestas. Salgo de mi sopor cuando veo espectáculos que me provocan sensaciones nuevas y ponen en marcha otros sentidos de análisis, disfrute, aceptación, como ustedes quieran se deba señalar eso intangible y sublime del Teatro Bueno. Y de verdad, veo propuestas de esta índole, con diferentes graduaciones de efectividad en mi capacidad receptiva, pero junto a ellas, se acumulan montones de mediocridades que se basan en un copia y pega, en una simulación, en un efectismo banal, que es el que me hace retroceder en mi estado de nirvana teatral. Con tanto apoyo a tanta impostura, el negocio de los que actualmente se lucran va viento en popa, pero la aportación histórica es nula, no existe una línea teórica para sustentar tanta fachada hueca y lo que es peor, estas propuestas tan aplaudidas y apoyadas, ciegan el flujo a otras grandes creadoras que no están, digamos, en la ola de la moda uniformada de la nada con colorines.
Pero volviendo a lo expresado por mi amiga mexicana, una eminente pensadora, dramaturga y docente, ¿qué se estudia en nuestras escuelas oficiales? Recuerdo a una persona que dirigió la RESAD diciendo hace unos años que sentía que estaban sacando actores y actrices para trabajar en los parques temáticos japoneses. Hace todavía más, alguien que dirigía entonces el Institut del Teatre constató que no se apuntaban a estudiar personas provenientes del teatro aficionado, o de otros ámbitos, sino jóvenes que querían ser famosos y lo expresaban de manera clara en sus conversaciones. En las últimas décadas han nacido y crecido Escuelas oficiales en casi cada comunidad autónoma, los programas deben ser consensuados y aprobados por instancias superiores, pero sin intentar crear ninguna brecha de duda, ¿se están enseñando técnicas, estéticas interpretativas más allá de lo de siempre? ¿Existe reciclaje en el profesorado? Seguiría, pero me entra dolor de estómago, porque creo que hago como los policías en los interrogatorios a un detenido, de diez peguntas, ocho ya saben la respuesta. Por lo tanto, me paro, abro una indagación interna de mí mismo, propongo a quién quiera responderse a la mayor duda, la que indica si las enseñanzas en las escuelas oficiales pueden condicionar de manera directa la creación escénica es algo real, o una simple alarma injustificada porque los artistas nacen y se forman en YouTube por regla general.
Así que ni cuentas, ni cuentos, el cuento de nunca acabar. A las Artes Escénicas les sobran chamanes y visionarios y les falta la credibilidad científica de la Academia como lugar de investigación y no de simple titulación. ¿En los castings el título cómo puntúa? Si me quieres escribir ya sabes mi paradero.

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