El Hurgón | Germán Jaramillo

Un tema obligado

El tema de actualidad es la muerte de García Márquez, y lo asumimos para escribir nuestra columna de esta semana, no para ir con la moda, ni para ayudar a hacer más sonoro y prolongado el grito provocado por el suceso, porque la figura de quien lo ha desatado dejó suficiente fuerza para hacerse sentir por sí sola, sino para poner sobre la mesa algunos de esos excesos de amor y odio que se crean en el entorno de quien sobresale, y cuya intensidad expresiva cobra tal fuerza en un momento de éstos, que ayudan a desviar la atención del objetivo de vida de quien trascendió, y tiende por ello a perderse la posibilidad de promover el ejemplo y de concretar la esencia de lo que logró explicar o descubrir.

La muerte no es un buen momento para analizar la obra de alguien, pero sí lo es para descubrir las emociones que despierta, cuando quien se marcha para siempre ha conseguido poner un pie en las fronteras de la leyenda. Los nexos con la leyenda estimulan los comentarios acerca de quien muere, porque existen quienes, por despecho, intentan destruir su imagen y quienes por abrigar la esperanza de encumbrarse la enaltecen, porque es una manera de garantizar la existencia sistemática del concepto de leyenda.

La de García Márquez, como cualquiera otra muerte ha convocado la admiración y el rencor que despierta quien ha conseguido hacer prevalecer su obra por encima de la de otros.

Siempre tuvimos la sospecha de que una vez ocurriera su muerte, la onda expansiva del suceso no solo duraría varios días sino que se desplazaría por todo el mundo, y que los comentarios sobre su vida podrían ser más o menos los mismos, repetidos en múltiples ocasiones, y que por tal razón ese momento sería digerido en silencio por detractores y aduladores, pero nunca tuvimos la sospecha de que la muerte vuelve ingobernables las emociones de amor y odio de quienes han contemporizado con el muerto y ninguno está dispuesto a callar, porque es el momento de arreglar las cuentas.

Según algunos promotores del odio póstumo, el viaje del escritor a la eternidad tiene un propósito oculto y es ambientar la situación en el infierno, adonde pronto se va a encontrar con Fidel Castro. Esta idea la expresó una integrante del Congreso de Colombia, a través de un mensaje de twitter, momentos después de la muerte del escritor, con lo cual desató un ligero debate acerca de la libertad de expresión, hasta ahora sin conclusiones.

Otros, promotores del desprecio póstumo, más delicados con el lenguaje, pero igual de sutiles, se han quejado de que el escritor no hubiera intercedido ante el poder central de Colombia para que en su patria chica se hubieran hecho obras de infraestructura, para resolver los problemas del subdesarrollo, tan antiguos, como los expuestos en sus obras, en las que el denominador común es el incumplimiento de los sueños.

Por el otro lado, algunos aduladores han dedicado su tiempo a descubrir anécdotas de cuando el escritor pagó la cuota de pobreza material, a la cual, según sostiene la leyenda, están obligados quienes van en pos de la gloria, mientras que otros buscan registros de sucesos extraordinarios con los que el escritor hubiera tenido relación, para justificar aún más su gloria.

Como podemos ver, solo ha habido un desperdicio de expresiones, de las cuales pudimos habernos librado si García Márquez hubiera escogido un domingo por la tarde para morir, porque la ansiedad que nos produce el inminente retorno de la rutina del lunes, nos vuelve desganado el pensamiento y conduce nuestras emociones a ocuparse solo de nuestra personal existencia.

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