Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Veintisiete de marzo de dos mil veintidós

Escribo esto el domingo 27 de marzo de 2022, desde la Praza da Ribeira do Berbés, en Vigo (Galicia), a orillas de un monumento, impresionantemente hermoso, que la naturaleza nos ha regalado: la ría de Vigo.

Este fin de semana se celebra la fiesta de la Reconquista, una rememoración histórica en la que se recuerda cómo la gente del lugar repelió la invasión francesa, a principios del siglo XIX. Somos producto de la tierra, igual que cualquier otra especie autóctona y, por lo que parece, a nadie le gusta ser invadido.

A tres horas aproximadas de avión, ejército y ciudadanía luchan en Ucrania contra la invasión de la Rusia del genocida Vladimir Putin.

El planeta Tierra es así de coherente, aunque parezca contradictorio. Vivimos en un planeta que es redondo y, por tanto, lo que acontece en un punto puede ser el envés de lo que acontece en otro. El haz y el envés, la cara y la cruz. Mientras, en algunas ciudades de Ucrania, los ejércitos rusos de Putin masacran personas de manera indiscriminada y destruyen sus casas y su paisaje, en mi ciudad estamos de fiesta. Mientras alguien nace en un lugar, en otro alguien muere. Mientras en una esquina suenan sirenas, alarmas y detonaciones de bombardeos, en otra se escuchan tambores y algarabía de fiesta. Hay algo en todo esto que me resulta increíble y asombroso. Sin embargo, no es nada nuevo. La historia se repite de una manera circular, análoga a ese girar del propio globo terráqueo del que somos producto.

Hoy, 27 de marzo, celebramos el Día Mundial del Teatro, que este año tendrá una hora menos, porque coincide con el adelanto de los relojes para adaptarlos al horario de verano.

Una hora menos por todos los sufrimientos innecesarios que la inhumanidad de las conveniencias de unos inflige a los otros. Una hora menos por esa incapacidad de ponernos en el lugar de la otra, del otro, tal como el arte del teatro nos enseña.

El teatro quizás no sea útil para las conveniencias económicas y de aumento del poder, pero es necesario. Así lo demuestran los miles de años que lleva existiendo. El teatro es una escuela de empatía y de diálogo, como estrategia de acción. Para hacer teatro es necesario escuchar, no solo con los oídos, al otro, a la otra y ser capaces de ponernos en su lugar. Hacer teatro no es cuestión de imponer sino de escuchar, para vibrar en la misma onda.

En el escenario, sea éste cual fuere, el de un teatro o el de una calle, una plaza o una taberna, se representa el mundo, sublimándolo de manera verosímil o se crea un mundo posible, verdadero, aunque resulte inverosímil y extraordinario. En ambos casos, imitando y representando, de manera verosímil y sublimada, algún suceso o escena de la realidad (concepto dramático), o creando verdaderos y auténticos sucesos y escenas, inverosímiles o extraordinarias (concepto postdramático), la clave está en la comunión y la redención que, en co-presencia, se da entre la comunidad convocada.

Y esto es, quizás, lo que más falta nos hace a estas alturas de la historia, para frenar la catástrofe, para intentar detener la repetición de lo peor.

No se trata de lo útil para el consumo y para conseguir dinero y poder, que es hacia donde se encaminan la mayoría de nuestros esfuerzos. Esa utilidad que es la misma que está en la base de la contaminación del planeta (confort = avión, calefacción, coches, plásticos, etc. Competencia y superproducción, abaratamiento) y de las guerras (industria armamentística, poder…), necesita el antídoto de las artes escénicas. El teatro que nos sensibiliza, que indaga y crea sentido aquí y ahora, entre las personas.

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