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Vie, Jul

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Es posible que alguna vez hayamos oído eso de que el teatro me aburre. Lo puedo entender, a mí también me pasa. La sensación de tedio con la que se castiga al espectador en algunas producciones no se va hasta que se sale del teatro, es como ese olor a fritanga de algún restaurante que se pega a la ropa y no se va hasta que se lava. Quien lea estas líneas pensará que esto se puede deber a varios factores: la dramaturgia, la dramaturgia escénica, una interpretación deficiente, una mala dirección, una iluminación que no ayuda o un espacio sonoro que molesta. Estos y más son todos elementos que condicionan la recepción de un trabajo para que me aburra (o no), pero falta uno: yo (la figura del yo espectador, quiero decir).

 

La ecuación construida con los monomios que caracterizan la recepción teatral, incluidos los que definen al espectador, no tiene solución. Al menos no tiene una solución única, por lo que la respuesta a la pregunta del enunciado no es nada trivial. Al incluir factores subjetivos, una obra puede aburrir a un espectador mientras que a otro no. Quizá la parte menos conocida de esta ecuación sea precisamente la que caracteriza el rol del espectador, y es que si la obra aburre, no hay que culpabilizar a la producción, la culpa puede ser del que la recibe. 

Es interesante estudiar la figura del espectador y su fragilidad perceptiva, concepto casi intuitivo. Uno se convierte en espectador desde el momento en que decide acudir a una representación. La idea está presente en el consciente inconsciente procesándose en paralelo con el resto de actividades diarias. Esta persona es, por llamarlo de algún modo, un protoespectador. Llega el momento en el que decide comprar la entrada, y el hecho de tenerla lo autoriza a subir un escalón y prejuzgar la experiencia que va a experimentar en base a lo que conozca de ella. Espera visitar o revisitar una dramaturgia que le interesa y/o conocer la visión de la obra que tiene la dirección y/o el trabajo de ese o aquel intérprete. Los más frikis pueden incluso asistir por lo imaginativo de la propuesta de luces o por el espacio sonoro. Subiendo un escalón más hay quien complementa este proceso con una lectura o visualización previa de algo relacionado con la obra: la obra en sí, las críticas, trabajos previos de los implicados… nos estamos preparando para recibir, fabricando expectativas en nuestro cerebro. En esta etapa previa, no debería haber rastro del potencial futuro aburrimiento.

El cerebro humano es capaz de adaptarse a lo conocido y lo inesperado. La neurobiología nos enseña que existe una gran actividad en la corteza orbitofrontal, un área cerebral situada por encima de los ojos, durante el proceso de anticipación de acontecimientos haciendo constantes predicciones sobre lo que nos rodea, prejuzgando y reaccionando continuamente. Llega el día de la representación. El espectador se sienta en la butaca y su horizonte de expectativas implicado directamente con la obra se funde con su horizonte de experiencias intrínsecas y por tanto subjetivas. La obra comienza. Ahora pueden pasar muchas cosas, todas a incluir en esa ecuación de la que hablaba anteriormente, pero estudiando la figura del yo espectador se pueden analizar al menos cuatro elementos para valorar su grado de aburrimiento/ no aburrimiento (con independencia de la estética de la propuesta): a) su actitud con relación al resto del público, b) su proceso perceptivo como forma social de interacción más o menos entrenada, c) su capacidad para leer el simbolismo de las metáforas que le presentan desde escena, que de ser alta, resonarán en su experiencia emocional y d) su estado de ánimo en el momento de la representación, esto es, está contento o triste, tiene trabajo o no, le han puesto una multa, llueve, ha comido mal, mañana madruga…  a saber. Nótese el paralelismo de los procesos por los que pasa un intérprete antes de la función que lo predisponen a la calidad de su trabajo: a) su actitud con relación al resto del reparto, b) su proceso perceptivo como forma social de la interacción escénica más o menos entrenada, c) su capacidad para leer y re-presentar el simbolismo de las metáforas de las dramaturgias que resonarán en su experiencia emocional dando forma a su representación y d) su estado de ánimo en el momento de la representación: está contento, tiene más funciones, puede pagar el alquiler…

El cerebro es tan complejo que la respuesta a por qué nos aburrimos por muchos premios que tenga la obra es prácticamente imposible de responder. Nuestra recepción está sometida a factores subjetivos que en un instante pueden modificar nuestra percepción; si llego a mi butaca y sentado a mi lado está mi ideal de belleza, modifica mi percepción y mi experiencia será completamente distinta su está alguien que, por  ejemplo, huele mal. El horizonte de expectativas con el que entramos al teatro es frágil y se disuelve en la experiencia de la realidad. Somos frágiles y modificables por el entorno. En cualquier caso, podríamos afirmar que la percepción final se elaboraría mediante la codificación de nuestro subjetivismo puntual combinado con nuestra cultura y desarrollo social. Lo único que parece cierto es que, definiendo el espectador como se ha hecho, en algún momento hemos disfrutado aunque solo haya sido hasta que el telón se ha levantado. Nuestro cerebro ha creado expectativas, hemos estado activos como espectadores de un espectáculo del que hablábamos en condicional. Lo único que deseo es que el día que hablemos de él en presente, a nuestro lado haya alguien que no nos modifique la recepción, que no nos hayan puesto multas, ni nos falte el trabajo ni la comida y mucho menos que al día siguiente tengamos que madrugar.