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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Existe una espiral descendente a los avernos que está construida por peldaños volátiles de preguntas encadenadas que borbotean al pil pil. Nos cocemos en las dudas metodológicas o en las blanduras de la inconsistencia. Alrededor no encontramos muchos asideros. Delante una niebla. Por detrás el hombre del frac. A los lados funcionarios en perfecto estado de insuficiencia que se inhiben. ¿Quién le pone el cascabel al gato? Los capirotes nos han llevado por las penumbras de la realidad. Hoy hemos amanecido un poco más soliviantados que ayer. Más pobres. Más necesitados de una decisión que nadie parece tomar.

Esperamos los golpes del badajo para que toque a rebato. Nos convocarán a muchos encuentros, planes, reuniones que solamente sirven para alargar esta agonía. Nadie tiene una solución factible; nos movemos en un laberinto de insinuaciones que a veces confluyen en una soberbia declaración de inexistencia. Los trabajadores de la cultura son un estorbo. Antes eran un simple adorno, pero ahora solamente los necesitan para cubrir huecos en los días tontos de los programas de fiestas. Baratos, conocidos, que procuren la atención de los medios locales, que en la foto no estén nunca por encima del edil de turno. Es la selección natural de los desharrapados.

No nos castiguemos mucho más. Ni nos volvamos a preguntar ¿para qué sirve la cultura? ¿Para qué sirve el Teatro? ¿Para qué sirve la vida? En la pregunta va la penitencia. Si seguimos preguntando después de la depresión puede venir la acción. Y entonces haremos las preguntas que faltan por plantearse, ¿para qué sirve un banco? ¿Para que sirve un subsecretario de cultura? Entonces nos llamarán demagogos y nos dejarán sin postre. Ya nos habían quitado el primer plato. El segundo se reduce a un filete de panga congelado con patatas chips, es decir, dosis de muchas grasas y pocas proteínas.

Entramos en la fase más estresante de la campaña electoral, todos los caminos nos conducen al fin de la burbuja, que será el 23 de mayo, día que blandirán todas las campanas sus badajos tocando a muertos por la Cultura. La reconversión se va a producir (se está produciendo) sin manifestaciones, ni concentraciones, ni apoyos. Existe una suerte de actitud vergonzante por confesar la realidad: no hay trabajo, no hay actuaciones, se han cortado los circuitos, hay una demora insufrible en los pagos, el sistema se ha colapsado y quienes más sufren son los actores, las pequeñas compañías, los técnicos. Callarán a todas las voces tibias, intentarán comprar las bocas más propicias, se escudarán en que es irremediable, como si la crisis fuese una plaga o designio divino y no una actitud política, una idea del mundo que llamábamos capitalismo y que ahora ni nos atrevemos a señalarlo con el sustantivo.

Está claro. Seguirán los poetas creando, los empecinados montarán sus espectáculos, se perderán derechos sindicales, laborales, se volverá al profesionalismo suspendido en el amor al arte, el fabuloso amateurismo, la vocación, la necesidad de estar frente al público. Algunos nos señalarán por ello. Otros se reirán de nosotros desde sus cúpulas y cargos. Los espectadores no se fijan tanto en el sindicato como en las emociones de los espectáculos. Pero si no medimos bien los pasos, podemos acabar chocando contra la más absoluta de las miserias.

A golpe de badajo convocaremos a la tribu para conjurar a los demonios interiores y los ángeles exteriores tan exógenos que parecen de helio. Que no cunda el pánico, pero esto no ha hecho nada más que empezar.