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Lun, May

Y no es coña | Carlos Gil

La piel de toro arde. El humo indica donde está la desesperación. Los noticiarios nos hablan de récords de temperaturas. Las carreteras nos dejan esquelas mortuorias. Nos movemos por inercia para intentar tener sensaciones de existencia. Vamos y venimos, sabemos que ya no reconocemos a esa sombra que se alarga o nos posee. Todos verbalizamos una frase: hay que vivir al día. No es un planteamiento filosófico, ni un ideario, es un pragmatismo de renuncia. Hoy sabemos que nos hemos duchado y que seguimos teniendo electricidad en casa y hasta en la oficina para poner en funcionamiento nuestros utensilios de trabajo. Pero mañana queda muy lejos. Sabemos que hace calor y nos abanicamos con rutina, sin apenas más esperanza que mover un poco ese aire denso.

Es lógico que se apuren las copas del licor, que se aproveche ese punto ideal de los melones, que ese olor del tomate de la huerta nos reconforte, que abracemos a los familiares y amigos, que al mirarnos en el espejo reconozcamos cada arruga como un triunfo de nuestra existencia. Hemos vivido, hemos soñado, hemos hecho, hemos derrochado o hemos acumulado experiencias. ¿De qué sirve? De muy poco, pero nuestra memoria nos debe ayudar a soportar estos calores que anuncian un otoño caliente, pero un invierno glaciar. Los que hemos vivido a caballo entre los dos siglos, adultos, muy pertrechados por años de teoría y praxis, sabemos de procesos, de vaivenes, de crisis y salidas de emergencia. Pero hay generaciones que han llegado a esto con una buena preparación, con titulación, y con una actividad frenética que abría oportunidades en cada esquina. Eso es lo que se está demoliendo. Se está acabando con un estado cultural de la exuberancia.

Todo es relativo. Algunos lo llaman abundancia, o vivir por encima de sus capacidades a las ilusiones y lo que otros consideramos como unos mínimos básicos para que social y democráticamente, la cultura hubiera tenido una presencia vital en la mayoría de nuestros conciudadanos. No nos ha parecido jamás excesivos los recursos aportados. Todo lo contrario, hemos reclamado, reclamamos y seguiremos reclamando más recursos para educación y cultura, desde un presupuesto ideológico irrenunciable.

Nos ha parecido denunciable, demencial, abusivo y probablemente rayando en lo delictivo el uso de esos recursos en algunos casos. La locura de unos pocos nuevos ricos que han derrochado ignorancia y han considerado que la cantidad era muy importante, o han confundido de manera dolosa el valor con el precio. Y no me refiero solamente a esa plaga de politicuchos de formación nula y escrúpulos cero, sino también de los gestores, con titulación o sin ella, y hasta de ciertos creadores, o productores que han aprovechado el río revuelto y se han convertido en colaboradores necesarios, cuando no en cómplices y beneficiarios directos o indirectos de muchas de las fechorías cometidas.

Así que solamente queda el rearme moral, ético, ideológico. El reclamar lo que es justo, el no conformarse con estos discursos tremendamente reaccionarios que van lanzándose por todos los lugares, desde el partido de gobierno actual o desde esa oposición de pitiminí que van amplificando la quiebra social, incidiendo en una separación entre clases no solamente por la diferencias económicas, por el terrorismo del paro, sino abriendo unas trincheras criminales en el campo de la educación y en el uso y disfrute de los bienes culturales, sean patrimoniales, o sean de los que se hacen en vivo y en directo.

No hablo desde el gremialismo, ni desde la exaltación de un profesionalismo demagógico, sino desde el compromiso ciudadano, social y político. Desde el activismo cultural más radical. Es la Cultura la que debemos defender, y con ello defenderemos todo lo que ello comporta, los agentes que la hacen, la canalizan y de sus receptores, es decir nosotros mismos, la ciudadanía activa. Voy a intentar dar esta batalla, no hay cosa que me entristezca más que pensar en una sociedad en la que además del paro, de la angustia económica, se les condena a millones de seres a relacionarse únicamente con la televisión o las obras de teatro reaccionarias, evasivas, desmovilizadoras y de pésimo gusto. No, hemos dejado ya muchos pelos en la gatera para dejar que estos canallas nos cuenten chistes malos y tomen decisiones de exterminio de una noción democrática de la cultura. O sea, hay que vivir al día, pero a ser posible organizados.