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Vie, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Fue en Oporto, hace unos cuantos años, en una reunión de la Unión de Teatros Europeos, cuando en un plenario congresual de esa entidad que reúne a muchos de los teatros de mayor entidad de Europa se definió de manera pragmática que el idioma de los escenarios europeos debía ser la subtitulación, la traducción simultánea, la sobretitulación. Fue una declaración informal, no está escrita en ningún estatuto, no obliga a nadie, pero es fruto de una lógica aplastante, la realidad, la mejor manera de que se produzca la movilidad de las obras de teatro en este ámbito europeo.

Escribo estas líneas en Almada donde se está celebrando la trigésima segunda edición de su Festival de Teatro y en donde hemos visto una obra suiza dicha y cantada en alemán, italiano, inglés y francés, un Brecht en alemán, Un Ibsen en portugués con acento brasileño, un Pinter y un von Horváth en italiano, un Chéjov en rumaon, Strindberg en alemán, A Gertrude Stein o un Hamlet en portugués idioma en el que también hemos escuchado textos de Lucía Vilanova, Laila Ripoll, Gracia Morales o Paco Bezerra en lecturas dramatizadas. Y textos españoles. U obras en francés y las obras portuguesas de autores emergentes, o las traducciones al portugués de textos actuales o de la literatura universal. Y mirando a la sobretitulación cuando era preciso. Y gozando cada representación en su justa medida.

La traducción es el carburante de la movilidad. Los públicos saben escuchar y leer a la vez, no se pierden muchos detalles, es una cuestión de ejercitarse, de saber disfrutar de una posibilidad única, ¿qué ciudadano puede viajar a Berlín, París, Madrid, Lausana, Milán o Río de Janeiro para ver esos espectáculos de primera categoría? Casi ninguno. Es la función de un festival de esta entidad, propiciar estos encuentros, crear un tejido ciudadano de aficionados y profesionales del teatro que reciben el placer de contemplar unos magníficos espectáculos dirigidos entre otros por Marthaler, Stein, Cintra o Pires, además de tener una información en vivo, de algunas de las propuestas de lo que se está haciendo en otras latitudes, lo que se convierte en una magnífica aula, un master acelerado. Pueden hacer en quince días un acopio de vivencias teatrales que de otra manera no sería posible para nadie.

Y aquí apuntamos a la responsabilidad de curador, de la selección de la programación, de la idea que informa previamente la contratación y la casuística posterior, esas negociaciones para que los presupuestos se ajusten, como las cuentas y los espacios donde presentar estos montajes de gran exigencia técnica. Para que con todo ello se tenga el logro de ser aceptados por una ciudadanía que aprovecha la ocasión de manera activa. Digamos que en este Festival de 2015, se agotaron los 500 abonos para todas las obras que se pusieron a la venta al precio de 70 euros y si se compraban dos, es decir una pareja, a 50 euros y los socios del Club de Amigos del Teatro Municipal Joaquim Benite de Almada el organizador de este evento pagaban 60. Y los menores de veinticinco años les salía el abono a 40 euros. Insisto, para todos los espectáculos. Los que les he señalado y otros tantos. De primer orden europeo. Con un ciclo del novísimo teatro español, más una cuidada selección del teatro portugués.

Las entradas sueltas la más cara costaba 20 euros y la media estaba sobre los 10 euros, habiendo descuentos que ofrecían entradas a cinco euros. Una política de precios precisa, concreta, favorecedora de la creación, pero sobre todo, de la consolidación de públicos. Y sin demagogias, la democratización de la oferta, la posibilidad para muchas economías de poder acceder a este bien cultural. Decisiones políticas que ayudan a mantener estructuras como una compañía estable, que se encarga de producciones propias y de mantener una programación constante, una actividad envolvente y que este festival hace parte del mismo paquete, de esta visión integral de la función de un teatro público municipal ( de los que tenemos setecientos en el Estado español) y sus múltiples posibilidades.

Tomen nota quienes deben. No tengan miedo para programar en sus teatros obras en otros idiomas. Es vergonzoso que en el Estado español teniendo cuatro idiomas oficiales, no se escuche en Cádiz un texto en catalán, ni en Galicia un texto en euskera, ni en Catalunya uno en gallego. Ni en francés, ni inglés, ni italiano y ya no digamos portugués, esos vecinos a los que ignoramos de una manera tan constante que da vergüenza hasta comentarlo. Sí, la traducción es el futuro, cada uno actuando en su idioma y la traducción atravesando todos los escenarios, para que la movilidad sea más fácil.