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Sáb, Dic

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Muchas veces, en el primer intercambio con una persona desconocida, la sensación puede sernos para nada placentera y muy por el contrario, encontrar a nuestro ocasional interlocutor como una persona desagradable. Son múltiples los factores que pueden influir en nuestro sentir. Una expectativa no cumplida sobre como debería ser o actuar el otro, un prejuicio infundado, un defecto físico, el parecido con alguien que definitivamente no soportamos, y lo más frecuente, las barreras defensivas que el otro pone frente a nuestra presencia. No es que nosotros seamos una amenaza verdadera, no necesariamente, pero en un primer encuentro, aflora el instinto humano de defensa ante lo desconocido.

Puede que las respuestas sean cortantes e incluso hasta molestas, puede que traten de imponernos algún tipo de regla innecesaria, puede que la definición de limites sea exagerada, demasiadas cosas pueden pasar, la mayoría de ellas generando una sensación negativa.

Sin embargo, si resistimos ese desagrado inicial e insistimos cautelosamente en comunicarnos con el otro, la sorpresa al descubrir un ser humano con experiencias vitales extraordinarias, puede ser inimaginable.

Las historias de vida, incluso las más aparentemente insípidas, pueden guardar una riqueza infinita capaz de abrir nuestras mentes en la búsqueda de nuestros propios caminos.

Una vez superadas las barreras defensivas que el otro ha puesto, puede comenzar gradualmente un dialogo exento de falsas poses pretendiendo ser lo que no se es.

Lo difícil siempre será encontrar la hebra que nos permita tejer el dialogo. Ese micro instante de conexión capaz de abrir un diálogo sincero para hacernos vivir una experiencia vital increíblemente gratificante.

No se trata de ser hipócritas o masoquistas soportando alguna humillación o vejación, sino de intentar conectarnos con el otro.

Está claro que no siempre funciona y aquel individuo que en un comienzo nos pareció desagradable lo seguirá siendo a pesar de nuestros esfuerzos, pero basta que logremos un éxito entre muchos intentos, para que ese solo logro, nos aporte más que si no lo hubiésemos intentado nunca.

Basta pensar con que uno mismo suele utilizar esos mecanismos de defensa ante quien consideramos injustificadamente como un posible agresor, levantando barreras defensivas de desagrado.

Ningun individuo es igual a otro y pretender imponer nuestro molde de comportamiento a quien estamos conociendo por primera vez, solo puede llevarnos a un fracaso asegurado.

Pretender que el otro haga aquello que nosotros mismos somos incapaces de hacer, es de una ilusión absolutamente infantil, por lo tanto, el primer paso a dar, es levantar nuestras propias barreras para que arrastren las del otro.

Existen demasiados discursos vacíos de contenido como para que nosotros incrementemos la falacia de una falsa comunicación.

Si nosotros mismos hablamos con la verdad, la propia verdad y no aquella impuesta por un modelo de comportamiento, la retroalimentación en el mismo tenor no está asegurada, pero al menos tiene más posibilidades de concretarse.

Que las barreras sean el resultado de una vacuna contra una enfermedad específica, pero no aquellas para limitar o restringir la comunicación humana, la verdadera.

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