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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Los verdaderos mitos necesitan muy poco para alcanzar la fama. Una sola hazaña que se agrande en la boca de quienes después la cuentan, puede ser suficiente para subir a un nadie a los altares de la historia. En alguno de esos altares del teatro del siglo XX, seguro que encontraríamos a Ryszard Cieslak, el emblemático actor de Grotowski. A Cieslak le bastó un solo espectáculo para que su capacidad interpretativa fuese alabada en medio mundo. Su espectacular trabajo en El príncipe constante estimuló la verborrea académica de los estudiosos teatrales como pocos actores lo han hecho nunca. Los artículos, escritos y estudios sobre este gran actor polaco alcanzan probablemente el tamaño de una enciclopedia en tomos. En ellos se habla sobre su maestría en la conjugación de la espontaneidad y la precisión, sobre el rito y el trance, la desaparición del personaje en favor del actor, sus proyectos parateatrales, su influencia en el teatro norteamericano o su póstumo trabajo en el Mahābhārata de Peter Brook. Lo que pocas veces se menciona es que este mítico actor trabajó durante nueve meses en España, en Albacete concretamente.

Este acontecimiento que hoy desempolvamos ocurrió en 1983 gracias a la Teatro Escuela Municipal de Albacete (TEMA), activa en aquel momento, y por medio de una carambola de sucesos que nadie esperaba. Según cuenta Julián Herrero, profesor de entrenamiento de la escuela y mi confidente en este relato, sucedió que por aquella época quedaron dos plazas vacantes, una de ellas del propio Julián, que debía partir temporalmente a Dinamarca. En estas circunstancias Maribel González, profesora que permaneció en la escuela, tuvo una de esas ideas de órdago que habitan cómodamente en los sueños pero que raras veces se materializan: quería traer a Cieslak para cubrir una de las plazas. Con el laboratorio de Grotowski al borde de la desaparición, el actor polaco se encontraba en aquel momento en Dinamarca trabajando con la compañía Teatret Kimbri. Contra pronóstico, Cieslak aceptó la invitación.

Hoy día se hace difícil imaginar cómo llega una de las mayores figuras del teatro de vanguardia del momento a un lugar como Albacete, con la transición a medio transitar y con un paisaje teatral casi desértico. El caso es que mediados de los ochenta Ryszard Cieslak, a medio camino entre actor y mito, estaba dispuesto a dejar su particular huella en aquel lugar de la Mancha.

Una vez instalado en la ciudad, y pese a haber acordado que su labor sería esencialmente pedagógica, Cieslak muy pronto expresó su deseo de montar un espectáculo. No quería entrar en la rutina escolar de los cursos; prefería embarcarse en la creación de un montaje teatral. Para ello seleccionó cerca de una docena de actores jóvenes y comenzó a trabajar con ellos a partir de improvisaciones. El material de partida del espectáculo fueron una serie de poemas místicos de San Juan de la Cruz, pero paulatinamente la idea matriz fue tornando hasta centrarse en la despoblación que sufrían los alrededores de Albacete y de la cual Cieslak había sido testigo gracias a varias expediciones. Llegó incluso a introducir ciertos aspectos del flamenco que también había tenido oportunidad de observar durante su estancia en España.

El espectáculo se estrenó en septiembre de 1984 bajo el título Desarraigo y sirvió, además, para inaugurar un nuevo teatro en la ciudad. Como era de esperar, ante tanto nuevo estímulo que por fin se hacía público, a la cita acudieron los representantes institucionales más relevantes de la ciudad y del entorno. Estoy seguro de que hoy ninguno de los allí presentes habrá olvidado aquel día. El espectáculo, tal y como Julián lo recuerda, era fiel a la trayectoria de Cieslak: ruptura radical del espacio escénico convencional, actores y espectadores en estrecha conexión, cuerpos desnudos, escenas eróticas, potencia e intimidad en los cuerpos y en las voces, la provocación como pálpito estético... Una de las anécdotas de este inusual acontecimiento teatral fue la escena en la que una actriz arrojaba un cubo de sangre sobre unos cuerpos escondidos bajo una sábana, con tal fortuna de que el día del estreno acabó salpicando a los espectadores de la primera fila, en la que, por supuesto, se encontraban las autoridades más pulcras. Mi imaginación, aunque la retuerza, no es capaz de visualizar el semblante de shock de aquellos jerifaltes que apuesto a que jamás en sus vidas habían visto algo similar. Por su actitud posterior podríamos concluir que las altas instancias no acabaron de entender que el teatro también se hace desde los instintos más bajos. Así fue. Aquel torbellino teatral que azotó Albacete durante varios meses y que atrajo a la ciudad a numerosos estudiantes y profesionales extranjeros interesados en el trabajo de Cieslak, iba a mitigarse pronto. Poco después del estreno, Cieslak fue reclamado por Peter Brook para hacer el hoy archi-nombrado Mahābhārata y la Escuela no recibió el apoyo suficiente para continuar su estela.

Hace pocos días, precisamente, tuve la oportunidad de visitar las extintas instalaciones de aquella escuela. Ahora es un conjunto de oficinas cuyo trajín ordinario ha borrado cualquier vestigio de su pasado teatral. Postrado frente a ese edificio que difícilmente se distingue del resto de la ciudad, me invadió una desazón por no haber vivido aquella época donde el caos, las pasiones, las desilusiones, los deseos y el teatro hervían en la misma cazuela. Estuve allí parado observando aquel ventanal varios minutos, mientras los transeúntes me miraban sorprendidos, sin comprender qué había de interesante en aquellas oficinas. Me pareció sentir nostalgia. Pero no, no era nostalgia. Era la extraña sensación de haber nacido tarde.