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Dom, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Los resultados electorales a la presidencia de Francia nos traen espejismos desdibujados en las emociones provocadas con la necesidad de que todo se ordene por arte de birlibirloque. Respiramos hondo, pero debemos seguir en alerta máxima. Por ejemplo atendiendo a los movimientos de nuevas generaciones de dramaturgas. En la AAT, antes Asociación de Autores de Teatro, han logrado en asamblea extraordinaria cambiar su nombre por el de Autoras y Autores de Teatro. Se mantiene el acrónimo. Estuve en esa asamblea, voté a favor, no por convencimiento gramático, sino por intuición contemporánea.

Las cosas deben irse cambiando poco a poco y ningún gesto será superfluo. Lo importante es el funcionamiento interno de las organizaciones, la igualdad llevada a sus últimas consecuencias. Parece ser que en los ámbitos teatrales, culturales en general, no existe la discriminación. Es lo que decimos automáticamente sin pensarlo demasiado. Porque la realidad es que en los puestos cruciales de dirección y decisión no existe paridad. Y creo que en estos momentos, en estos últimos años proliferan de manera muy importante voces de dramaturgas, miradas de directoras, porque el cupo de actrices lo teníamos ya bien cubierto. Pero cuesta que esta realidad tan exigente se lleve a otros lugares de las organizaciones y las instituciones. Todo se andará.

Lo que tenemos todos claro es que las salas de teatro, de conciertos, los museos, las bibliotecas y las librerías se llenan de mujeres. Son mayoritarias como disfrutadoras de los bienes culturales. Y ahí viene una duda metódica: ¿se está haciendo el teatro que estos sectores de la sociedad requieren, demandan, podrían disfrutar o estamos todavía en esa fase casual, que cada autora, directora o programadora hace lo que se le ocurre o lo que le toca por cercanía o dedicación? No tengo una respuesta clara. Porque no voy a anular mi propia teoría de los públicos, de que no existe un público, sino públicos, variados, diversos, a veces concurrentes, que podemos ir agrupando en géneros, edades, conocimientos, sensibilidades, territorios y clase social para organizar las campañas de difusión.

En mi última tanda de asistencia al teatro, veo una tendencia al realismo, a contarnos trozos de nuestra realidad de manera casi documental. Sin apenas metáforas, sin inspiración filosófica, como testimonio, en ocasiones grave, tocando asuntos realmente en boga, pero sin añadirle esas gotas de arte que hace que nos conmueva. Podemos estar de acuerdo con lo que vemos, con su voluntad, incluso con su visión política, pero se nos queda ahí, en un terreno primario, sin vuelos ni ambiciones artísticas que nos lleven a una solidaridad o rechazo de lo visto más allá de lo que nos lo puede provocar un telediario.

Insisto que es lo que he visto yo en estas últimas semanas, no lo que se hace en el mundo, pero por cálculo estadístico sencillo, me parece que por ahí vamos. Al igual que casi todas las obras de nuevas dramaturgas o dramaturgos, tienen como una fórmula muy similar de plantear y resolver técnicamente los conflictos. Tantos talleres deben provocar estas uniformidades. Se necesita tiempo para que cada cual encuentra su voz escénica, su mirada, su inspiración y su plasmación. Eso no es nada fácil. Pero vamos abriendo camino, alguna vez es machacar por el mismo camino pero recién recubierto de gravilla. Aquí también hay dosis de adanismo.

Es decir caminamos con el viento solano. Y una última observación subjetiva, me parece que aportan más frescura las nuevas directoras que las nuevas dramaturgas. Al menos las que yo he visto en los últimos meses.