Sidebar

08
Dom, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo estas líneas dos horas antes de que empiecen en Montevideo las actividades de su primer Mercado de las Artes de Uruguay, en el que vamos a tener la oportunidad de conocer a una cuidada selección de artistas y creadores uruguayos de danza, teatro y música. Se han convocado a más de setenta programadores o gestores de cuatro continentes, que van a tener frente a sí, las ilusiones de unas decenas de creadores que siente como su gobierno en colaboración con varias instancias administrativas más locales han propiciado esta plataforma de encuentro para ampliar las posibilidades de crecimiento de las artes en general.

Podríamos afrontar esta crónica desde una perspectiva histórica, o simplemente narrar el reencuentro con los agentes más importantes de iberoamérica aquí concentrados, los abrazos dados, las conversaciones retomadas, que de eso hubo mucho ayer domingo 9 de diciembre de 2012, en el día de su lanzamiento o presentación pública. Sí han sido muchos reencuentros, algunos de gentes que nos hemos visto en otro lugar del mundo hace unas semanas, otras de recuperación de amistades y contactos con personas que han abandonado profesionalmente un lugar estratégico y vuelven a aparecer en este circuito muy acotado, con individualidades muy sugestivas, y representantes de instituciones de larga trayectoria.

Pero lo que nos ha estado rebotando desde la ceremonia de apertura es una palabra: emoción. Y claro está, esto aplicado a un acto en donde priman los discursos grandilocuentes, en donde se habla en macro, es de resaltar. Porque los cuatro que hablaron, lo hicieron desde el corazón, pero con una carga de razón cartesiana importante, que se convertía en emociones, incluso desbordadas, porque conforme iban dándose cuenta de la circunstancia, de que un país con tres millones y medio de habitantes, pueda proponer un encuentro de estas características y se realice con un consenso inusitado entre los artistas, los gestores y los políticos, algo que, indudablemente debe aportar imagen de conjunto a Uruguay, su responsabilidad histórica aumenta, a la par que su satisfacción por haberlo conseguido lo que hace más patente su compromiso..

Esta manera de ser y estar, desde el ministro, al director general de cultura, pasando por el director del Festival de Montevideo o el director de cultura de la municipalidad, hablaban desde el orgullo y la humildad, pero sobre todo, hablaban desde una concepción de la cultura como un bien común, como algo necesario para los ciudadanos, algo a su alcance, para gozar todos democráticamente de esa belleza. Y para mí, lo más fundamental fue que esos cuatro hombres eran ellos mismos hombres de cultura, agentes creadores, diría más, muy vinculados a las artes escénicas, lo cual es otra lección: se puede compaginar la parte artística con la de gestión y hasta con la política. Todo a su tiempo, todo desde la honestidad y la voluntad de servicio.

A partir de ahora empieza lo concreto, la visualización en dosis breves de muchos trabajos, la constatación de calidades, tendencias, estéticas. Lo que posteriormente se va a confrontar con los espectadores, lo que vaya a girar o vaya a ser igual de bueno, pero destinado al público uruguayo. Desde país chiquito, uno se siente un privilegiado por pertenecer a esta comunidad de las artes escénicas. Poder ser testigo de las evoluciones de algunos teatros, y poderlo contar. Y lo digo con toda la carga de emoción que me han traspasado ayer los dirigentes culturales uruguayos en activo en estos momentos. Muchas gracias por volvernos a llevar a ese espacio de las ilusiones y las realidades que habíamos abandonado por apatía o por dejarse llevar por la corriente más economicista y empresarial en la que hemos ido naufragando en gran parte de Europa.