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Vie, Jul

Y no es coña

Llevamos unas semanas en las que acumulamos decesos de amigos y conocidos dedicados a las artes escénicas. Es una concatenación de emociones que acabó con un desgarro descomunal tras el accidente de Pedro Aunión en el Mad Cool. Y si doloroso fue conocer esta tragedia, lo que más desconcertó fue la actitud de la organización del evento, no comunicando al grupo de música que debía actuar a continuación lo sucedido, por lo que siguió el festival en un ambiente enrarecido. La primera nota oficial fue indigna. No se mencionaba a Pedro. La segunda fue exculpatoria y se trasladaba la responsabilidad a la sacrosanta Seguridad (palabra tótem) y a las fuerzas del orden que dijeron que dada la cantidad de personas que estaban allí congregadas se podía producir tumultos y más desgracias.

Pero lo cierto, evidente e incuestionable es que hubo un fallo de seguridad, un error, un accidente, pero con consecuencias graves, la muerte de un joven artista en público. Ante esta circunstancia no se tienen recursos, ni manuales, debe prevalecer el sentido común y la ética profesional. Y me coloco en la piel de quienes deben decidir y no soy capaz de asegurar lo que yo hubiera hecho. Creo que sí les hubiera comunicado al grupo de música lo sucedido. Y que ellos tomaran la decisión pertinente.  Los muchachos de Green Day aseguraron que se enteraron al terminar y que de saberlo no hubiera actuado.

Yo tuve una experiencia muy controvertida en el 1980 en Vitoria, en su Festival Internacional de Teatro, una actuación de teatro en la calle, un atentado a unos kilómetros y una concentración en el Gobierno Civil donde se iba a colocar la capilla ardiente de los guardia civiles unas pocas decenas de metros. Y se actuó. No recuerdo ahora los motivos ni las argumentaciones para que fuera así. Pero las circunstancias en cada momento son diferentes. Esto de lo que hablamos es otra cosa muy diferente. Esto de Pedro es más difícil de analizar. Yo creo que si la prudencia aconsejó no suspender la actuación de ese instante, la ética y el mínimo respeto al artista fallecido debería haber llevado a suspender el resto de actuaciones del día siguiente. Es una opinión tomada desde la distancia sin conocer más detalles.

Porque hasta este momento no se sabe a ciencia cierta lo sucedido. Muchos conocíamos a Pedro, lo habíamos visto actuar, y todos aseguran que era un artista que corría riesgos, pero era muy meticuloso en su seguridad. Hemos leído el comunicado de otros artistas, las quejas sobre el trato recibido por la organización, una serie de denuncias que suceden no solamente en este festival, sino que vienen siendo una desgraciada norma. La precariedad, la necesidad de actuar, hace que se abusen en todos los sentidos. En las condiciones económicas y en la técnicas y de seguridad. Y casi nunca pasa nada. Hasta que pasa. Y andamos con el corazón apretado por las dudas, con un crespón negro emocional que debemos transformar con urgencia en lucidez para defender los derechos de los artistas en todos los órdenes.

Yo debería escribir hoy de los espectáculos vistos en el espléndido Festival de Almada, pero esta circunstancia me ha alterado de tal manera que en conversaciones con los aquí presentes entro en un bucle de reproches a mi postura aprendida en el oficio durante cincuenta años. En mi generación nos inculcaron que un artista, un actor, solamente faltaba a una representación, una función, por la muerte propia. Y hoy, creo, que una manera de dignificar la profesión es humanizarla. Yo he actuado con un actor cuya madre estaba de cuerpo presente a unos pocos metros del teatro. Era una obra cómica. Y lloraba y a la vez hacía reír al público. Lo he puesto de ejemplo, en positivo en multitud de ocasiones. Hoy, por las razones que sean, la edad, el miedo, la sensibilidad, la afectación por lo de Pedro, creo que se deben quitar estas aureolas míticas y extravagantes y no volvernos tan sectarios, ni monjes de una religión extrema.

Teatro es vida.

No puedo seguir.

Veo los vídeos, las fotos de la caída de Pedro y mantiene su cuerpo con una pose de tanta dignidad artística que me estremece.

Artez - La revista de las Artes Escénicas

 
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